El pensar filosófico

Rodolfo Díaz Fonseca
17 septiembre 2026

La filosofía puede definirse como atreverse a pensar, de acuerdo a la expresión que popularizó Immanuel Kant: “Sapere aude”, atrévete a pensar o a saber. A su vez, Kant la retomó de una antigua frase de Horacio en su Primer Libro de Epístolas.

La filosofía debería ser la más común de las reflexiones, puesto que quienes la practican no son extraterrestres, sino los más comunes de los mortales, como aseguró Leibniz, puesto que se distinguen no “en que perciban cosas distintas, sino en que las perciben de otro modo, es decir, con el ojo de la mente y con reflexión o atención y comparándolas unas con otras”.

Lo diferente en el filósofo, pues, es que no se conforma con un saber genérico, sino que pretende afinar su agudeza para penetrar más a fondo, con mayor sutileza y refinamiento. Y, lo más difícil resulta el conocerse a sí mismo, de ahí que esa sea la premisa que apuntaló Sócrates como pórtico de su filosofía.

En efecto, para Sócrates el pensamiento filosófico no es un sistema abstracto de teorías, sino que se resume en un modo concreto de vida, que se caracteriza por un irrestricto amor a la sabiduría. Muchos siglos después, Etienne Gilson acuñó una precisa frase: “La vida intelectual es intelectual porque es conocimiento, pero es vida porque es amor”.

Para reforzar esta necesidad de la filosofía y, a la vez, de maestros que profundicen y capaciten sobre este pensamiento, Henry David Thoureau, en 1854, expresó:

“Hoy hay profesores de filosofía pero no filósofos... Ser un filósofo no consiste meramente en tener pensamientos sutiles, ni siquiera en fundar una escuela, sino en amar la sabiduría hasta el punto de vivir conforme a sus dictados una vida sencilla, independiente, magnánima y confiada”.

¿Estructuro correctamente mi pensamiento?