¿El orgullo nos hace más fuertes?

Óscar García
26 septiembre 2020

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@LicOscarGarciaCoach

 

Hace días, compartía una frase que entonaba mi mosquetero a todo pulmón como parte de nuestra terapia nocturna de entretenimiento en modo flex, él con su música y yo con mis lecturas, pero como muéganos en el mismo lugar. Es al quitarme los audífonos con filtros aislantes del ruido exterior que puedo escuchar una frase que me impactó: “El orgullo nos hace más fuertes, pero no feliz”. La voz doliente del intérprete y los contenidos de mi libro acompañante hicieron un match emocional, que hoy inspiran esta columna.

Para explicarme, arranco con una pregunta poderosa: ¿Cuántas veces hemos padecido esa incómoda sensación o necesidad de pedir perdón, pero nos lo impide hacerlo una voz interior, más grande que nuestra propia necesidad?

Creo que la mayoría de nosotros hemos experimentado (y en algunos casos hemos padecido) esos momentos inquietantes, y procrastinamos el afrontamiento, dejando en los que nos rodean la sensación de una tremenda incapacidad para resolver conflictos, incompetencia para establecer conversaciones constructivas, y por último y no menos importante, una apariencia de inflexibles e insensibles.

Interpretando que no existen emociones “buenas o malas”, me encuentro con la disyuntiva de no polarizar al tocar este tema, y más con una de las emociones más poderosas como lo es el orgullo. Tan es así que la doctora Barbara Fredickson la considera como una de las 10 emociones positivas, de acuerdo con sus investigaciones en laboratorio, definiendo que el orgullo florece a través del logro, derivado de poner todos mis talentos y esfuerzos al servicio de este.

El orgullo sano, señala la investigadora, despierta en nosotros una visión más amplia y creativa, hasta incrementa nuestra capacidad de aprendizaje, pero también la considera como una de las emociones cohibidas, es decir, que en su afectación en el sentir provoca comportamientos y sentimientos de susto, incomodidad, extrema ansiedad producida por un inadecuado manejo del estrés, y da como resultado sentimientos de alta afectividad negativa, como son la vergüenza y la culpa.

Muchos de nosotros hemos sido tocados en el orgullo propio y de forma increíble nos ponemos las pilas y nos salen “los bachoco”, dicho con mucho respeto. Este es un recurso muy utilizado por entrenadores deportivos y maestros de actividades culturales, hagamos memoria en cuántas películas llevan al protagonista a una “terapia de choque”, buscando la aceptación consciente del reto por venir. No es especialmente recomendable para los que creemos en técnicas más dignificantes del ser humano, pero no podemos negar que a veces su aplicación tiene éxito.

Es un hecho que el orgullo que nos impacta de forma no deseada el bienestar subjetivo o la sensación de “ser feliz”, se deriva de hechos, acciones y actitudes que han tocado nuestra autoestima, hasta hacernos sentir que la hemos dañado y nos “obliga” a ponernos una coraza grande y fuerte para impedir que esa persona o alguien más nos dañe. Esta respuesta inconsciente nos llena de resentimiento hasta llegar a un odio rabioso que rumea y rumea sin parar en nuestra mente y corazón, en un camino de ida y vuelta que solo destila amargura en nuestro organismo.

Aquí aparece esa voz interna que se nos atraganta ante la simple intención de pensar en perdonar o de la acción de reconocer una aparente debilidad, vulnerabilidad o incompetencia para establecer límites de nuestra parte. Y al hacer caso a nuestra voz interna, provoca una actitud arrogante que nos hace pagar un precio elevado: la soledad, el abandono emocional por relaciones insanas.

Voy a cerrar mi columna con una pregunta muy íntima: ¿Cuál es objetivo vital: tener la razón o ser feliz? Una respuesta honesta, autentica y profunda nos permitirá darnos cuenta de forma consciente que lo que nos blinda la coraza es el dolor que nos provoca el sentirnos rechazados, ignorados, juzgados, y eso detona un tremendo miedo que se proyecta en la voz interior que nos detiene a aplicar la autocompasión y el perdón.

Lo he experimentado en carne propia, no hay nada peor que lidiar con alguien orgulloso, que no sabe reconocer cuando está equivocado, que no sabe pedir disculpas, que no sabe mirar a los ojos y decir qué siente, y desde su amor propio regalar amor, respeto, comprensión y empatía.

Cierro el libro que me acompaña en mi lectura de “entretenimiento”, su título es muy claro, “Con agallas” (“Getting Grit”), de Caroline Adams Miller. Mi mosquetero sigue cantando a todo pulmón, afortunadamente ahora tararea y baila “Despacito”, ¿será una señal divina para no desesperarnos e intencionar todos los días nuestros aprendizajes para Pensar con Bienestar? Con tantos años viviendo de una forma, el cambio debe ser poco a poco, pero firmes en el camino.

Por cierto, nuestro programa de este domingo 27 de septiembre versa sobre las crisis y conversaremos con Ángel López, de Human Institute, estoy seguro de que después de escucharlo te cambiará el concepto que tenemos de las crisis y nos enfocaremos en las oportunidades. Nos vemos por Facebook Live.