El espejo roto de PISA
Cada tres años llega el mismo ritual: se publican los resultados de la prueba PISA, brotan las cifras, se reparten culpas y, a los pocos días, el País vuelve al olvido hasta la siguiente entrega. Convendría, sin embargo, resistir el reflejo del lamento automático, porque lo que PISA 2025 exhibe no es sólo el fracaso de un país: es el síntoma de una civilización entera que está desaprendiendo a aprender.
La caída no es exclusivamente mexicana. La OCDE reportó que la comprensión lectora alcanzó, a nivel global, su nivel más bajo desde que existe la prueba, y que las pérdidas en matemáticas y lectura rondan los 20 puntos en numerosos sistemas educativos. Se ha señalado como culpable al teléfono celular, y no sin razón: el uso recreativo de pantallas dentro del aula se asocia consistentemente con peor desempeño. Pero reducir el fenómeno a un objeto -el celular- es quedarse en la superficie. Lo que se ha erosionado es algo más profundo: la autoridad del maestro, la exigencia como valor pedagógico, la paciencia para el esfuerzo prolongado. Una pedagogía terapéutica, obsesionada con la autoestima y la “creatividad” antes que con el dominio de un contenido, sustituyó en buena parte del mundo occidental a la vieja pedagogía del rigor. La pandemia aceleró esa deriva; no la inventó.
Por eso resulta iluminador que, en medio del derrumbe global, el modelo confuciano de Asia oriental -Singapur, las provincias chinas agrupadas como B-S-J-Z, Taiwán, Japón, Corea del Sur- no sólo resista, sino que vuelva a ocupar, casi en bloque, los primeros lugares en las tres áreas evaluadas. No es casualidad ni superioridad genética, como alguna vez insinuó cierta prensa perezosa: es herencia civilizatoria. La tradición confuciana entiende el estudio como cultivo moral, no como simple adquisición de destrezas; sacraliza la figura del maestro; convierte el examen en el gran mecanismo de movilidad social y coloca a la familia entera al servicio del desempeño escolar del hijo. En Japón, los propios alumnos limpian sus aulas como parte de una educación cívica que antecede a cualquier fórmula matemática. Es, además, un modelo que ha sabido incorporar la inteligencia artificial sin que ésta erosione el aprendizaje: Singapur y Macao, entre los estudiantes que más declaran usar IA, siguen encabezando el ranking. La disciplina, ahí, no compite con la tecnología: la subordina.
México, en contraste, exhibe algo peor que el simple estancamiento: un retroceso deliberado en su capacidad de saber lo que ocurre en sus aulas. Los resultados de matemáticas y lectura son los más bajos en dos décadas; frente a 2018, se perdieron 21 puntos en matemáticas y 12 en lectura, cifras que ninguna pandemia alcanza a explicar por completo. Y sin embargo, en lugar de una autocrítica seria, escuchamos que el declive se debe al celular -como si México fuera ajeno a un fenómeno mundial y no, además, protagonista de un desmantelamiento institucional propio-. La desaparición de PLANEA y de Mejoredu bajo la Nueva Escuela Mexicana nos deja, hasta 2029, sin termómetro alguno para medir lo que aprenden nuestros niños. Se prefirió apagar el espejo antes que mirar en él.
Ampliar el acceso educativo, como ha ocurrido en México en la última década, es una conquista real y debe reconocerse. Pero el costo de esa expansión -una calidad que se desploma al mismo tiempo que crece la matrícula- no puede administrarse con eufemismos ni con videos de “resiliencia” proyectados en la mañanera. Recuperar la seriedad educativa no exige copiar el autoritarismo pedagógico asiático; exige, simplemente, devolverle a la escuela mexicana su capacidad de exigir, de evaluar y de decir la verdad sobre sus resultados. Sin evaluación no hay diagnóstico y sin diagnóstico no hay cura: solo cuatro años más de oscuridad, con una generación entera aprendiendo, en el vacío, cada vez menos.
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El autor es abogado y Diputado federal.