El terror que una vez envolvió a Escuinapa

José Abraham Sanz
20 febrero 2022

Todos sabían que cuando el sol estaba por meterse era hora de encerrarse.

En esas semanas, todos se preparaban para que la noche no los tomara fuera de sus casas o de algún lugar que consideraran seguro.

A las ventanas se les trababan las puertas con una fajilla gruesa, o hasta se le metían unos clavos para que no pudieran abrirse desde fuera.

A las puertas, de aquellas casas de techo alto para mitigar el calor tropical de la Escuinapa de mediados del siglo pasado,, también se les ponía el pasador, se les arrimaba algún mueble pesado para trabarla y también se reforzaban con clavos.

Los más temerosos se atrevieron a dibujar con pintura blanca cruces en las puertas y las ventanas.

Se encendían velas para que no hubiera oscuridad total dentro de las casas y constantemente se buscaba tener a la mano agua bendita, la biblia y algún otro objeto bendito, un crucifijo, una figura de Jesucristo o de la Virgen María. También se tenían listas las pistolas, para aquellos que tenían, o machetes o de perdida una pala.

El rumor había comenzado luego de que el joven doctor Eligio Díaz Basavilbaso murió por un accidente.

Hijo de una familia reconocida y querida, el joven se paseaba por el pueblo saludando a la mayoría, siempre con una sonrisa y educación.

Querido por su profesión, pero además por su gran trato, se había ausentado del pueblo unos años atrás para seguir con sus estudios de medicina y regresó para servir a la gente que lo vio crecer.

Tenía una especie de rutina que todos conocían los fines de semana, pues se iba a la barra de Teacapán para pescar con su caña desde muy temprano. Un día la tragedia llegó con un accidente. El joven doctor resbaló y cayó a una zona profunda de la que no pudo salir con vida.

Falleció y el pueblo lloró por días la pérdida. La vida continuó en Escuinapa hasta que comenzaron algunos rumores extraños: el doctor Luis Alberto Topete, de otra familia, al parecer dolido por la muerte de su amigo y colega, visitaba por las noches la cripta familiar de los Díaz, abría la tumba de Eligio e inyectaba una misteriosa pócima a las venas del cadáver del joven galeno.

Eso comenzó a impacientar al pueblo.

Comenzaron después otros rumores, algunos que decían que habían visto cómo alguien llegaba al panteón por las noches, iluminando el camino con velas y se desaparecía entre las tumbas; algunos otros juraban haber visto algo arrastrándose y gimiendo entre las criptas, algo que se veía y se oía diferente a un humano; alguien también dijo que había escuchado cómo algo levantó su vuelo desde un árbol en el patio de su casa, pero que sonó como si fuera un ave gigante.

Quizás, comenzaron a pensar, el cóctel con que habían intentado revivir a Eligio tuvo una reacción diferente. Quizás, fantaseaban, el doctor podría levantarse, pero sin ser él, más como un animal, como una bestia. Como un vampiro.

Por eso llevaban semanas escondidos durante la noche. El pueblo parecía un pueblo fantasma, quien salía lo hacía acompañado, armado o solo por un instante. Empezaron a cerrar las vendimias por la noche alrededor de Catedral, los abarrotes cerraban temprano y nadie quería ir a la zona del río. El miedo comenzó a afectar la vida de Escuinapa y nadie tenía idea de qué hacer para detenerlo.

Todo empeoró cuando un trabajador del cementerio le habría contado a alguien que halló la loza de concreto que cubría la tumba del doctor Eligio movida hacia un lado, que reunió valor y abrió el ataúd y pudo ver como sus restos había dejado de parecer los de una persona.

Que su piel era más morena, que su forma era cadavérica, con pómulos pronunciados y sin cabello, que de la espalda le nacían protuberancias como un brazo amputado, que se le figuraban podría ser alas creciendo y que era evidente que sus colmillos tenían un tamaño extraordinario. El pueblo convulsionó, hubo algunos que decidieron marcharse en esos días y otros que ya no querían salir ni en el día.

Hasta que el temor se volvió enojo, y comenzó a formarse una turba conforme se metía el sol.

Se pusieron de acuerdo, fabricaron antorchas con palos, trapos viejos enredados y humedecidos con petróleo, sacaron machetes, güingos y barras de acero y tomaron camino hacia el panteón. La horda enfurecida iba creciendo conforme avanzaba, aunque también el miedo obligaba a algunos a dejar el camino.

Llegaron al lugar, y al menos tres hombres comenzaron a golpear con barras y güingos la loza de concreto. Trum!, sonaba el suelo.

“Vamos a quemarlo”, gritaba alguien.Trum!, trum!, trum! Sonaba y todos centraron la mirada en el lugar, como si estuvieran en un trance. ¡Quietos ahí, hijos de su chingada madre!, gritó un capitán que llegó con un pelotón del Ejército al lugar. ¿Qué andan haciendo?

El grito despertó a todos del trance solo para luego servir como balazo de salida en una carrera. Todos comenzaron a correr y los soldados atrás de ellos para detener al que se dejara.

La familia de Eligio había mandado avisar al Ejército sobre la situación y la movilización de la gente al panteón.

Pidieron el favor y fueron escuchados, por ser en ese momento los más sensatos del pueblo. Iban a profanar una tumba sin alguna prueba, sin más evidencia que rumores y el miedo colectivo que creció de manera alocada.

“Apenas en Escuinapa pueden pasar estas cosas”, me dijo Martín Aldecoa cuando terminó de narrarme la historia. “Porque aquí en Escuinapa ¡todos somos bien mitoteros!”.