El futuro de las enfermedades en Sinaloa (entre el clima, la violencia, y la salud mental)

Alberto Kousuke De la Herrán Arita
23 agosto 2026

Sinaloa se encuentra frente a una transición sanitaria que probablemente será mucho más profunda que el simple aumento o disminución de determinadas enfermedades. Durante las próximas décadas, el perfil epidemiológico del estado estará determinado por la interacción de tres fuerzas que hasta hace poco se analizaban por separado, el calentamiento global, la transformación de la dinámica geopolítica internacional y las condiciones sociales derivadas de la violencia, la movilidad poblacional y la desigualdad. El resultado será un escenario en el que las enfermedades infecciosas y las enfermedades crónicas dejarán de ser categorías claramente separadas y comenzarán a formar parte de sistemas sanitarios cada vez más complejos, en los que clima, alimentación, contaminación, estrés, y disponibilidad de servicios médicos interactuarán de manera simultánea.

El cambio climático constituye probablemente el factor ambiental más importante que modificará la epidemiología sinaloense. Sinaloa ya posee condiciones climáticas favorables para diversas enfermedades transmitidas por vectores (como las moscas y mosquitos), pero el incremento sostenido de la temperatura puede modificar la distribución geográfica, la supervivencia y la capacidad de transmisión de organismos patógenos y de sus vectores. El dengue (así como Chikungunya, Zika y otros arbovirus) representa uno de los ejemplos más evidentes. México consiguió una reducción considerable de los casos durante 2025 mediante estrategias intensivas de vigilancia y control vectorial, pero esta disminución no debe interpretarse como una desaparición del riesgo. Lamentablemente, el mosquito Aedes aegypti (el mosquito vector de esos virus) posee una extraordinaria capacidad de adaptación a ambientes urbanos y periurbanos, y su dinámica está condicionada por temperatura, humedad, disponibilidad de agua y comportamiento humano. El calentamiento puede ampliar las ventanas temporales en las que la transmisión es posible y favorecer la aparición de brotes en lugares o periodos anteriormente menos propicios; mientras que las sequías, inundaciones y modificaciones del uso del suelo pueden alterar sus reservorios y rutas de transmisión.

Sinaloa es uno de los principales territorios agrícolas de México y posee una extensa interacción entre sistemas de producción, disponibilidad de agua, cadenas de distribución de alimentos y asentamientos humanos. Las temperaturas extremas y los cambios en los patrones de precipitación pueden favorecer la contaminación microbiológica del agua y de los alimentos, particularmente después de inundaciones o cuando existen interrupciones en los sistemas de saneamiento. Las olas de calor, además, pueden favorecer la supervivencia y propagación de determinados microorganismos y modificar los patrones de transmisión de enfermedades infecciosas.

La resistencia antimicrobiana (cuando los antibióticos no tienen efecto contra las bacterias) constituye uno de los riesgos más subestimados para el futuro de Sinaloa. Durante décadas, la resistencia a los antibióticos fue considerada principalmente un problema hospitalario y microbiológico. Sin embargo, existe evidencia reciente de que temperaturas ambientales más elevadas se correlacionan con mayores tasas de resistencia en numerosos microorganismos patógenos. En un estado caracterizado por intensa actividad agrícola, ganadera y pesquera, este problema requiere una perspectiva de salud que incluya seres humanos, animales, alimentos, agua y ecosistemas.

Pero el futuro de las enfermedades en Sinaloa no será exclusivamente infeccioso. Paradójicamente, mientras algunas infecciones pueden aumentar, también lo harán muchas enfermedades crónicas asociadas con el envejecimiento, la urbanización, la alimentación y la exposición prolongada a condiciones ambientales adversas. Las enfermedades cardiovasculares, diabetes mellitus, obesidad, enfermedad renal crónica, cáncer y enfermedades neurodegenerativas continuarán representando una parte sustancial de la carga sanitaria. El calentamiento global actuará como multiplicador de algunos de estos riesgos. Las temperaturas extremas incrementan la carga cardiovascular y renal, mientras que la contaminación atmosférica, el estrés térmico y la reducción de la actividad física pueden interactuar con factores metabólicos preexistentes.

