El laboratorio húngaro

Jesús Silva-Herzog Márquez
20 abril 2026

Lo habrá visto el lector de estas páginas y cualquiera que haya escuchado el radio recientemente. En estos días abundan en el escenario mexicano los hungarólogos repentinos.

Tenemos una semana conviviendo con expertos en orbanismo que nos ofrecen lecturas sobre la nueva demografía política de Hungría y que reconstruyen con velocidad la historia reciente de ese país y que nos comparten su lectura sobre el horizonte que abre la alternancia húngara. Esta nota se suma sin recato alguno a la moda del comentariado nacional.

No deja de ser llamativo que un país tan pequeño haya estado en el centro de la atención mundial desde hace más de quince años. No lo hemos volteado a ver por su energía económica o por ser una amenaza militar.

Hungría ha sido símbolo de una nueva era porque ha sido el centro de la teoría y de la práctica del nuevo autoritarismo. Un régimen que tuvo sólidos respaldos y que fue eliminando progresivamente todos los contrapesos que estorbaban al poder centralizado.

El laboratorio del que todo el mundo estuvo pendiente. Fue ahí donde se puso prueba el modelo de una democracia iliberal. La etiqueta misma lleva la marca de su implantación orgullosa en ese país.

Fue Victor Orbán quien, al arranque de su tercer mandato, inauguró formalmente ese régimen. Llamaba a dejar atrás lo que consideraba rastros de un tiempo ido: los límites formales al poder, la libertad de prensa, la autonomía de las organizaciones sociales, la búsqueda del diálogo.

El autoritarismo popular se presentaba como una democracia más auténtica, una democracia iliberal.

El adjetivo que utilizaba Orbán para calificar el sistema que estaba edificando era la apuesta de fundar una nueva legitimidad y una nueva práctica que colocara el interés del Estado o, más abiertamente, los intereses del jefe por encima de los derechos individuales, las cautelas constitucionales y los procesos deliberativos.

El reinado de Orbán nos entregó un instructivo completo para adulterar la democracia hasta al punto de desaparecerla. Conservar el voto, pero arrancarle el músculo y el hueso. Capturar todas las instancias de poder y saber independiente. Hostigar toda fuente de organización autónoma.

Atizar sin descanso la enemistad para convertir el espacio de la política en territorio de guerra donde combaten la patria y sus enemigos.

Durante años, ese instructivo fue un faro del populismo autoritario de la derecha mundial. También lo es del otro populismo.

El hombre que parecía imbatible era visto como el hombre valiente, decidido y eficaz que daba la batalla que el resto de los líderes europeos rehuían.

Los populistas, sean de derecha o de izquierda, coinciden en su desprecio por el talante liberal. No rechazan solamente las reglas y las instituciones que previenen el abuso. Desprecian también la actitud del negociador que reconoce el interés del otro, del dialogante que admite la razón contraria, del moderado que se detiene ante las bardas de la prudencia. Para el populista el liberal es un cobarde.

El laboratorio también sirve como demostración de la fragilidad del compuesto populista.

El populismo autoritario puede dar la impresión de ser imbatible, pero se levanta en un piso de vidrio.

Después de acumular victorias electorales hace impensable la construcción de otra mayoría.

El control de los medios y los árbitros presenta la imagen de un poder inagotable. La disparidad en la competencia desalienta a cualquiera. Pero el laboratorio húngaro nos entrega un hallazgo fundamental: el populismo se pudre por dentro.

No hablo de la escisión del oficialismo como clave de la alternancia. Hablo del chicote que provocó el castigo electoral.

El populismo como un sistema opaco que se desprende de vigías, que levanta el discurso del interés nacional para aplastar derechos y encontrar atajos al capricho es un régimen estructuralmente corrupto y soberbio.

Los disimulos del arranque son insostenibles en el mediano plazo.

El relato de la enemistad se agota; la captura de las instituciones del Estado produce tarde o temprano una oligarquía tan antipática y tan abusiva como la que se buscaba eliminar.

El poder que se ofrecía cercano y atento a la emoción pública termina siendo ciego, distante e insensible.