El T-MEC en revisión: lo que está en juego para México
Hay acuerdos que, con el tiempo, dejan de ser simples tratados comerciales para convertirse en la columna vertebral de una economía. El T-MEC es uno de ellos. Y esta semana, la decisión de Estados Unidos de no respaldar su extensión automática de 16 años y activar en cambio un mecanismo de revisiones anuales pone a México frente a una realidad que no podemos ignorar ni minimizar.
Para entender la magnitud de lo que está en juego, basta con revisar los números. Desde que entró en vigor el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá en 2020, el comercio de América del Norte creció 55 por ciento. Y si ampliamos la mirada desde 1994, año en que nació el TLCAN, el intercambio regional se ha multiplicado casi cinco veces. No son cifras abstractas: son décadas de cadenas de suministro construidas pieza por pieza, de inversiones planeadas con horizonte de largo plazo, de empleos que existen porque hay reglas claras y estables que los sustentan.
¿Qué tan integrado está México con sus socios del norte? Las consultas públicas de la Secretaría de Economía lo ilustran con precisión. El 61 por ciento de las organizaciones mexicanas exporta principalmente a Norteamérica bajo las reglas del T-MEC. El 47 por ciento obtiene de Estados Unidos y Canadá los insumos que utiliza en sus propios procesos productivos. Y el 84 por ciento de las empresas mexicanas considera que el tratado ha tenido un impacto positivo o muy positivo para sus actividades y para el desarrollo económico del país. Dicho en otras palabras: tres de cada cuatro empresas mexicanas deben parte de su existencia, en alguna medida, a este acuerdo. No es retórica. Es dependencia mutua, y eso tiene implicaciones en ambas direcciones.
Coparmex lo ha dicho con claridad: la integración productiva de América del Norte no responde a una lógica de suma cero. Cuando México exporta, también exportan componentes estadounidenses y canadienses. Cuando una planta se instala en Sonora o en Nuevo León, la cadena que la alimenta cruza varias veces la frontera antes de que el producto llegue al consumidor final. Nadie gana desestabilizando esa arquitectura. Todos pierden.
El problema con las revisiones anuales no es que sean ilegales, porque de hecho son un mecanismo previsto en el propio tratado, sino que prolongan la incertidumbre. Y la incertidumbre tiene un costo concreto y mensurable: las empresas dejan de invertir cuando no saben cuáles serán las reglas del juego el año siguiente. Las inversiones de largo plazo, las que generan empleos estables y desarrollo tecnológico, necesitan horizontes de certeza que van mucho más allá de doce meses. Esto aplica, y es importante subrayarlo, también para las empresas de origen estadounidense establecidas en México, que son parte importante de la ecuación.
¿Qué debe hacer México en este contexto? Coparmex lo señala con una lógica que merece atención: en momentos de incertidumbre externa, nuestro país no puede generar incertidumbre adicional desde el ámbito interno. Traducido al lenguaje cotidiano: si afuera el ambiente ya es tenso, adentro tenemos que ofrecer exactamente lo opuesto. Estado de derecho sólido, seguridad para personas y empresas, energía suficiente y competitiva, infraestructura logística funcional y un entorno que invite a invertir en lugar de ahuyentar el capital.
Pero más allá de la postura defensiva, esta coyuntura encierra también una oportunidad que sería un error no aprovechar. La revisión del T-MEC puede ser el momento en que México negocie no solo para conservar lo que ya tiene, sino para escalar su posición dentro de las cadenas regionales de valor. El objetivo no debe limitarse a preservar el acceso preferencial al mercado norteamericano, sino avanzar hacia actividades de mayor valor agregado, incrementar la participación de insumos fabricados en México dentro de las exportaciones regionales, fortalecer a los proveedores nacionales y a las MiPyMEs, y atraer inversiones de mayor impacto que generen desarrollo equilibrado en las comunidades donde se instalen.
Esto se conecta directamente con una agenda más amplia: el nearshoring, las oportunidades que ofrece el Plan México, el impulso a lo Hecho en México como sello de competitividad. América del Norte sigue siendo la plataforma más poderosa desde la cual las empresas mexicanas pueden proyectarse al mundo, pero sólo si México llega a la mesa con una estrategia clara, con propuestas técnicas y con la solidez interna que le dé credibilidad negociadora.
Coparmex ha reiterado su disposición para contribuir de manera técnica y propositiva en este proceso. Esa disposición es valiosa, porque las negociaciones comerciales de esta magnitud no pueden ser solo un asunto de gobierno: requieren la voz activa del sector privado, de los trabajadores y de la sociedad civil.
La revisión del T-MEC no tiene que ser una amenaza. Puede ser una oportunidad, si México llega preparado.