El vacío de la ausencia
El silencio de la ausencia continúa horadando la lóbrega oquedad del corazón. Con la llegada de marzo se reblandeció el árido e insustancial desierto de los afectos y emociones. ¿Cómo puede florecer el tallo que no ha nacido o la semilla que no ha germinado?
Los ojos semejan torrenciales cascadas que humedecen la insomne noche y el vacío lecho. El cuerpo se resiste a reposar y se revuelve agitado sin conciliar el sueño. Ya son mil y una noches sin cuentos, sin risas, sin besos, sin palabras suaves y acogedoras como el terciopelo.
El cauce de la esperanza se ha secado; el arco iris se tornó blanco y negro; la nostalgia nubló el firmamento; la melancolía es la única y homogénea melodía que tocan los instrumentos.
No es que el dolor haya regresado, es que nunca se ha ido. Tampoco ha bajado su intensidad; si se percibe más distante, o a lo largo, es porque se prolonga en el tiempo y la inmensidad.
El vacío no se llena ni mitiga con el transcurrir del tiempo. Es común decir que el tiempo lo cura todo, pero el dolor sigue latente y agazapado. Los relámpagos de la tristeza pueden desencadenar el sufrimiento en cualquier instante.
Sabiamente dijo Homero Aridjis, en su poema La forma de tu ausencia: “Ni un momento he dejado de ver en este cuerpo la forma de tu ausencia, como una esfera que ya no te contiene”.
Jorge Luis Borges precisó el rigor de la ausencia: “¿En qué hondonada esconderé mi alma para que no vea tu ausencia que como un sol terrible, sin ocaso, brilla definitiva y despiadada? Tu ausencia me rodea como la cuerda a la garganta, el mar al que se hunde”.
¿Asimilo el vacío de la cruel ausencia?