El vacío de la ausencia

Rodolfo Díaz Fonseca
04 marzo 2023

El silencio de la ausencia continúa horadando la lóbrega oquedad del corazón. Con la llegada de marzo se reblandeció el árido e insustancial desierto de los afectos y emociones. ¿Cómo puede florecer el tallo que no ha nacido o la semilla que no ha germinado?

Los ojos semejan torrenciales cascadas que humedecen la insomne noche y el vacío lecho. El cuerpo se resiste a reposar y se revuelve agitado sin conciliar el sueño. Ya son mil y una noches sin cuentos, sin risas, sin besos, sin palabras suaves y acogedoras como el terciopelo.

El cauce de la esperanza se ha secado; el arco iris se tornó blanco y negro; la nostalgia nubló el firmamento; la melancolía es la única y homogénea melodía que tocan los instrumentos.

No es que el dolor haya regresado, es que nunca se ha ido. Tampoco ha bajado su intensidad; si se percibe más distante, o a lo largo, es porque se prolonga en el tiempo y la inmensidad.

El vacío no se llena ni mitiga con el transcurrir del tiempo. Es común decir que el tiempo lo cura todo, pero el dolor sigue latente y agazapado. Los relámpagos de la tristeza pueden desencadenar el sufrimiento en cualquier instante.

Sabiamente dijo Homero Aridjis, en su poema La forma de tu ausencia: “Ni un momento he dejado de ver en este cuerpo la forma de tu ausencia, como una esfera que ya no te contiene”.

Jorge Luis Borges precisó el rigor de la ausencia: “¿En qué hondonada esconderé mi alma para que no vea tu ausencia que como un sol terrible, sin ocaso, brilla definitiva y despiadada? Tu ausencia me rodea como la cuerda a la garganta, el mar al que se hunde”.

¿Asimilo el vacío de la cruel ausencia?