El mes de la Independencia y nuevo concepto de soberanía

Juan José Rodríguez
06 septiembre 2026

Hay dos tipos de naciones: aquellas que poseen fiesta de Independencia y aquellas que no.

El hecho de que la festejen tampoco quiere decir que sean totalmente autónomas, ni tampoco que sus habitantes o dirigentes hagan lo que les plazca, al menos en el terreno de la política internacional.

Aún hay naciones independientes que deben consultar sus acciones internas y/o externas a otros países y organismos maléficos, como son el Fondo Monetario Internacional y las compañías petroleras.

Otras como México han enfrentado una larga tradición de presiones o descarado intervencionismo del vecino del norte.

Hubo un periodo en que vastas naciones de América Latina debieron tanto su poder de decisión a ciertas empresas que se ganaron con injusticia el apodo de las industrias que las explotaban: repúblicas bananeras.

Hasta la fecha, algunos historiadores o gringos de la calle llaman así a México, tanto por sarcasmo como por distracción.

Esa visión venía de una América Latina que sólo producía bananas y petróleo para ellos, aunque su visión acaba de incluir a los tamales.

Inglaterra y Canadá son dos países que no festejan su independencia. Uno porque jamás ha sido conquistado. El otro, porque nunca consideró necesario declararle la guerra a la isla indómita y mantienen una curiosa sinergia.

Sin embargo, desde la Segunda Guerra Mundial y gracias al apoyo que le dieron a su Madre Patria, ex colonias como Canadá y Australia obtuvieron más que una autonomía. La Reina Isabel aún sonríe enigmática en los dólares canadienses.

Italia, nación en realidad más joven que México, festeja el día de su unificación, la cual ahora se encuentra en crisis, ya que el norte desea separarse del tacón de la bota para formar un país llamado Padania, así como en España el país vasco solicita la autonomía total y ahora también Cataluña.

En Francia, lo más parecido a la fiesta patria es el 14 de julio, el cual es un día festivo doble.

Fue instituido en 1880 sin especificar si conmemoraba la Toma de la Bastilla del 14 de julio de 1789, o la ”La fiesta de la federación” del mismo día de 1790, símbolo de la unión de la nación francesa.

La segunda conmemoración permitía obtener el apoyo de los republicanos moderados para los que la toma de la Bastilla era un acontecimiento demasiado violento... algo similar a la toma de la Alhóndiga de Granaditas, donde Hidalgo permitió la muerte de muchos inocentes y fue un escándalo mundial.

Así debería ser en México: festejarse sólo el 16 de septiembre, pero aquí agarramos la fiesta desde el 15, cumpleaños no declarado de Porfirio Diaz.

Equivalencia: muchas monarquías festejan el cumpleaños de sus soberanos como fiestas nacionales. En algunas se hace alarde de boato, trompetas y paseo de dignatarios en alfombra roja.

Otras son más discretas y ese día sus sonrientes majestades hacen donativos e inauguran actividades culturales. América es el único continente sin coronas físicas... pero el Día de la Independencia y el del informe son una especie de “día del Presidente” que cada vez es más discreto y sobrio.

Ya no resuena el Huapango de Moncayo en la Cámara de Diputados al final del Informe ni vemos la tempestad de abrazos y salutaciones de embajadores.

México ya celebró sus primeros 200 años de Independencia y 100 de la revolución. No hubo muchos fuegos artificiales, no novedosas cascadas de reflexiones y ensayos sobre el fenómeno, cada vez más intricado, de la vida política de este país como nación que ahora se envuelve en la bandera de la “soberanía” para justificar sus políticas internas.

En los Estados Unidos, la pirotecnia de amor patrio del 4 de julio es reconocida en todo el mundo. La mayoría de los hogares despliegan su bandera, además de la memorabilia que apreciamos en calcas, objetos decorativos e incluso trajes de baño.

En México ponemos banderas en los vehículos, pero las casas lo hacen sólo de manera indirecta en las fechas del fervor guadalupano, algo curioso en un país tan laico y masónico como el nuestro.

Las banderas en los hogares estadounidenses tienen un motivo mayor por su presencia. Además de la Independencia, se conmemoran en esa fecha el Día de los Caídos en Combate.

En muchos hogares esas banderas que vemos ondear envolvieron antes el ataúd de un abuelo o un hijo que volvió así de la guerra. Esa enseña es la misma que el ejército entrega a la familia en el día del sepelio.

Este 11 de septiembre, se cumplen veinticinco años del inicio de un estado de tensión en ese país que los especialistas calculan que durará más de cien años.

La psicosis y la paranoia doméstica llevaron a Donald Trump y sus políticas al poder y, el reciente incidente en Nueva York donde una mujer apuñaló a dos personas y fue “abatida” por los agentes del orden nos recuerda ese clima de odio y desconfianza, interno y hacia lo extranjero.

Y nosotros, para allá vamos a pasos raudos, cobijados en la soberanía.