El negocio de combatir la edad

Claudia Calvin
22 julio 2026

Elo de elementos y de su despliegue territorial. También se destacó que en esta administración la corporación ha crecido en más de un 60 por ciento.

Sin embargo, no se m

Hace unos meses, un influencer celebraba en redes sociales uno de los avances más comentados de la investigación sobre longevidad. Científicos han logrado rejuvenecer células y restaurar parcialmente la visión en ratones. La conclusión era optimista: la ciencia estaba cada vez más cerca de derrotar el envejecimiento.

No pude evitar hacerme la pregunta obligada: ¿quién decidió que envejecer era un problema que necesitaba solución?

Resulta pertinente este cuestionamiento en un momento en que la longevidad se ha convertido en uno de los negocios más prometedores del mundo. Existen muchos nichos de mercado: desde los productos de belleza hasta el tecnogerontológico, con todo lo que se encuentra en medio. El tamaño del mercado global de cosméticos antienvejecimiento se valoró en 38 mil 620 millones de dólares en 2018 y se proyecta que alcanzará los 65 mil 160 millones en 2032. El mercado de longevidad farmacéutico en Estados Unidos, por ejemplo, se espera que tenga ganancias de 5 mil 255.1 millones de dólares en 2033. Estamos hablando de un gran mercado.

Hoy este mercado va más allá de las cremas y los complementos alimenticios. Jeff Bezos financia Altos Labs, una empresa creada para investigar mecanismos biológicos del envejecimiento, que inició operaciones con una inversión cercana a los 3,000 millones de dólares. Sam Altman apostó 180 millones de dólares a Retro Biosciences. Brian Armstrong, fundador de Coinbase, impulsa NewLimit y acaba de levantar 435 millones de dólares en una primera ronda de capital. La fundación saudí Hevolution tienen un presupuesto de mil millones de dólares anuales y se ha convertido en la segunda principal fuente de financiación mundial para la gerontología.

El dinero que está entrando a este sector es enorme y la investigación que se desarrolla no sólo es legítima, sino prometedora. Avanzar en la compresión, tratamiento y atención de enfermedades neurodegenerativas, retrasar el deterioro asociado a ciertas patologías o ampliar los años de vida saludable podría transformar la vida de millones de personas.

El problema aparece cuando la ciencia y el desarrollo tecnológico se mezclan con una narrativa cultural mucho más antigua. ¿Por qué? Porque una parte importante de esta industria no está vendiendo años de vida ni apostando a la salud; está vendiendo miedo. Miedo al envejecimiento, a perder la salud, el atractivo, a hacerse irrelevantes.

¿No es esto una gran paradoja? Nunca habíamos vivido tantos años y nunca habíamos invertido tantos recursos en evitar parecer que vivimos tantos años.

El resultado es una narrativa profundamente edadista. Una narrativa que presenta la juventud como ideal y el envejecimiento, como una falla que debe corregirse. Las palabras del influencer que escuché decían justamente eso: “Vamos a poder corregir y vencer el envejecimiento”.

Las mujeres conocen bien esa historia. Durante décadas, arrugas, canas, menopausia y cambios corporales asociados con la edad han sido convertidos en oportunidades de negocio. Mientras las mujeres viven más años que los hombres en prácticamente todo el mundo, siguen enfrentando mayores presiones para ocultar los signos visibles del paso del tiempo y esto seguirá igual si el edadismo de nuestras sociedades se mantiene.

Cuando vemos detrás de estos avances multimillonarios la desigualdad que rodea al envejecimiento, es hora de preocuparnos y no solo por el edadismo implícito, sino porque estamos siendo testigos de cómo desde ahora se están construyendo futuros profundamente desiguales para las personas que envejecen y observamos que la pobreza y la desigualdad seguirán teniendo rostro de mujer.

Mientras algunos multimillonarios financian investigaciones para extender radicalmente la vida humana, millones de personas siguen sin acceso a atención médica básica, prevención, cuidados o pensiones dignas. Esto, además, tiene localización geográfica: el envejecimiento es diametralmente opuesto en Dinamarca que en México; en Ghana o en Japón.

La longevidad corre así el riesgo de convertirse en una nueva frontera del privilegio y no porque la ciencia sea el problema, sino porque el acceso a sus beneficios podría terminar distribuyéndose de manera tan desigual como muchas otras oportunidades.

Lo más interesante de esta discusión no tiene que ver con células, laboratorios o Silicon Valley. Tiene que ver con nosotros y con las sociedades que hemos construido. Vivimos una realidad en la que se ha logrado prolongar la vida como nunca antes, pero que sigue sin reconciliarse con el envejecimiento.

No se trata solo de discutir en torno a cuántos años más podremos vivir. Se trata de darnos cuenta de que nuestra cultura parece incapaz de concebir el envejecimiento como algo distinto a una derrota. “Hay que vencerlo”.

Esa es la razón por la que la industria del antienvejecimiento (en todos sus nichos) mueve miles de millones de dólares. Ha logrado convencer a las personas de que envejecer es un problema que debe resolverse y se dio cuenta de que vender el miedo a la edad es profundamente lucrativo.

La autora es internacionalista y politóloga, fundadora de Mujeres Construyendo.