El país que nos queda
La victoria de Lula en Brasil me produce alegría, aunque no necesariamente tranquilidad, celebro su triunfo sin olvidar las deudas que mantiene con el pueblo brasileño, las contradicciones de su trayectoria y los enormes desafíos que tiene por delante, porque una cosa es reconocer el resultado de una elección y otra muy distinta concederle a quien gana una especie de absolución política.
Sin embargo, más allá de Lula, hay algo en lo ocurrido en Brasil que debería invitarnos a reflexionar sobre el momento que atraviesan nuestras democracias y, particularmente, sobre el futuro que estamos construyendo en México.
Estar en contra de alguien no significa estar a favor de algo.
Parece una obviedad, pero buena parte de nuestra conversación política se ha construido precisamente sobre esa confusión, hemos aprendido a identificar con extraordinaria claridad aquello que rechazamos, pero cada vez nos cuesta más explicar qué queremos construir en su lugar.
La indignación se ha convertido en identidad, el adversario, en enemigo y la derrota del otro, en una aspiración que parece suficiente para justificar cualquier alternativa. Así, el hartazgo puede terminar siendo más importante que las propuestas, la confrontación más rentable que el diálogo y la promesa de destruir lo existente más atractiva que el compromiso de construir algo mejor.
No se trata de equiparar las trayectorias, ideas o gobiernos de Donald Trump, Javier Milei, Flavio Bolsonaro o Abelardo de la Espriella, cuya expresión pública desprecio, se trata de preguntarnos por qué, en diferentes sociedades, los discursos de ruptura encuentran ciudadanos dispuestos a depositar en ellos sus esperanzas, sería demasiado sencillo responsabilizar únicamente a los políticos y la popularidad de estas alternativas también obliga a mirar las frustraciones acumuladas, las promesas incumplidas y la incapacidad de muchas instituciones para responder a las necesidades de las personas.
Nadie debería sorprenderse de que una sociedad cansada busque alternativas, lo que debería preocuparnos es que, en ocasiones, parezcamos más interesados en castigar al pasado que en imaginar el futuro y aquí es donde México tendría que mirarse al espejo.
No basta con rechazar al Gobierno, tampoco basta con defenderlo frente a cualquier crítica, una Oposición que únicamente ofrece indignación no necesariamente está construyendo una alternativa, del mismo modo que un gobierno que interpreta cualquier cuestionamiento como una agresión termina empobreciendo la conversación pública.
La democracia necesita contrapesos, pero también necesita propuestas, necesita diferencias, pero no puede sobrevivir únicamente de ellas. ¿Dónde están los proyectos capaces de convocarnos más allá de nuestras simpatías políticas? ¿Dónde las conversaciones serias sobre educación, seguridad, justicia, desarrollo económico y oportunidades? ¿En qué momento dejamos de preguntarnos qué necesita el País para concentrarnos exclusivamente en quién debería gobernarlo?
Quizá uno de nuestros mayores errores ha sido permitir que las etiquetas sustituyan a las ideas, izquierda y derecha, conservadores y progresistas, oficialistas y opositores, categorías que pueden ayudarnos a comprender distintas visiones del mundo, pero que resultan insuficientes cuando se convierten en fronteras que nos impiden reconocer lo que compartimos, porque antes que cualquier identidad política somos personas, personas que queremos vivir sin miedo, encontrar oportunidades, cuidar a nuestras familias, recibir atención cuando enfermamos y confiar en que nuestros hijos podrán construir una vida mejor.
Podemos disentir profundamente sobre los caminos para conseguirlo, de hecho, necesitamos hacerlo, el desacuerdo es una parte indispensable de cualquier sociedad democrática, pero una cosa es discutir sobre los medios y otra muy distinta olvidar los fines y quizá eso sea lo que estamos perdiendo, el sentido de lo común.
No me preocupa que existan distintas ideas de país, me preocuparía mucho más que dejáramos de reconocer que compartimos uno.
La radicalización no comienza necesariamente cuando alguien defiende con pasión sus convicciones, sino cuando esas convicciones le impiden reconocer la dignidad, las razones o incluso el derecho a existir políticamente de quien piensa diferente, cuando dejamos de escuchar, dejamos también de aprender, cuando convertimos al otro en enemigo, cualquier posibilidad de colaboración comienza a parecer una traición y cuando la política se transforma en una batalla permanente entre buenos y malos, terminamos justificando en los nuestros aquello que condenamos en los demás.
Por eso, más allá de celebrar victorias o lamentar derrotas, deberíamos exigir algo más de quienes aspiran a gobernarnos y también de nosotros mismos, un proyecto de país no puede consistir únicamente en impedir que gane el adversario, tiene que ofrecer una visión de futuro, instituciones capaces de sostenerla y, sobre todo, la voluntad de incluir a quienes no votaron por él.
Porque gobernar no es administrar una victoria electoral, es asumir la responsabilidad de una sociedad entera y tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea decidir si queremos un país de izquierda o de derecha, sino recuperar la capacidad de imaginar un país en el que quepamos todos, incluso aquellos con quienes nunca estaremos de acuerdo, no se trata de renunciar a nuestras convicciones ni de fingir que todas las ideas son igualmente buenas, se trata de comprender que ninguna sociedad puede construirse de manera duradera sobre el desprecio hacia una parte de sí misma.
Al final, las grandes derrotas de los países no siempre ocurren en las urnas, a veces suceden mucho antes, cuando sus ciudadanos dejan de reconocerse como parte de una misma comunidad, porque podemos ganar elecciones y perder países, y quizá la victoria que más necesitamos sea recuperar la capacidad de construir juntos
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.
Es cuánto.