El Golfo de México, regulador climático que aún no sabemos defender

Oceana
08 noviembre 2025

El cambio climático no es un fenómeno abstracto ni ajeno a la humanidad. El Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) ha documentado que más del 90 por ciento del calor excedente generado por actividades humanas ha sido absorbido por los océanos, funcionando como un amortiguador de la temperatura planetaria. Gracias a ello, la temperatura atmosférica no ha aumentado de manera todavía más dramática. Sin embargo, este servicio climático tiene un costo: los océanos se acidifican, pierden oxígeno y experimentan olas de calor cada vez más frecuentes.

Cuando hablamos de mitigación climática, los océanos sanos son aliados irremplazables. Absorben aproximadamente tres gigatoneladas de carbono por año, un tercio de nuestras emisiones fósiles; esto equivale a aproximadamente 1.2 millones de albercas olímpicas. No solo eso: sus ecosistemas costeros y de aguas profundas, como bosques de manglar, arrecifes de coral, pastos marinos, marismas y llanuras abisales, almacenan carbono durante siglos, incluso milenios, convirtiéndose en depósitos más efectivos que muchos bosques terrestres.

El Golfo de México es un regulador climático. La Corriente de Lazo redistribuye calor de la región hacia el Atlántico Norte, modulando huracanes y el clima regional. Pero este mismo calor, cuando se acumula de manera excesiva, puede disparar huracanes de intensificación rápida, como lo demostró un análisis reciente para el Caribe noroccidental y el Golfo de México, y cómo también lo hemos vivido con el huracán Milton en 2024 que se formó en el sureste del Golfo de México y pasó de tormenta tropical a huracán categoría 5 en pocos días, sintiendo sus efectos en la costa norte de la península de Yucatán.

Si vamos más profundo, a la oscuridad de las profundidades del Golfo de México por debajo de los 500 metros, encontramos una región con escarpes, montañas y llanuras abisales que alberga grandes misterios. Estas zonas poco exploradas se sostienen gracias a organismos filtradores, corales de aguas frías y comunidades quimiosintéticas que consumen metano y azufre. Tales ecosistemas no solo son biodiversos: cumplen funciones biogeoquímicas críticas que amortiguan el cambio climático, siendo grandes sumideros de carbono.

El 24 de octubre se conmemoró el Día contra el Cambio Climático, una fecha simbólica que en 2025 adquiere un matiz especial: en pocos días se llevará a cabo la Conferencia de las Partes (COP) en Brasil, el espacio global donde se negocia el futuro climático del planeta. Si bien las discusiones suelen centrarse en la reducción de emisiones, transición energética y financiamiento climático, cada vez más voces recuerdan que los océanos son un pilar para mitigar el cambio climático. Sin esta “barrera azul”, el calentamiento sería mucho más intenso y la vida en la Tierra, aún más vulnerable.

La protección del Golfo de México enfrenta múltiples amenazas: la sobrepesca, la expansión petrolera en aguas profundas, la contaminación por plásticos y la pérdida de hábitats costeros. Para las familias pescadoras que dependen de la salud de estos ecosistemas, el deterioro implica menos captura, menos seguridad alimentaria y mayor migración forzada. Proteger el Golfo de México no es solo parte de la agenda ambiental: es una medida de justicia social y de resiliencia climática.

La COP que se avecina es la oportunidad para que México se posicione como un país pionero, así como un ejemplo internacional ante el cambio climático. Si México pone a los océanos al centro de la discusión como parte de su estrategia climática, estaríamos a la vanguardia en un momento clave para el mundo. Reconocer legalmente figuras de protección como las zonas de salvaguarda —espacios donde se prohíbe la exploración y extracción de hidrocarburos— sería un paso congruente con los compromisos de reducción de emisiones y con la promesa del 30×30: proteger el 30 por ciento de nuestros mares para 2030.