El sismo mostró que seguimos pensando mágicamente

Óscar de la Borbolla
28 septiembre 2022

@oscardelaborbol

SinEmbargo.MX

Hay una diferencia enorme entre regularidad y coincidencia. Lo regular, lo que ocurre siempre, nos da la sensación de normalidad. El ejemplo más simple es la sucesión del día y la noche, todas las tarde vemos al Sol ponerse y este fenómeno no llama particularmente nuestra atención; en cambio, cuando esa regularidad se altera, como cuando ocurre un eclipse de Sol, todos quedamos extrañados, y cuando digo todos me refiero también a los animales y las plantas, su reacción muestra que también ellos advierten la irregularidad aunque no sean capaces de conceptuarla. La normalidad, la serie de patrones que se cumplen generalmente, nos produce tranquilidad.

Las coincidencias solo las captamos los seres humanos, pues solo nosotros vivimos en un mundo simbólico. Las coincidencias son eventualidades que se vuelven significativas, (llaman nuestra atención) porque al relacionarlas con algún marco de referencia arbitrario nos parece que adquieren un patrón. Tal es el caso del sismo de la semana pasada y que coincidió por tercera vez con un marco de referencia caprichoso: el calendario. Al suceder, “por tercera vez” un 19 de septiembre todos quedamos consternados y todos tuvimos el pensamiento de que ya era “demasiada coincidencia”. Tan demasiada como cuando tres veces consecutivas se juega al mismo número en la ruleta y uno se levanta millonario de la mesa de algún casino; tan demasiada como cuando en un mismo mes mueren tres familiares muy queridos y uno se queda huérfano y devastado para siempre.

Aunque las coincidencias ocurren continuamente, solo les prestamos atención cuando tienen grandes o graves consecuencias: nadie repara en el hecho de cruzarse en un mismo día tres veces con un desconocido o tres veces con un mismo amigo. En el último caso, cuando mucho pensamos “qué coincidencia” y seguimos adelante. Pero cuando las coincidencias tienen un fuerte impacto sobre nosotros al grado de provocar nuestro desconcierto no podemos seguir indiferentes y, a falta de una explicación lógica, nos vemos impelidos a buscar una explicación de cualquier índole.

Cuando se busca a toda costa una explicación se generan forzosamente hipótesis y no importa cuán fantasiosas sean, a condición de que nos vuelvan comprensible lo incomprensible. El sismo de la semana pasada desató, en efecto, un torneo de “explicaciones” agrupables en dos grandes bloques: las conspiracionistas y las religiosas. “Hay un arma que lanza un poderoso sonido sobre las placas tectónicas...” “Es un castigo divino para poner freno a la inmoralidad de nuestros días...” y para subrayar lo extraordinario de la coincidencia hasta un físico de la UNAM, José Luis Mateos @jlmateos amigo mío, calculó la bajísima probabilidad de que un sismo sacudiera en la misma fecha a la Ciudad de México: 1 sí entre 133 mil 225 de que no, o sea, una probabilidad del orden del 0.000751 por ciento, que como puede comprenderse es bajísima.

Voy a decir dos obviedades que, no obstante, son importantes: 1. Cuando en un mundo simbólico aparecen coincidencias conviene entender que es debido a nuestros símbolos y que nuestros símbolos son históricos, arbitrarios y subjetivos, o sea, las coincidencias las hacemos nosotros. Y 2. Cuando consideramos probabilidades y echamos mano de la estadística, por muy exactos que sean nuestros resultados, siguen siendo probabilísticos, o sea, no exactos. ¿Qué significa esto? Pues que se nos olvida que el calendario es un recurso práctico de tal inexactitud que entre 1985 y 2022 ha habido cuatro años bisiestos: 2008, 2012, 2016, 2020 y que si no fuera porque se metieron cuatro días extra para ajustar la rotación con la traslación, los tres sismos ocurridos no habrían pasado el 19 de septiembre, sino el 19, el 22 y el 23, y un detalle extra: que quien sabe de probabilidades de estados complejos no solo comprende que cuando tiembla, sino también cuando no tiembla la posibilidad es bajísima, por el simple hecho de que cualquier estado es único.