El mapa de un país que no avanza al mismo paso
Durante cinco años, México caminó con un mapa desactualizado. Ahora, por primera vez desde 2020, tenemos una radiografía nueva de nuestra población: la Encuesta Intercensal 2025 del Inegi. Y como toda buena radiografía, muestra lo que funciona y también lo que duele. Emilio Blanco del Villar, presidente de la Comisión de Desarrollo Regional, Fronterizo y Portuario e Islas de Coparmex nacional, lo resume con una frase que conviene grabarse: el País no avanza al mismo ritmo. Y cuando las brechas se ensanchan, se pierden talento, inversión y oportunidades de futuro.
Hay un dato que sacude más que ningún otro, sobre todo a los sinaloenses (ciudadanos y autoridades): 1.6 millones de personas abandonaron su hogar por la violencia entre 2020 y 2025. Un millón 600 mil. Imagine una ciudad entera vaciándose, casa por casa, familia por familia, no por elección sino por miedo. Nadie empaca su vida en una maleta por gusto.
La distribución de ese éxodo debería encender alarmas. Zacatecas, Morelos, Colima, Querétaro y Michoacán registran proporciones cercanas al 2 por ciento de su población, y Baja California Sur se acerca a esa cifra. Detrás de esos nombres hay una geografía económica que no podemos ignorar. Colima y Michoacán albergan Manzanillo y Lázaro Cárdenas, dos de las principales puertas del Pacífico para nuestro comercio exterior. Baja California Sur vive en buena medida del turismo. Querétaro es referente del nearshoring. ¿Cómo aspirar a ser una plataforma logística global si las familias que hacen funcionar esos nodos huyen de sus comunidades? Blanco del Villar lo dice sin rodeos: sin seguridad, la infraestructura pierde a las personas que le dan vida. Un puerto sin gente no es nada.
Pero la violencia no es la única brecha que revela la Encuesta. Tres de cada cuatro hogares tienen internet, lo cual suena a victoria. Sin embargo, solo cuatro de cada 10 cuentan con una computadora. La conexión existe, pero la capacidad digital productiva sigue siendo limitada.
El panorama educativo preocupa todavía más. Apenas 47 por ciento de los jóvenes de 15 a 24 años estudia. Casi la mitad de una generación fuera de las aulas, justo cuando las aduanas, los puertos y las cadenas de suministro demandan técnicos calificados. ¿Qué futuro le estamos ofreciendo a quienes hoy deberían estar formándose para sostener la economía de mañana? A eso se suma que uno de cada cuatro mexicanos no está afiliado a ningún servicio de salud. Un país no puede competir globalmente con una cuarta parte de su gente sin protección médica.
Hay otra cifra que merece atención por su fragilidad: el 4.7 por ciento de los hogares recibe remesas, un ingreso que hoy enfrenta mayor incertidumbre ante las nuevas restricciones financieras en Estados Unidos. Son millones de pesos que sostienen mesas, pagan rentas y cubren medicinas, y que podrían volverse inciertos de un día para otro. Al mismo tiempo, 150 mil connacionales regresaron al País durante el periodo, y muchos llegan por nuestras fronteras en busca de oportunidades laborales. ¿Los recibiremos como una carga o como lo que son: talento con experiencia, con ganas de trabajar, que nuestras regiones pueden y deben aprovechar?
Las regiones fronterizas, portuarias e insulares son la cara de México ante el mundo: por ellas entran las inversiones y salen nuestras exportaciones. Cuando sus comunidades pierden población, sus jóvenes carecen de oportunidades de formación o sus familias viven con miedo, el costo no se queda en lo local. Lo resiente toda la economía. Por eso la Encuesta Intercensal no puede leerse únicamente a partir de promedios nacionales. Los promedios son cómodos, pero mienten por omisión: esconden el estado donde la violencia expulsa, el puerto donde faltan técnicos y la frontera donde llegan los que regresan.
Desde Sinaloa conocemos bien esa realidad. Sabemos lo que significa ver cómo la inseguridad reconfigura la vida cotidiana de una región entera, cómo se frena la inversión y cómo se ponen a prueba la paciencia y la resiliencia de las familias. Por eso coincido en que el análisis tiene que hacerse región por región, con rostro y con nombre propio.
Y también coincido en la conclusión de fondo: el desarrollo regional no se decreta desde el centro. Se debe construir con información, coordinación y confianza entre el Gobierno, las empresas y las comunidades. Ningún actor puede lograrlo solo. El Gobierno no puede sin la experiencia del sector productivo, las empresas no pueden sin instituciones que garanticen seguridad y certeza, y las comunidades no pueden sin oportunidades que les den razones para quedarse.
La Encuesta Intercensal ya nos mostró dónde estamos. Ahora nos toca decidir hacia dónde queremos ir. Y esa decisión no admite más mapas viejos.