El desgaste de Morena

Arturo Santamaría Gómez
31 octubre 2026

No hay semana en la que no aparezca un conflicto, una fricción o una revelación que afecte al partido en el poder.

Es natural que el ejercicio de gobierno desgaste, pero no con la aceleración e intensidad que se ve en Morena en meses recientes. Una de las razones de que esto sea así es la ausencia, prácticamente total, de autocrítica.

El ejercicio de la autocrítica es fundamental en cualquier actividad humana porque tal principio permite rectificar, corregir, enmendar o reorientar lo que los individuos y/o colectividades hagan.

En el ámbito político, no puede haber democracia sin autocrítica. De hecho, a menor autocrítica menor democracia. Y, también, a menor autocrítica más y mayores errores.

Cuando no hay autocrítica y, además, no se acepta la crítica externa, inevitablemente se cae en la cerrazón y el autoritarismo.

En México, la ausencia de autocrítica de quienes ejercen el poder prácticamente se ha convertido en una ley. Es una historia vieja. Para no ir muy lejos, sólo diremos que durante el priato fue uno de sus sellos distintivos. El PRI prácticamente nunca fue autocrítico. Esa fue una de las razones por las que, después de más de siete décadas en el poder, finalmente, le arrebataron la Silla del Águila.

El PAN fue muy crítico fuera del poder, pero no fue autocrítico ya con él en sus manos, y pronto, muy pronto, tan sólo en 12 años, lo perdió.

Con Morena está sucediendo lo mismo, pero de manera agravada porque los casos de corrupción brotan por todas partes.

Al margen de que todos los partidos políticos mexicanos han abrevado, directa o indirectamente, de la cultura política priista -no se olvide lo que decía Luis Cardoza Aragón, un gran intelectual guatemalteco que vivió muchos años en nuestro País: “Los mexicanos no se han dado cuenta (que en su idea del poder) todos son priistas”-, cuando la corrupción se ha convertido en el pan de todos los días y un lubricante del poder, quienes quieran combatirlo, como un ejercicio de autocrítica práctica, se ven seriamente limitados o francamente imposibilitados para hacerlo.

Algunos pensamos que la Presidenta Sheinbaum ha intentado combatir la corrupción de Morena, pero nunca ha podido ir a fondo porque la nomenklatura del partido, y particularmente López Obrador, no se lo ha permitido. Y, quizá ella misma está convencida que si quisiera pisar el acelerador a fondo, terminaría por autodestruir a la 4T y abortar el objetivo de consolidar un régimen que se sostenga por varios sexenios.

Fueron tantos amarres, algunos inconfesables, que estableció el caudillo de Macuspana para llegar al poder que les resulta imposible reconocerlos y, lo que es peor, deshacerlos. Es decir, la estrategia que fincó López Obrador para conquistar el poder, al margen de su cultura priista de origen, le impide a Morena ejercer la autocrítica y corregir el rumbo.

La situación es tan crítica en Morena que la ausencia del caudillo en Palacio Nacional, aunque siga influyendo desde Palenque, el cual ejercía un control absoluto sobre el partido que él creó, está entrando a una etapa de fricciones y contradicciones ascendentes.

En Sinaloa, por ejemplo, vemos cómo a pesar del respaldo de Claudia Sheinbaum para que Imelda Castro se convirtiera en la candidata virtual de Morena a la Gubernatura y ella fuese el factótum para decidir las candidaturas a diputaciones y alcaldías, como sucedió con Rubén Rocha al interior de su partido, tal hecho no ha podido concretarse porque es evidente que enfrenta las presiones y exigencias del mismo ex Gobernador, del grupo de Feliciano Castro y la Gobernadora Graciela Domínguez, muy seguramente de jefes y jefecillos del Senado y del Congreso de la Unión e, incluso, de los avisos amenazantes del crimen organizado, como puede interpretarse la intimidación no tan sólo a la Alcaldesa de Mazatlán, Estrella Palacios, sino a cualquiera que llegue al Gobierno municipal.

En estas circunstancias, con tantos grupos de presión y poder e intereses en juego, en cada estado donde habrá elecciones Morena entrará a procesos electorales en condiciones complicadas, e incluso adversas, sobre todo cuando se descubren, gracias a trabajos periodísticos, casos de corrupción y excesos de poder como los que vemos en el INE. Sucesos como estos golpean y debilitan a Morena ante ciudadanos cada vez más inconformes.

Si en Sinaloa Morena quisiera mínimamente enmendar el camino, tiene la oportunidad de presentar para el próximo año candidatos y candidatos exentos de amistades sospechosas y oscuras, con firmeza ideológica y claridad política y programática. Tiene con qué, pero abundan los perfiles vacuos, oportunistas.

Si no piensa bien y ganan el acceso al Tercer Piso, y la mayoría en el Congreso y las alcaldías, va a ser una tortura para los militantes honestos. Pero, sobre todo, sería una larga pesadilla para Sinaloa.

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