Empujar la carreta (o ir sentado en ella)

Fernando García Sais
27 marzo 2026

Hay un refrán mexicano que siempre me ha parecido particularmente sabio: “nadie sabe lo que pesa el muerto sino quien lo carga”. La frase dice mucho con pocas palabras. Sólo quien ha tenido realmente una responsabilidad sabe lo que pesa. Desde fuera todo parece fácil; desde dentro, la historia cambia.

Lo recordé hace poco al escuchar a alguien afirmar que su familia “empuja la carreta” de la economía. La expresión no es rara en tiempos difíciles. Se usa para describir a quienes invierten, generan empleos, arriesgan capital y mantienen empresas funcionando cuando el entorno económico no ayuda demasiado.

En abstracto, la idea tiene algo de verdad. Las economías funcionan gracias a personas que organizan negocios, toman decisiones difíciles y sostienen actividades productivas que dan trabajo a muchas otras personas.

Pero la metáfora de la carreta también sirve para observar algo que muchas familias prefieren no discutir con demasiada franqueza: no todos ocupan el mismo lugar en esa carreta.

En muchas historias patrimoniales pueden distinguirse tres posiciones bastante claras.

La primera es la del fundador. Es la generación que literalmente construyó la carreta. Personas que empezaron con poco, que trabajaron durante años, que tomaron riesgos reales y que, con el tiempo, lograron crear empresas, patrimonio inmobiliario o estructuras productivas. Esos sí saben cuánto pesa el muerto. Porque ellos lo cargaron.

Después suele aparecer una segunda generación que mantiene la carreta en movimiento. No empezó desde cero, pero entiende el negocio, administra lo que recibió, toma decisiones y procura que la estructura que heredó siga funcionando. No construyó la carreta, pero sí ayuda a empujarla.

El problema aparece con frecuencia en la tercera generación. No siempre, desde luego. Pero muchas veces aparece lo que los economistas llaman el heredero rentista: la persona que nació dentro de una estructura económica que otros construyeron y cuya relación con ese patrimonio consiste, básicamente, en disfrutar de sus beneficios.

No necesariamente organiza empresas. No necesariamente toma decisiones empresariales. No necesariamente asume riesgos. Simplemente vive de lo que ya existe. Y, sin embargo, a veces es quien con mayor convicción afirma que él es quien empuja la carreta.

Ahí es donde el viejo refrán vuelve a cobrar sentido. Porque nadie sabe lo que pesa el muerto sino quien lo carga. Más allá de la anécdota, el fenómeno tiene una consecuencia real: la fragilidad de los patrimonios familiares.

Entre especialistas en patrimonio existe una observación conocida desde hace décadas: la mayoría de las grandes fortunas no sobrevive más allá de tres generaciones.

No necesariamente por crisis económicas o por malas decisiones empresariales dramáticas. Con frecuencia se diluyen por razones mucho más simples: consumo improductivo, fragmentación del patrimonio, conflictos familiares o, simplemente, la pérdida de la disciplina que permitió construirlo en primer lugar. Dicho de otra manera: cuando cada generación agrega más pasajeros a la carreta pero cada vez hay menos personas empujando.

Aquí es donde el Derecho -y particularmente la función preventiva del notariado- cobra una importancia que a veces se subestima. Una buena planeación patrimonial no consiste únicamente en repartir bienes cuando alguien fallece. Consiste en organizar jurídicamente el patrimonio familiar para que pueda sostenerse en el tiempo.

El notariado ofrece instrumentos útiles para ello: fideicomisos patrimoniales que separan propiedad y administración, esquemas sucesorios con usufructos o sustituciones hereditarias, estructuras societarias que permiten conservar activos productivos o incluso protocolos familiares que definen quién puede participar en la administración de las empresas.

El objetivo no es castigar a nadie dentro de la familia. Tampoco se trata de excluir a quienes no tienen vocación empresarial. El objetivo es algo mucho más simple: proteger el patrimonio para que siga siendo productivo. Porque cuando un patrimonio familiar se conserva y se administra correctamente no sólo beneficia a una familia. También sostiene empleos, actividad económica y oportunidades para muchas otras personas.

Por eso conviene recordar, de vez en cuando, la sabiduría de los refranes. En toda historia patrimonial hay quienes construyen la carreta. Hay quienes la empujan. Y también hay quienes viajan en ella. Pero cuando alguien sentado arriba cree que es quien la está empujando, el viejo dicho vuelve a recordarlo: nadie sabe lo que pesa el muerto... sino quien lo carga.

El autor es notario público y analista en temas jurídicos y económicos