El verbo amar

Rodolfo Díaz Fonseca
05 abril 2022

Sobre el amor se han escrito toneladas de libros, se han dicho cascadas de palabras, se han pronunciado millones de promesas e intercambiado innumerables demostraciones de afecto y cariño. Empero, de acuerdo a la frase de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en el Gatopardo: “Hace falta que algo cambie para que todo siga igual”.

No somos pesimistas ni fatalistas, pero basta mirar el mundo para descubrir que la humanidad no está presente en muchas de las acciones que realiza el ser humano, sino que, al contrario, se deja dominar por pensamientos narcisistas, soberbios, interesados, beligerantes y egoístas, como constató el filósofo español Josep María Esquirol, en su libro Humano, más humano.

Explicó que el ser humano ha construido civilizaciones equivocadas que parecen no tener brújula: “la nuestra hace tiempo que ha perdido el norte -o tal vez nunca ha conseguido seguirlo muy bien-. Desde hace un par de siglos vivimos bajo la insistente retórica del progreso y, sin embargo, las víctimas no han dejado de acumularse escandalosamente en las cunetas”.

Con tono apocalíptico, escribió: “El gobierno del mundo continúa demasiado lleno de banalidad y de intereses particulares. Y, entre todos nosotros, tras haber tratado la tierra como almacén de recursos, éstos ya casi los hemos agotado y aquélla la hemos degradado a depósito de desechos. Mientras tanto, la transformación tecnológica de la sociedad, en complicidad con el consumismo, actúa sobre nosotros a modo de narcótico y amenaza secretamente con arrojar todo por el despeñadero”.

Esquirol añadió: “Para hallar el norte y seguirlo, serían necesarios cambios tan radicales como improbables”. Por lo que urgió a una acción decidida: “Amar es el principal infinitivo de la vida. Y no hay nada más radical que este verbo”.

¿Conjugo en mi vida diaria el verbo amar? ¿Lo demuestro eficazmente?