El regreso del Sarampión: ¿qué es y quienes deben de vacunarse?

Alberto Kousuke De la Herrán Arita
15 febrero 2026

El sarampión no es una simple erupción cutánea de la infancia; es una de las enfermedades más contagiosas conocidas por la humanidad.

Causada por un virus de la familia Paramyxoviridae, se propaga a través de microgotas en el aire cuando una persona infectada tose o estornuda. Su mecanismo de transmisión es digno de admiración, ya que el virus puede permanecer suspendido en el aire de una habitación hasta dos horas después de que una persona infectada haya salido de ella. Esta volatilidad lo convierte en uno de los agentes más contagiosos del planeta, con un ritmo reproductivo tan alto que una sola persona enferma puede contagiar, en promedio, a otras quince en una población sin defensas.

Tras el contagio, el organismo entra en un periodo de incubación silencioso que dura cerca de dos semanas, durante el cual el virus se replica sin control en el sistema respiratorio. La primera señal de alarma se manifiesta como una tormenta gripal de intensidad inusual (fiebre que escala rápidamente hasta los 40°C, acompañada de una tos persistente, flujo nasal abundante y una conjuntivitis tan marcada que la luz llega a lastimar los ojos del paciente). Es en esta fase previa donde ocurre un fenómeno biológico fascinante y revelador: la aparición de las manchas de Koplik, pequeñas lesiones blancas en el interior de las mejillas que parecen granos de sal sobre un fondo rojo, funcionando como la última advertencia antes de que la enfermedad revele su rostro más característico.

La erupción o exantema surge iniciando detrás de las orejas y en el nacimiento del cabello para luego desplazarse, día con día, hacia el tronco y las extremidades. Sin embargo, el verdadero peligro del sarampión no reside en estas manchas, sino en lo que sucede bajo la superficie. El virus es un experto en “desarmar” al sistema inmunitario, provocando una parálisis temporal de nuestras defensas que permite a otros invasores entrar sin resistencia. Esta vulnerabilidad es la que suele conducir a la neumonía, una inflamación pulmonar tan severa que se ha convertido en la principal causa de mortalidad asociada a este virus en la infancia.

Más allá de los pulmones, el sarampión puede atacar otros sistemas con consecuencias permanentes. La diarrea intensa que provoca puede llevar rápidamente a una deshidratación crítica, mientras que el ataque a los ojos, especialmente en niños con deficiencias nutricionales, puede derivar en ulceraciones de la córnea y ceguera total. Sin embargo, el escenario más temido ocurre cuando el virus atraviesa la barrera hematoencefálica e inflama el cerebro. Esta encefalitis puede dejar secuelas de por vida, como sordera o discapacidad intelectual, en uno de cada mil pacientes.

La historia de México con el sarampión es un relato de triunfos que hoy se ven empañados por la complacencia. Durante el siglo 20, el país fue un bastión de la salud pública, logrando reducir drásticamente la mortalidad mediante campañas masivas. Tras una epidemia devastadora a finales de los años ochenta que evidenció la necesidad de una infraestructura de vacunación robusta. México alcanzó un hito histórico en 1995, cuando registró su último caso autóctono. Durante décadas, el sarampión fue considerado una enfermedad del pasado, un eco lejano que solo llegaba al territorio nacional a través de viajeros internacionales. Esta victoria, sin embargo, creó una falsa sensación de seguridad que, sumada a las interrupciones en las cadenas de suministro y los retos logísticos de la última década, comenzó a abrir grietas en el muro de inmunidad que tanto costó construir.

Este debilitamiento de las coberturas de vacunación se ha visto exacerbado por un fenómeno contemporáneo y paradójico, el auge de los movimientos antivacunas. A pesar de vivir en la era de mayor acceso a la información, la desinformación ha encontrado un terreno fértil en las redes sociales. Mitos persistentes, como la vinculación inexistente entre la vacuna Triple Viral (SRP) y el autismo, basada en un estudio fraudulento y retractado hace años, han sembrado dudas en padres jóvenes que nunca presenciaron la gravedad de la enfermedad. A esto se añade la “fatiga de vacunación” y la falta de percepción del riesgo; al no ver niños muriendo por sarampión, muchos olvidan que la ausencia de la enfermedad no es natural, sino el resultado de un esfuerzo científico constante.

Hoy, el panorama ha cambiado drásticamente con la aparición de nuevos brotes. La ciencia es clara respecto a la solución: para detener la propagación, es imperativo mantener una inmunidad de rebaño del 95 por ciento. La inmunidad de rebaño, también conocida como inmunidad colectiva, es un fenómeno biológico y estadístico que ocurre cuando una parte suficiente de la población se vuelve inmune a una enfermedad, ya sea a través de la vacunación o por una infección previa. Cuando esto sucede, el patógeno (en este caso, el virus del sarampión) tiene dificultades para encontrar nuevos huéspedes a los que infectar, lo que provoca que la cadena de transmisión se rompa y la propagación se detenga.

Ante este escenario, la responsabilidad de vacunarse ya no recae únicamente en los recién nacidos. El foco actual de las autoridades sanitarias se ha expandido hacia aquellos que quedaron en el olvido de las transiciones epidemiológicas.

En este momento crítico, es vital que los padres aseguren que los niños de entre uno y seis años completen su esquema de dos dosis. Sin embargo, la atención también debe centrarse en los adolescentes y adultos jóvenes que, por diversas razones, no recibieron sus refuerzos en años anteriores. Aquellos nacidos después de 1970 que no tengan certeza de su historial vacunal o que no hayan padecido la enfermedad de forma natural, deben considerarse candidatos a la inmunización. Vacunarse en 2026 no es solo una medida de prevención personal contra complicaciones graves como la neumonía o la encefalitis; es un acto de ética social para proteger a los más vulnerables, bebés menores de un año y personas inmunocomprometidas, que dependen enteramente de la protección que el resto de la comunidad pueda brindarles.