El día que lo improbable dejó de serlo
Mientras en las noticias estallaba uno de los escándalos más grandes del periodo, nosotros estábamos en Guasave, metidos en un lienzo charro, como si ese momento fuera todo lo que existía.
Dos realidades ocurriendo al mismo tiempo, una donde todo parece romperse y otra donde todo depende de que nada se rompa.
Este fin de semana fue el estatal de charrería, un torneo hermoso, bien organizado, de esos que te recuerdan por qué este deporte no sólo se compite, se vive, dos fases, equipos de todo el estado, un boleto al nacional en juego, la ecuación era clara, había que promediar 290 puntos... y además ganar el campeonato.
Nada sencillo.
Enfrente no estaba cualquiera, estaban los campeones defensores, Charros de Mazatlán Ranamanía, estaban los de casa, Ganadería 3R-Chanos, construidos con una consistencia que no se improvisa, se trabaja, otros equipos que ya han sido campeones en su historia y estábamos nosotros, Rancho El Alazán, con una temporada donde nuestro mejor número había sido 268.
No éramos los favoritos, ni cerca, pero a veces, las historias no arrancan desde la lógica, arrancan desde otro lugar.
El segundo día cerramos la fase uno, pero no fue una charreada cualquiera. Veníamos de perder a uno de los pilares del rancho, de esos nombres que no sólo forman equipos, forman identidad, el tío Tacho, el Alazán 2.
La charreada se volvió otra cosa.
No era sólo competir, era honrar, era sostener algo que venía de antes de nosotros y Manuel lo dijo claro, era para él, para su memoria, para su familia, su legado.
Y entonces pasó algo que, si no lo vives, cuesta explicarlo, como si la emoción alineara todo, como si el equipo encontrara una versión de sí mismo que no había aparecido en toda la temporada, como si, por un momento, el nervio se hiciera a un lado.
310 puntos. El puntaje más alto de toda la fase uno.
Pero el torneo no se gana en un momento, se gana sosteniendo ese momento y ahí es donde normalmente se rompen las historias. Porque después del pico, viene la presión, después de lo inesperado, viene la duda, ¿podemos repetirlo? La fase dos ya no tenía sorpresa, tenía responsabilidad.
Dependía de nosotros, de nuestra cabeza, de nuestra capacidad de no volvernos espectadores de lo que ya habíamos logrado y entonces ocurrió algo aún más raro que lo primero, no nos caímos, crecimos, 325 puntos.
Campeones estatales y más allá del resultado, hay algo que vale la pena detenerse a mirar, durante toda la temporada, nuestro techo parecía estar lejos de ese 290. Eso decía la estadística, eso decía la evidencia, eso decía la realidad observable pero la realidad observable no siempre es la realidad posible.
Porque hay momentos donde un equipo, o una persona, cruza una línea invisible, una donde deja de jugar contra el marcador... y empieza a jugar contra su propia versión limitada y cuando eso pasa, el juego cambia y no es que la técnica aparezca de la nada, todo eso ya estaba ahí, lo que cambia es la relación con uno mismo, se deja de ejecutar con miedo, se empieza a ejecutar con convicción y eso lo es todo.
Tal vez por eso, mientras allá afuera todo parecía tensarse, romperse, cuestionarse... dentro del lienzo todo era claridad, un acto simple y brutal, hacer bien lo que te toca, en el momento que te toca.
He tenido la fortuna de ver al ser humano en sus extremos. He visto lo más hermoso que es capaz de construir, obras de arte que cruzan el tiempo, ciudades que se convierten en símbolos, espacios que convocan, momentos donde la colectividad se eleva por encima de lo individual pero también he visto sus lugares más oscuros, decisiones que rompen, que fragmentan, que traicionan lo que podría haber sido y con el tiempo, he llegado a algo que cada vez me parece más claro, no siempre elegimos el contexto, pero siempre elegimos qué hacemos con él.
Ese fin de semana, mientras el ruido crecía allá afuera, nosotros elegimos enfocarnos, elegimos sostenernos, elegimos creer en algo que, hasta ese momento, no habíamos logrado y eso hizo toda la diferencia.
Porque los campeonatos se celebran, pero las decisiones, la perseverancia, y la constancia que sigan a esas decisiones, te definen.
Gracias por leer hasta aquí, es cuánto.
PD. Gracias a Rodolfo Velarde y Manuel Rivera, su familia, al equipo del Rancho El Alazán y su capitán Geovanny Rodríguez, al Maestro Ricardo Márquez, que además se coronó pentacampeón de lazo de cabeza, por la oportunidad. Gracias a todos lo charros por su fraternidad, felicidades a la Ranamanía por repetir el podio y mención especial a El Quelite, que me tocó ver de cerquita todo su dedicación y sacrificio para mantener vivo el sueño estatal. Larga vida al deporte nacional.