¿El problema de México, es que está lleno de novohispanos (mexicanos)?

Alberto Kousuke De la Herrán Arita
17 mayo 2026

México es un país de contrastes que desafían la lógica (dicen que “México supera a la IA”). Somos una nación capaz de producir profesionales de clase mundial, artistas que redefinen la estética global, y una fuerza laboral cuya resiliencia es el motor de economías extranjeras. Sin embargo, al caminar por nuestras calles o navegar en nuestra burocracia, surge una pregunta incómoda: ¿Por qué, con tanto talento, parecemos anclados en un ciclo de mediocridad y desigualdad? Para entender por qué, es necesario mirar hacia atrás, hacia nuestra historia. No se trata de una incapacidad biológica, sino de una herencia invisible: operamos con tradiciones de la Nueva España que nos negamos a actualizar, perpetuando vicios que hoy llamamos corrupción, amiguismo, o falta de civismo, pero que en realidad son ecos de un sistema de hace más de tres siglos. Todos participamos en estas dinámicas, incluso de formas pequeñas y cotidianas (el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra).

En el corazón de este estancamiento reside la tradición de la simulación, nacida de la enorme distancia que separaba a la corona española de sus posesiones americanas. Aquella frase de “obedezco, pero no cumplo” se convirtió en el código de la burocracia y la vida pública; las leyes se recibían con respeto ceremonial, pero se ignoraban en la práctica si afectaban los intereses de las élites locales. Esta desconexión profunda con el Estado de derecho sobrevive hoy en la cultura de la “tranza” y el “listillo”. Cuando el ciudadano común se salta un semáforo o el funcionario desvía recursos, ambos actúan bajo la misma lógica novohispana: la norma es una sugerencia opcional y el beneficio personal, obtenido mediante la astucia, es el verdadero valor supremo. La corrupción no es solo un delito financiero, es un modo de habitar un mundo donde la ley se siente ajena, como una orden dictada por un monarca que vive del otro lado del océano.

A esta simulación se suma la sombra del sistema de castas. Aunque las leyes de Reforma y la Revolución intentaron borrar las jerarquías (raciales), México sigue, en gran medida, operando con una estructura social del virreinato. El clasismo/amiguismo actual es el heredero directo de las tradiciones coloniales; no se valora el mérito real. Esta estructura fomenta un egoísmo sistémico donde el talento de millones se desperdicia simplemente porque no nacieron en el “estamento” correcto del privilegio. En este escenario, la movilidad social no se busca a través de la excelencia, sino a través del “palancazo” o la cercanía al poder, lo que genera un ciclo de mediocridad donde los puestos claves no son ocupados por los más capaces, sino por los más conectados.

Este “sistema de castas moderno” se manifiesta en una exclusión económica y cultural que empuja a los jóvenes hacia la “tranza” mayor, el crimen organizado (y también el desorganizado). Para muchos, el ascenso social no es una escalera de mérito, sino un salto de fe hacia la violencia, buscando el respeto y la riqueza que el sistema rígido y clasista les niega en el mercado legal. La “tranza” dejó de ser el pequeño engaño burocrático para convertirse en una industria del egoísmo que carcome el tejido social. En ciudades como Culiacán, la tensión es constante: el brillo de las camionetas de lujo y la opulencia de las “plazas” conviven con una ciudadanía que debe ser experta en el arte de la supervivencia, equilibrando su honestidad cotidiana con el miedo a un entorno donde el más fuerte (o el más cínico) se impone.

Esta inercia se manifiesta también en una alarmante falta de conciencia cívica, visible en la suciedad y deterioro de las calles, y el desprecio por el espacio público. En la época colonial, lo público pertenecía al Rey y, por lo tanto, no era responsabilidad del pueblo; hoy, esa mentalidad persiste en la figura del ciudadano “cochino” o desconsiderado que ensucia su entorno porque no lo siente propio. Es la tragedia de los comunes llevada al extremo, una sociedad que no se reconoce como dueña de su destino termina por maltratar su propia casa.

En el México de hoy, la distancia de la “Corona” se traduce en la desconexión entre la clase política (en todos los partidos) y la realidad de las calles. Seguimos siendo un país de súbditos que esperan un milagro o un líder mesiánico, en lugar de una nación de ciudadanos que desmantelen el sistema de privilegios y corrupción que nos ancla al pasado. La profundidad de nuestra crisis radica en que hemos normalizado esto bajo la misma resignación con la que los antiguos habitantes de la Nueva España aceptaban los abusos del virrey de turno. Para que México y Sinaloa trasciendan este bache histórico, es imperativo entender que la verdadera independencia no fue la de 1810, sino la que aún tenemos pendiente: la independencia de nuestra propia cultura de la ilegalidad y el egoísmo, esa que prefiere el beneficio inmediato de uno solo sobre la grandeza sostenible de todos.

México floreció en el pasado (el famoso “Milagro Mexicano” de 1940-1970) porque el resto del mundo estaba en llamas durante la Segunda Guerra Mundial y por la posterior reconstrucción de Europa (fuimos proveedores a crédito). El país no ha colapsado gracias a un fenómeno de homeostasis social. Existe una masa crítica de mexicanos (gente honesta, trabajadores y profesionales éticos) que balancean el peso muerto de los egoístas, pero este equilibrio es, en sí mismo, una trampa. La energía de la gente buena se consume compensando los sabotajes de los “tranzas”, en lugar de usarse para propulsar al país hacia adelante.

México requiere más que simples cambios de administración; necesita una cirugía cultural profunda. La ciencia nos enseña que los sistemas que no evolucionan terminan por degradarse por pura entropía. Seguir operando con una estructura social del siglo 18 en pleno siglo 21 es nuestra mayor condena. Mientras la honestidad sea vista como una debilidad y la tranza como una virtud de supervivencia, el potencial de México seguirá siendo una promesa incumplida, atrapada en el eco de un pasado colonial que ya debería haber muerto para dar paso a una verdadera ciudadanía.

El nuevo milagro mexicano tiene que ser el milagro de la confianza (México tiene uno de los niveles más bajos de confianza interpersonal en la OCDE). La ciencia de la cooperación social demuestra que las naciones más prósperas no son necesariamente las que tienen más recursos naturales, sino las que tienen niveles más altos de confianza institucional y ciudadana. Si logramos que el mérito pese más que el apellido, y que la ética deje de ser una “tontería” para convertirse en el estándar de eficiencia, México dejaría de ser la eterna promesa. No necesitamos una Tercera Guerra Mundial o un mesías para crecer; necesitamos una guerra interna contra nuestra propia complacencia y contra ese sistema de castas invisible que nos sigue diciendo quién puede llegar a la cima y quién debe quedarse en la base de la pirámide. Al final del día, las etiquetas de izquierda, derecha, o centro resultan ser cáscaras vacías si no están rellenas de una ética funcional; de poco sirve una ideología si el ejecutor mantiene la “cultura de la tranza” o la ambición del encomendero.

El verdadero eje del progreso no es político, sino moral. Un país solo se transforma cuando la honestidad, la responsabilidad, y el respeto al prójimo dejan de ser banderas de campaña para convertirse en el estándar mínimo de convivencia. Mientras sigamos privilegiando el dogma sobre la integridad, solo estaremos cambiando el color del cristal con el que miramos nuestra propia mediocridad.