Las olas de calor merecen una consideración especial. El informe de 2025 del Lancet Countdown, difundido por la Organización Mundial de la Salud, documentó que la mortalidad relacionada con el calor ha aumentado significativamente desde la década de 1990 y que en 2024 la población mundial estuvo expuesta a numerosos días de calor extremo que no se habrían producido sin el cambio climático. Para Sinaloa, donde las temperaturas pueden alcanzar niveles extremos, esto implica que el calor debe comenzar a considerarse como un determinante sanitario independiente y no únicamente como una característica climática. En el futuro podrían incrementarse los episodios de golpe de calor, deshidratación, lesión renal, descompensación cardiovascular y mortalidad entre personas vulnerables.

Existe además una conexión menos visible entre el clima y la salud mental. El calor extremo, la pérdida de cosechas, la inseguridad hídrica, los desplazamientos y la exposición repetida a desastres pueden producir estrés crónico y deteriorar el bienestar psicológico. En Sinaloa, este fenómeno puede adquirir una dimensión particularmente compleja porque se superpone con un escenario de violencia persistente. La violencia no solamente produce lesiones y muertes inmediatas; modifica la movilidad, las relaciones sociales, la actividad económica, el acceso a servicios y las decisiones de migración. Durante los últimos años, la violencia asociada con organizaciones criminales ha provocado desplazamientos y alteraciones profundas de la vida cotidiana en diferentes regiones del estado.

La combinación entre violencia y cambio climático podría producir una forma de vulnerabilidad sanitaria acumulativa. Una familia que abandona una comunidad debido a la violencia puede trasladarse a una zona urbana con mayor densidad poblacional, menor acceso a vivienda adecuada y mayor exposición al calor. Si además pierde sus fuentes tradicionales de ingreso y modifica su alimentación, aumenta el riesgo de enfermedades metabólicas. Si las condiciones de hacinamiento (cuando muchas personas habitan un espacio insuficiente/pequeño) favorecen infecciones y el estrés crónico deteriora la salud mental, el desplazamiento se transforma en un proceso epidemiológico y no únicamente social.

Sinaloa tiene, sin embargo, una oportunidad extraordinaria para anticiparse a este escenario. La respuesta sanitaria no puede consistir únicamente en aumentar el número de hospitales cuando las enfermedades ya se han manifestado. El futuro exige construir un sistema de vigilancia predictiva. Las temperaturas, precipitaciones, humedad, calidad del aire, densidad vectorial, circulación de patógenos, movilidad humana, disponibilidad de agua y datos clínicos deberían integrarse en plataformas capaces de identificar señales tempranas de riesgo.

El verdadero desafío será reconocer que las enfermedades del futuro probablemente serán enfermedades híbridas. Un paciente podría desarrollar enfermedad renal después de años de exposición al calor y deshidratación, presentar diabetes asociada con cambios alimentarios, sufrir alteraciones del sueño y ansiedad relacionadas con violencia, y posteriormente adquirir una infección resistente a antibióticos. Ninguna de estas condiciones podrá explicarse adecuadamente mediante una sola disciplina. La medicina del futuro tendrá que comprender al individuo dentro de su ambiente físico, social, económico y geopolítico.

El Sinaloa del futuro tendrá que enfrentar enfermedades conocidas y otras que todavía no conocemos. Pero quizá el mayor desafío no sea ninguna enfermedad en particular. Será la combinación de muchas pequeñas crisis que, juntas, pueden terminar afectando profundamente la vida de la población. El cambio climático, la violencia y la situación internacional no son problemas separados de la salud.

Si queremos saber cómo será la salud de los sinaloenses dentro de veinte o treinta años, probablemente tendremos que mirar menos hacia los hospitales y más hacia nuestras calles, nuestros campos, nuestros hogares, nuestro clima y nuestra manera de vivir.