El super-Niño: cuando el océano cambia las reglas de la pesca
Cada cierta cantidad de años, el Océano Pacífico cambia de humor. Lo hace sin hacer ruido y a miles de kilómetros de las costas mexicanas, pero sus efectos terminan alcanzando a comunidades pesqueras, campos agrícolas, ciudades costeras e incluso a los mercados en donde compramos pescado.
Ese fenómeno se conoce como El Niño-Oscilación del Sur (ENSO), y constituye uno de los principales reguladores naturales del clima del planeta.
Sin los efectos de El Niño, los vientos alisios soplan de este a oeste, empujando el agua superficial cálida del Pacífico hacia Indonesia y Australia. Este movimiento permite que, frente a las costas de Sudamérica, asciendan aguas profundas, frías y ricas en nutrientes mediante un proceso conocido como surgencia, uno de los motores biológicos más importantes de los océanos.
Sin embargo, durante un evento de El Niño, esos vientos se debilitan. El agua cálida se desplaza hacia el centro y el este del Pacífico, disminuye la surgencia y cambia la circulación atmosférica sobre buena parte del planeta. Cuando este calentamiento alcanza valores excepcionalmente altos durante varios meses, se habla coloquialmente de un super-Niño, como ocurrió en 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016, tres de los eventos más intensos registrados desde que existen observaciones instrumentales.
Las consecuencias van mucho más allá del aumento de la temperatura del mar. Un super-Niño modifica los patrones globales de lluvia, favorece sequías en algunas regiones e inundaciones en otras, altera la frecuencia e intensidad de fenómenos hidrometeorológicos y modifica la formación de ciclones tropicales. Mientras aumenta la actividad ciclónica en el Pacífico oriental, suele reducirse el número de huracanes en el Atlántico debido al incremento de la cizalladura del viento.
El detalle con esto es que, cuando cambia el océano, cambia la pesca. De manera informal, la pesca depende de un principio muy simple: donde existe alimento, existe vida.
Cuando el océano pierde productividad porque disminuye la surgencia y llegan menos nutrientes a la superficie, el fitoplancton reduce su crecimiento. A partir de ahí comienza un efecto en cascada que alcanza al zooplancton, pequeños peces pelágicos, depredadores comerciales e incluso aves y mamíferos marinos.
Pero algo muy importante es que estos organismos no desaparecen; se mueven. Buscan aguas con temperaturas más adecuadas o zonas donde todavía exista suficiente alimento. Para los pescadores, esto significa recorrer mayores distancias, consumir más combustible, invertir más tiempo en el mar y enfrentar una mayor incertidumbre sobre dónde encontrar peces. Más aún, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha documentado que los eventos intensos de El Niño modifican la disponibilidad de hábitat para numerosas especies comerciales y alteran significativamente la productividad pesquera en distintos océanos del mundo.
En México, el Pacífico tropical es una de las regiones donde los efectos de El Niño son más evidentes.
El calentamiento del mar puede reducir la productividad biológica, modificar las temporadas reproductivas de diversas especies y alterar la distribución de recursos pesqueros de gran importancia económica como atunes, sardinas, pequeños pelágicos y camarones. A ello se suma un incremento en la frecuencia de tormentas intensas, oleaje elevado y condiciones de navegación más riesgosas.
Para miles de pescadores ribereños, esto significa menos días seguros para salir al mar y mayores costos para mantener la actividad. No se trata únicamente de cuánta pesca hay, sino de si es posible salir a pescar de forma segura.
Aunque El Niño ocurre en el Pacífico, el Golfo de México tampoco permanece ajeno. Los cambios atmosféricos asociados con ENSO modifican los patrones de lluvia sobre gran parte del País, alteran la descarga de ríos que alimentan lagunas costeras y estuarios y suelen disminuir la formación de huracanes en el Atlántico. Estos cambios afectan procesos ecológicos fundamentales como el aporte de nutrientes, la salinidad de los estuarios y la productividad de humedales y manglares, ecosistemas esenciales para numerosas especies pesqueras.
En otras palabras, el Golfo no recibe directamente la anomalía cálida del Pacífico, pero sí experimenta muchas de sus consecuencias ecológicas.
Ciertamente, el cambio climático no genera El Niño, pero sí está aumentando la temperatura media de los océanos, haciendo que muchos eventos extremos ocurran sobre un mar ya más cálido que hace apenas unas décadas. Esto incrementa el riesgo de olas de calor marinas, mortalidad de corales, desplazamientos de especies y alteraciones en las pesquerías.
Frente a este escenario, fortalecer el monitoreo oceanográfico y pesquero deja de ser una tarea exclusivamente científica para convertirse en una herramienta de adaptación. Registrar cambios en las capturas, documentar el esfuerzo pesquero, incorporar información ambiental en los planes de manejo y aprovechar el conocimiento de las comunidades pesqueras permitirá responder con mayor rapidez a un océano cada vez más dinámico.
Las comunidades costeras llevan décadas observando cambios en el comportamiento de las especies. Integrar ese conocimiento local con información científica puede convertirse en una de las herramientas más valiosas para enfrentar un futuro marcado por una mayor variabilidad climática de un océano impredecible.