El nuevo género de terror no son los monstruos, sino la pérdida de autonomía de las mujeres

Lexia
11 julio 2026

En los últimos años, las películas de terror han dado un giro en la narrativa clásica que solíamos ver: seres sobrenaturales, desastres, monstruos... antes la amenaza se anclaba a lo desconocido y externo. Ahora el terror se ha vuelto más cercano, en las películas que vemos hoy ya no hay monstruos, hay maridos. Y nos muestran cómo el control disfrazado de cuidado y romanticismo es a lo que verdaderamente debemos tenerle miedo.

Nos enfrentamos ante una nueva era donde ya no es necesario echar a volar la imaginación, el panorama actual es suficiente para causar escalofríos, pues lo que estamos viendo no es solamente una representación de la pérdida de control y autonomía de las mujeres, sino el famoso “Good Guy Syndrome” apoderándose de las narrativas del cine de terror y suspenso, presentando a un villano que no se ve a sí mismo como el malo de la película.

Cada vez vemos más historias con este enfoque, como la de Alice y Jack Chambers en Don’t Worry Darling (2022), con una esposa viviendo inconscientemente en una realidad forzada por su marido; también lo vivimos con Nina y Andrew Winchester en The Housemaid (2025), con una esposa que perdió su autonomía física, económica y social tras la fachada de un “esposo perfecto”, y más recientemente en el hit cinematográfico Obsession (2026), pues, incluso en películas que incorporan lo sobrenatural, lo aterrador no es el juguete encantado, sino el deseo de un hombre que cree que merece un “amor” tomado a la fuerza.

En este nuevo filme de terror psicológico, esta narrativa no podría ser más clara: a través de los ojos de Bear, él es un joven enamorado, tímido y que solo busca ser correspondido... Pero la verdadera película de terror la vive Nikki: una mujer a quien le arrebataron la capacidad de elegir. Mientras para Bear todo comienza como una historia de amor, para Nikki siempre fue una pesadilla.

Y estas historias no se quedan sólo en el cine. Este paralelismo entre el arte y la sociedad se ha ido construyendo poco a poco, con novelas como The Handmaid’s Tale (1985), de Margaret Atwood, que usa eventos históricos reales para contar una historia de terror para las mujeres, hasta relatos mucho más recientes como Yesteryear (2026) de Caro Claire Burke, donde se incorpora la ficción y la sátira para contar la historia de una influencer que descubre que la vida sumisa que vendía como sueño era, en realidad, una condena.

Sin embargo, lo más perturbador no es que estas historias existan en la ficción, sino que ya no la necesiten. Con la narrativa mediática girando en torno al “retorno a los valores tradicionales” y, aún más aterrador, al retroceso legislado.

Fuera del cine, han cobrado relevancia tendencias como el auge de las “tradwives”, con mujeres que muestran un estilo de vida idealizado: quedarse en casa, tener hijos y cuidar a la familia. Pero esta versión, al igual que el cine, presenta una realidad romantizada, que no muestra la dependencia emocional y económica que se genera y cómo poco a poco se pierde la libertad, regresando a una figura femenina infantilizada, que deja de ser responsable de sí misma para poner su libertad en manos de otros.

Ahora, el problema no es la decisión de quedarse en casa, sino las condiciones y la forma en que se vende esta idea, donde la mujer “elige su vida soñada”, obteniendo autonomía estética a cambio de dependencia real.

Esto abre las puertas a un problema muchísimo más grande que es no ver el trabajo doméstico como un trabajo real. Tan solo en México las mujeres ya aportan 2.7 veces el valor que aportan los hombres al trabajo doméstico. Una “esposa tradicional” no deja de trabajar, sino que sostiene, gratis, una porción de la economía mayor que sectores enteros que sí cobran (INEGI, 2025).

Y después de perder la autonomía, ¿qué más podemos perder? La respuesta es: todo.

Mientras algunas mujeres pierden su autonomía a manos de la romantización, escogiendo el camino del tradicionalismo, otras la pierden a manos de la ley. El problema es el mismo, pero el terror sube de nivel.

Lo podemos ver en un extremo con Afganistán, donde la pérdida es total y legal, el régimen talibán restringe el acceso a la educación, al trabajo, la libertad de vestimenta, de movimiento e incluso de protesta. Y aunque pueda parecer una realidad lejana, la pérdida de autonomía está más cerca de casa de lo que creemos.

En Estados Unidos, con la revocación de Roe v. Wade (2022) podemos ver cómo incluso los derechos consolidados en una democracia occidental pueden revertirse en un abrir y cerrar de ojos. Lo que antes era un derecho vigente, reconocido por casi 50 años, volvió a ser materia de disputa, retrocediendo la lucha por los derechos reproductivos y la autonomía corporal de las mujeres.

Y México no es la excepción. Si bien en nuestro país 24 estados despenalizaron el aborto, Aguascalientes ha recortado el plazo a sólo seis semanas y Guanajuato lo ha rechazado en repetidas ocasiones pese al mandato de la Corte. Aquí también, nuestra autonomía ganada puede revertirse. En un país que promete protección, pero con reformas restrictivas, procesos burocráticos y crímenes impunes, la ley se vuelve papel mojado, poniendo en riesgo no sólo la autonomía sino la vida de todas.

En las películas, el terror termina cuando se apagan las luces de la sala, la protagonista escapa y los créditos corren. Pero el terror que nos acecha en el mundo real no tiene créditos finales: sigue cuando salimos del cine y no viene disfrazado de monstruo, sino con flores, discursos de familia y promesas de cuidado.

Reconocerlo -nombrar el control, aunque venga vestido de amor, de tradición o de ley- es lo único que nos queda cuando el monstruo aprendió a parecerse a nosotros. Defender la autonomía empieza por lo más simple y lo más difícil: reconocer el terror incluso cuando sonríe.

La autora es Claudia Lisset Pérez Andrade, mercadóloga consultora en insights y estrategia en Lexia (@clauaandrade)