El nuevo estándar de la industria:
producir de manera diferente para avanzar

Karin Nunan
25 mayo 2026

Es momento de que se hable de Pacífico Mexinol por lo que realmente es: un nuevo estándar de excelencia en la manera en que los criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG, por sus siglas en inglés) pueden garantizar que los megaproyectos sean diseñados, construidos y operados de forma responsable. Una instalación de nueva generación bajo un modelo Net Zero, que prácticamente elimina su huella de carbono, diseñada para no generar impactos sobre el agua dulce ni sobre la Bahía de Ohuira, evitando ecosistemas sensibles y maximizando el empleo local.

Sí, una vez en operación, Pacífico Mexinol será la planta química más grande del mundo de su tipo, pero bajo un nuevo modelo de desarrollo industrial.

Los columnistas y comentaristas en redes sociales que continúan colocando a Pacífico Mexinol en la misma categoría que otros proyectos industriales de la región, o que etiquetan al proyecto como uno que contribuirá a la degradación ambiental o a una supuesta maldición regional de los recursos, promueven una narrativa falsa basada en una forma obsoleta de pensar.

Pacífico Mexinol es, por el contrario, emblemático de la manera en que los grandes proyectos industriales deberían desarrollarse: en armonía con el planeta y con las personas, y bajo los principios rectores de las Naciones Unidas sobre Empresas y Derechos Humanos.

Cuando Transition Industries, empresa matriz de Pacífico Mexinol, firmó en 2023 un acuerdo conjunto de desarrollo con la Corporación Financiera Internacional (IFC, por sus siglas en inglés) del Banco Mundial, lo hizo bajo la premisa de que los estrictos principios ESG de la IFC se aplicarían durante todas las fases de desarrollo del proyecto. Esta no fue una condición impuesta por la IFC; fue la propia empresa quien lo solicitó.

Desde su diseño, el proyecto ha incorporado decisiones técnicas orientadas a reducir las emisiones al mínimo posible, como la electrificación del calor de proceso, la captura y reutilización de carbono, y la optimización de insumos.

Pero tan importante como ello es la forma en que estas decisiones se integran con el entorno.

En el caso del agua —uno de los temas más sensibles en México— la decisión fue clara: no utilizar recursos destinados al consumo humano, residencial o agrícola, ni extraer agua de la Bahía de Ohuira. La empresa añadió un año completo a su cronograma de ingeniería para rediseñar la planta de manera que opere exclusivamente con un sistema cerrado de reutilización de aguas residuales tratadas.

Esto no solo reduce el impacto ambiental; también evita competir con las comunidades por un recurso esencial.

La ubicación del proyecto responde a la misma lógica. Fue definida en un sitio adecuado, sin afectar comunidades o territorios indígenas, fuera de ecosistemas sensibles, e incorporando además un área de conservación destinada a proteger la biodiversidad local y a funcionar como zona de amortiguamiento entre la planta y la Bahía de Ohuira.

Este enfoque —técnico y ambiental al mismo tiempo— requiere otro elemento igualmente decisivo: las personas.

Durante más de siete años, el proyecto se ha construido en diálogo con las comunidades. Más de mil personas han participado en este proceso, incluidas comunidades indígenas, y sus aportaciones influyeron en decisiones concretas.

Porque cuando las comunidades participan desde el inicio, los proyectos no solo cambian: mejoran.

Y ese trabajo continúa. Programas como Good Neighbor reflejan una presencia constante en el territorio, basada en escuchar, acompañar y responder. Asimismo, iniciativas como un estudio de desarrollo comunitario de dos años realizado en colaboración con una universidad indígena local proporcionaron información esencial que hoy tanto el proyecto como las comunidades utilizan de manera conjunta para fortalecer capacidades productivas y generar desarrollo más allá de la operación industrial.

Además, el impacto del proyecto también se refleja en el desarrollo económico local.

Durante su construcción se generarán más de 6,000 empleos y, en su etapa operativa, alrededor de 450 empleos permanentes, entre directos e indirectos. Pero más allá de las cifras, el enfoque está en fortalecer capacidades: impulsar la capacitación de talento local, integrar a empresas de la región y desarrollar cadenas de valor que permitan que el crecimiento del proyecto se traduzca en oportunidades sostenibles para la comunidad, y no únicamente en crecimiento del PIB nacional.

Nada de esto es accesorio. Todo ello forma parte del nuevo estándar.

Un proyecto concebido desde el inicio para demostrar su capacidad de operar a largo plazo sin comprometer el medio ambiente ni a las comunidades.

México necesita industria. Pero necesita una mejor industria: un nuevo modelo de hacer industria.

Pacífico Mexinol busca demostrar que este modelo es posible. Y que la próxima generación de proyectos industriales no estará definida por cuánto producen para otros, sino por cómo lo hacen y con quiénes lo construyen.

Transition Industries se ha construido sobre la base de la transparencia, y todos los documentos ESG pueden consultarse en el sitio web del proyecto (www.pacifico-mexinol.com). Asimismo, el diálogo constructivo y bidireccional es siempre bienvenido.

La autora, Karin Nunan es la Directora Global de Asuntos Corporativos de Transition Industries, donde supervisa los temas de ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) y la responsabilidad social corporativa.

Como experta en desarrollo socioeconómico y sostenibilidad, ha trabajado en más de 70 megaproyectos globales en representación de empresas multinacionales, gobiernos, comunidades e inversionistas.

Cuenta con más de 25 años de experiencia en desarrollo sostenible, así como con un MBA Internacional y una Maestría en Relaciones Internacionales.

Su tesis se centró en los impactos socioeconómicos positivos que las corporaciones multinacionales pueden generar en comunidades subdesarrolladas cuando se diseñan bajo el modelo de personas, ganancias y planeta.