El valle del hombre nuevo

Juan José Rodríguez
07 junio 2026

Hablamos de Bach la semana pasada. Hoy iremos sobre otro cantor no tan conocido, aunque su segundo apellido es bastante famoso, pero de la forma más inesperada.

En 1650, nació en Bremen, Joachim Neumann, cuyo nombre en alemán fue su destino. Se le considera uno de los más importantes compositores líricos de la Reforma en ese antiguo mosaico de principados y ducados que algún día serían Alemania.

Su apellido significa “Nuevo hombre”; no pocos filósofos alemanes, como Hegel y Nietszche, curiosamente, han discutido la renovación humana cómo la busca del hombre nuevo.

Joaquín era en origen un estudiante muy mediano que asistía a una universidad de poco prestigio. Prefería la caza y la juerga a estudiar. E incluso como estudiante de teología, era dado a contar chistes durante los servicios religiosos en vez de prestar atención. Hasta que un día todo se le movió.

Casi al final de sus estudios, escuchó un sermón del teólogo Theodor Undereyk (1635-1683) que lo llevó a entregarse por completo a su idea de Dios.

Theodor Undereyk no era un predicador itinerante cualquiera, sino un líder importante del floreciente movimiento pietista.

Si bien este movimiento era principalmente luterano, también atrajo a seguidores de las tradiciones reformadas del norte y este de Europa. El pietismo dentro del llamado protestantismo era una corriente que propuso acercarse a la fe de forma más intensa y con estudio constante.

Otro incidente que reafirmó su convicción ocurrió durante una cacería. Se había adentrado en una ladera escarpada y rocosa, y se percato de estar desubicado y en peligro si intentaba orientarse en la oscuridad.

Consciente de la gravedad de la situación, oró pidiendo a Dios que, si lo guiaba a un lugar seguro, dedicaría su vida al servicio divino. Todo se cumplió y él cumplió.

Entonces se entregó a la fe y a mediados de sus veinte años, fue nombrado rector de la escuela latina de Düsseldorf. Tuvo éxito rotundo. Sin embargo, en su fervor por el pietismo, se extralimitó y provocó la ira de su empleador, la Iglesia. Destituido de la escuela, se le prohibió incluso predicar hasta que se arrepintiera de su falta.

Para desconectarse de esa situación aciaga, solía dar largos paseos por un valle cercano. Contemplar la naturaleza a su alrededor parecía refrescarle la mente e inspirarlo a escribir himnos. De hecho, la mayoría de sus himnos (escribió 60) fueron compuestos en una impresionante quebrada del riachuelo Düssel, cuyo delta mas adelante da nombre a la ciudad de Düsseldorf.

Ese valle era conocido hasta el siglo 19 como «Das Gestein» («La roca» o «El roquerío») o también como Das Hundsklipp («Acantilado del perro»).

Esta última denominación aparece a veces escrita sin la letra d (Hunsklipp). Por esto, su origen no es muy claro, aunque se ha intentado relacionar el nombre con los hunos (hunnen, en alemán) lo cual lo harían uno de los sitios más germánicos de Europa.

Pasó ese verano solo en la naturaleza, en ese valle cerca del río Dussel, frente a una cueva al que luego le darían su nombre. Su nuevo nombre.

Neumann provenía de una familia de pastores que, siguiendo una moda de la época, tradujeron su apellido, para acercarse al griego, así que de Neumann devino a Neander. Nuestro místico bucólico pasado a la historia como Joachim Neander.

Durante este período de retiro y humillación Neander escribió la mayoría de sus himnos. Entre ellos se incluyen algunos que aún se cantan, como: « Alabado sea el Señor Todopoderoso», «Alaba al Señor, el Omnipotente» y «Toda mi esperanza está puesta en Dios».

Tras pasar el verano en esa soledad, Joaquín escribió su carta de arrepentimiento y regresó a su antiguo puesto. Murió aproximadamente un año después a causa de la tuberculosis. Tenía apenas los 30.

Sin embargo, a pesar de su sufrimiento, la mente de Neander permaneció fija en Dios

Entre fuertes toses, los testigos que estaban junto a su lecho aún lo oyeron decir: “Prefiero seguir teniendo esperanza, incluso hasta la muerte, que perderme por la incredulidad”.

En medio de una tormenta eléctrica, gritó: «¡Oigo la voz de mi Padre; ojalá fueran las ruedas de su carro, viniendo por mí!»

Cuando le dieron de comer, exclamó: “No se trata solo de ‘probar’, sino de ‘probar y ver que el Señor es bueno’; aunque no puedo saborear esta comida, puedo verla”.

Finalmente, un 31 de mayo, cuando los signos de la muerte eran inconfundibles, el médico le preguntó cómo se sentía, a lo que respondió: «Ahora el Señor ha hecho justicia».

Aqui viene lo más mediático de esta experiencia. Ese valle, nombrado por ese hombre tan religioso, se volvió famoso después porque en esa misma zona, durante unas excavaciones en minas de roca caliza, se encontraron los restos de uno de los más primitivos homínidos.

Hablmos del hombre del valle de Neander, en alemán, el hombre de Neander-thal.(“Thal” significa “Valle”).

Los obreros habían extraído unos huesos y, pensando que eran de un oso, se los habían entregado a un maestro del pueblo cercano, Johann Furlot.

Pero al maestro Fuhlrott no le tembló la mano al clasificarlos como restos humanos, ni al subrayar que eran “muy antiguos” y claramente distintos de los huesos de la especie humana.

No fue el primer “hombre de las cavernas” encontrado, sino el primero en ser identificado como homínido. El neandertal fue en realidad el segundo hominido encontrado en la historia, aunque si el primero en ser ubicado científicamente.

Faltaban aún tres años para que Darwin publicara El origen de las especies, otros diez para su libro sobre la evolución humana, y algunos más para la aceptación general de esas ideas.

Así que cuando escuchemos la palabra Neanderthal, recordemos que proviene de un hombre devoto al Dios de la Biblia, que se encerró en un valle y una cueva, a reflexionar el misterio de lo divino. sin saber que estaba sobre una antigua aldea por donde caminaron los primeros hombres. Quizás los hombres de Neandee fueron la tribu de Caín que se separó del homo sapiens para perderse al Este del Paraíso. Bueno, ¡eso ya es especulación literaria!