El oficio de ser profe
Mi mamá solía decir que ser maestra es un trabajo agridulce: con altibajos; algunos días son buenos, sales de clase con gran satisfacción, y otros, solamente quieres que termine la jornada laboral.
Por cosas del destino, heredé el oficio de la docencia, y tengo que reconocer que hay días en los que uno como profesor entra al salón pensando únicamente en impartir la clase; exponer un tema, explicar conceptos, resolver dudas, salir y continuar con los demás pendientes del día. Pero a mis casi quince años siendo profesor de universidad, he descubierto que ser maestro rara vez se limita a eso. En realidad, uno termina convirtiéndose en guía, confidente, ejemplo y, en muchas ocasiones, amigo.
Lo más curioso es que esas actividades nunca se plasman en los formatos de planeación docente. Ninguna universidad te enseña cómo reaccionar cuando un alumno se queda después de clase para hablar de sus problemas familiares, de sus inseguridades, o de esa sensación de no saber qué hacer con su vida. Tampoco enseñan qué hacer cuando los estudiantes comienzan a verte no sólo como profesor, sino como referencia.
Con los años, uno entiende que los alumnos observan mucho más de lo que uno cree. Observan cómo hablas, cómo vistes, cómo reaccionas ante el estrés, cómo tratas a los demás, cómo manejas el enojo o las provocaciones. A veces creen encontrar en nosotros una especie de modelo de adultez estable, alguien que ya resolvió la vida y camina con seguridad. Pero la verdad es mucho menos heroica.
Porque de este otro lado también existe una vida que los alumnos apenas imaginan. Tenemos problemas económicos, preocupaciones familiares, enfermedades, duelos, ansiedad, errores y días malos. Hay mañanas en las que uno entra al aula con el corazón roto o con la mente agotada, pero aun así intenta explicar un tema con entusiasmo porque entiende que, del otro lado, hay jóvenes que merecen atención y respeto.
Y tal vez por eso, inevitablemente, terminamos construyendo amistades con algunos estudiantes. Uno celebra sus logros, se preocupa cuando desaparecen varios días, se alegra cuando encuentran trabajo, o cuando años después te saludan con gusto en la calle.
Sin embargo, esa cercanía también obliga a ser cuidadosos. Porque un maestro deja huellas incluso cuando no lo pretende. Una palabra de aliento puede cambiarle el día a alguien; una humillación puede quedarse años enteros en la memoria de un estudiante.
Por eso creo que ser maestro implica aceptar que debemos intentar ser buenos ejemplos sin dejar de ser humanos. Reconocer que educar no consiste únicamente en transmitir información, sino en convivir con otros seres humanos en una etapa decisiva de sus vidas.
Por eso cada 15 de mayo, más que celebrar una profesión, vale la pena reconocer a todas esas personas que cada mañana entran a un aula cargando también sus propias batallas personales, y aun así encuentran energía para escuchar, explicar y acompañar a sus alumnos.
Gracias a quienes enseñan desde el conocimiento, pero sobre todo desde la humanidad. A quienes entienden que educar no es formar estudiantes perfectos, sino seres humanos íntegros.
Es cuanto...