El engaño de posponer
Estamos iniciando un nuevo año y es común (e incluso, benéfico y necesario) establecer metas y objetivos a conseguir en este nuevo periodo. Sin embargo, también es común que todo permanezca apilado en el desván de los buenos deseos o propósitos, porque no se cuantifican tiempo, recursos, gestión de proyectos, ni todos los elementos o factores necesarios para conseguir el logro de cada actividad.
El corolario de este embrollo es evidente: todo desemboca en el túnel de la procrastinación, con su consiguiente dosis de frustración y desesperación, aunque un conocido y tradicional refrán aconseja: “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”.
Retrasar la realización de una actividad es un problema funesto y, por desgracia, muy recurrente. El retraso afecta gravemente la solución de los problemas, porque esta procrastinación los torna graves y, por consecuencia, aumenta el estrés. En efecto, el posponer alguna actividad conlleva un gran riesgo de fracaso, porque la situación se agrava y lo que comenzó siendo algo pequeño, puede tornarse en algo desmesuradamente catastrófico.
Otro inmenso espejismo que se presenta para incitarnos a la procrastinación, es el recurrir a pensamientos míticos: “Si yo tuviera tal herramienta, otro gallo cantaría”, o, “si contara con suficientes recursos económicos, resolvería esto en un dos por tres”. No obstante, debemos tener en cuenta que nunca contaremos con todas las herramientas y recursos para salir adelante en nuestra vida.
¿Por qué procrastinamos o posponemos la realización de las cosas? Muchas veces se piensa que es, simplemente, por flojera o dejadez. Empero, las razones pueden ser muy diversas y abarcar desde un exceso de perfeccionismo, hasta distracción, falta de motivación o miedo al fracaso.
Lo cierto es que las consecuencias pueden ser demasiado graves y desastrosas.
¿Pospongo mis actividades y decisiones?