El regreso de la Diputada Montoya
Sobrevivir como acto providencial

Alejandro Sicairos
08 abril 2026

Sin estar muy claro en qué punto ocurre la apoteosis, el regreso de la Diputada Elizabeth Montoya Ojeda a sus funciones parlamentarias detonó el aplauso del Pleno quizá como motivación a una Legisladora que corrió con la suerte de salvar la vida en medio de la violencia exacerbada, y estímulo a los sinaloenses como conjunto humano que vive experimentando la sensación del cañón del arma asesina colocada en la sien. Si el hecho de existir es un acto de suerte u obra del azar, entonces lo que ocurre es que no sobrevivimos del todo.

El momento emotivo, que muestra solidaridad con la mujer, ciudadana antes que congresista, que el 28 de enero de 2026 sufrió un ataque criminal junto con su compañero de bancada Sergio Torres Félix, trae implícito la barbarie sinaloense que desde el 9 de septiembre de 2024 ha privado de la vida a más de 3 mil personas a las cuales únicamente les corresponde un número en la lista de víctimas y la impunidad garantizada a los agresores.

Así la representación popular se transforma en otro frente de los sufrientes por el conflicto entre facciones de la delincuencia organizada y, por fortuna, una de sus integrantes regresa al salón de sesiones, y de otro se desconoce el estado de salud y la eventualidad de que retorne a la Cámara. Y para completar el cuadro sombrío, los asambleístas están paralizados frente a la narcoguerra, sin mayor margen de maniobra que celebrar a los sobrevivientes.

El Congreso del Estado es la reverberación de la preocupación y ocupación de la sociedad entera y por lo tanto desde esa esfera de representatividad necesita contribuir más al proceso de construcción de paz, en sintonía con organizaciones de la sociedad civil que no cejan en tal empeño a pesar de que los resultados tardan en ser concretados. Al encomiar que alguno de los miembros del cuerpo legislativo se salvó de la acometida violenta, el constituyente tiene el apremio de librar al mismo tiempo todas las batallas posibles para la no repetición de guerras entre narcos de afectaciones generalizadas.

También cabe la moraleja donde la atrocidad del hampa y la acción política no se llevan bien. La compleja separación de ese siamés es condición indispensable en el objetivo de la pacificación ya que nadie debería lucrar con el gran sufrimiento de esta sociedad estremecida como nunca antes por los facinerosos. Debemos empujar todos en el mismo sentido hasta que la única ambición consensuada que prevalezca sea por la seguridad y Estado de derecho.

La reincorporación de la Diputada Montoya Ojeda es la pauta que nos clarifica que la eventualidad a ras de lo providencial se sitúa por encima de la certidumbre que corresponde aportar al Gobierno en cuestión de tranquilidad ciudadana. Necesitamos darle la vuelta a ese esquema de protección sujeto al buen hado individual o grupal, hasta que ningún sinaloense, trátese de niños, jóvenes o de gente pacífica indistintamente de la posición en la escala social, esté a expensas de guerras detonadas por criminales.

Esa atmósfera rara instalada ayer en el Legislativo, de alegría porque uno de los suyos retoma la curul, debe virar hacia al esfuerzo colectivo que haga posible que todas las víctimas de desapariciones forzadas regresan a sus hogares, que ninguna familia viva el luto por muertes violentas y que los espacios comunes estén dispuestos para ocuparlos en el momento que los necesitemos. El aplauso unánime ofreció a Elizabeth Montoya dijo eso y aparte gritó el sentimiento de indefensión que prevalece en la tierra de los once ríos.

Por supuesto que las diputadas y diputados tienen derecho a entusiasmarse por la sana integridad de sus compañeros y compañeras. Es reconfortante además que al margen de diferencias partidistas o divergencias en el trabajo camaral, prevalezca el sentido fraterno. Pero urge ampliar tal impresión solidaria hacia todo un pueblo que indistintamente de contrastes desea sentir el abrazo de este poder.

Esta digresión sobre el ritual de la Asamblea Legislativa lo único que propone es que algún día logremos como sociedad aplaudir la circunstancia en la que todos estemos sanos y salvos en Sinaloa. Y que el hecho de coexistir nunca dependa de azares ni de milagros sino de la seguridad pública como obligación del Estado y derecho de los ciudadanos.

Celebremos que un escaño,

Recupera a su ocupante,

Pese al colosal tamaño,

De esta violencia dominante.

Por cierto, el tema de las abusivas tarifas autorizadas al transporte público de Sinaloa llegó a la tribuna en la sesión de ayer del Congreso del Estado con posicionamientos de todas las bancadas para que la coyuntura sea aprovechada en impulsar una transformación de fondo en el sistema estatal de movilidad. Siendo el incremento como palo dado que ni Dios lo quita, lo que se puede hacer es que el servicio urbano esté a la altura de los cobros que el Gobierno autorizó sin decirle a la gente ni agua va e ignorarla por completo en la determinación del golpe a la economía de las familias de por sí pauperizada a consecuencia de la violencia que deriva de la narcoguerra. ¿Quién se echó el paquete de creer que Sinaloa está en jauja como para sacar el marrazo asestado a los usuarios del transporte urbano?