El fin de los grandes capos y la Kingpin Strategy
De forma inesperada, el domingo alrededor de las 11 a.m. se filtró la noticia de que miembros del Ejército mataron a Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, durante un operativo que -ahora confirma el Gobierno- tenía como objetivo su detención. Con esta acción, cae el líder del identificado como Cártel Jalisco Nueva Generación, una de las organizaciones criminales más grandes y peligrosas del País, catalogada como organización terrorista por los Estados Unidos y uno de los principales generadores de violencia en México.
Parece que nos encontramos ante un nuevo escenario en la historia criminal de nuestro País, que es la ausencia de los grandes capos, al mismo tiempo que viene acompañado de caras ya conocidas, como es la estrategia de descabezamientos, por lo que considero pertinentes hacerme dos preguntas: ¿se acabaron los grandes capos? y ¿la estrategia de descabezamiento de cárteles es una estrategia propia de la guerra contra las drogas?
Respecto a la primera pregunta, con la muerte de “El Mencho” no sólo cae el líder de Jalisco Nueva Generación, sino parece acabarse la época de los grandes capos en México. Con un “gran capo” me refiero a la cabeza más representativa de un grupo criminal, al individuo al que se le atribuye el principal liderazgo y toma de decisiones en una estructura (aunque no necesariamente sea así).
Llegar a ser reconocido como tal no es una labor menor: las estructuras de los cárteles no son completamente jerárquicas, sino que generalmente se tratan de redes desplegadas territorialmente que se articulan alrededor de un grupo central, con alto grado de independencia entre células, pero como eje del grupo central se encuentra la figura del liderazgo. El líder no sólo coordina, en alguna medida, las operaciones delictivas; ordena el despliegue territorial y designa mandos medios, también ocupa una posición simbólica. Las células o franquicias de la organización, una vez desplegadas en el territorio, gravitan alrededor de su figura, le rinden pleitesía y refuerzan su marca criminal.
Un liderazgo como el de “El Mencho” o “El Chapo” toma años en forjarse: años de mucho trabajo y experiencia en distintos eslabones de la cadena productiva del tráfico de drogas y otros mercados criminales y, finalmente, de profesionalización en el ejercicio de la violencia.
No quiero decir que ya no existe la oportunidad de que eventualmente surjan otros perfiles que sustituyan los antiguos liderazgos ni que los que actualmente hay no serán peligrosos. Incluso la atomización generalmente son malas noticias para la incidencia delictiva, ya que, como muestra la experiencia mexicana, la atomización viene acompañada de disputas por el control de territorios, rutas y mercados criminales. Lo que hoy probablemente no hay es un perfil que tenga la fuerza operativa y simbólica para sustituir los espacios dejados por los grandes capos y que sean capaces de mantener la unión de las redes que componían la totalidad de la estructura criminal.
Lo que ahora queda claro es que cayó el último gran líder o el más representativo de una de las organizaciones criminales más grandes de nuestro País. Probablemente pasarán años antes de que surja un liderazgo criminal con el mismo alcance que los líderes de antaño, aunque lo deseable sería que ese espacio no volviera a ocuparse.
Por otra parte, resulta inevitable recordar todas las veces en que se ha ejecutado o detenido un gran líder de alguna organización criminal en las dos décadas que llevamos de guerra contra las drogas y el poco impacto que ha tenido en la disminución del ciclo de violencia del País.
Es difícil no pensar en todos los capos que han sido capturados o “abatidos” en estos 20 años de la fase más actual de la guerra contra las drogas: desde las muertes de Arturo Beltrán Leyva (Cártel de los Beltrán-Leyva) en 2009 y Heriberto Lazcano Lazcano (Los Zetas) en 2012, así como la captura de Servando Gómez “La Tuta” (La Familia Michoacana/Caballeros Templarios) en 2014, Joaquín Guzmán Loera “El Chapo” (Cártel de Sinaloa) en 2016 y la captura/extracción de Ismael Zambada García “El Mayo” (Cartel de Sinaloa). Todas las anteriores, durante el gobierno de Calderón y posterior.
Este recuento funciona para recordar que una de las partes más relevantes de la guerra contra las drogas ha sido el descabezamiento de organizaciones criminales. Lo traigo a cuenta porque ambos gobiernos de la autollamada Cuarta Transformación aseguran que la guerra contra las drogas se ha dejado atrás.
Es importante señalar que antes del gobierno de Calderón ya había tenido lugar la caída de líderes con la captura de Osiel Cárdenas Guillen (Cartel del Golfo) en 2003 o de Benjamín Arellano Félix (Cartel de Tijuana) en 2002. La captura de líderes es parte de la conocida Kingpin Strategy o Estrategia de Descabezamiento de Organizaciones Criminales, la cual es una estrategia impulsada por la DEA en Colombia y México. La estrategia busca el debilitamiento de una organización a partir de la reducción de sus dirigencias. En México hemos visto efectos adversos, como es el aumento de la violencia derivada de la atomización de las agrupaciones y la lucha entre estas por el control de mercados criminales.
Como tal, puede sostenerse que se trata de una estrategia propia de la llamada “guerra contra las drogas”, en la medida en que ha sido un componente central del enfrentamiento frontal contra las organizaciones dedicadas al narcotráfico y, más aún, un mecanismo recurrente de intervención de los Estados Unidos en América Latina.
En ese sentido, la muerte de Nemesio Oseguera, “El Mencho”, se inscribe claramente en esta lógica. Como he sostenido en otros textos, la política de guerra contra las drogas no ha desaparecido; por el contrario, sigue presente y se manifiesta en al menos tres dimensiones: el rechazo a la legalización, el creciente punitivismo, y la centralidad de las Fuerzas Armadas en las tareas de seguridad pública. No sorprende, por tanto, la continuidad de la llamada kingpin strategy, especialmente si se consideran las presiones provenientes de los Estados Unidos y la necesidad del Gobierno mexicano de evitar escenarios de mayor tensión bilateral o incluso insinuaciones de intervención en territorio nacional.
Viendo estos elementos en su conjunto, no es de extrañarse que durante los gobiernos de la autodenominada 4T es que finalmente se hayan acabado los grandes liderazgos de la delincuencia organizada.
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El autor es analista de seguridad pública, delincuencia organizada y control territorial.