En este juego no sabes en qué portería meterá gol cada jugador
Este es un partido de futbol muy extraño. Se supone que hay reglas; se supone que cada equipo debe anotar en la portería del contrario; se supone que se trata de equipos enfrentados; se supone que quienes llevan una playera deben jugar contra quienes llevan la otra; se supone que los porteros deben detener los tiros a gol; se supone que hay un árbitro encargado de marcar las faltas. Pero nada de eso está realmente claro.
Por eso el público no entiende nada. A veces parece que el juego se desarrolla conforme a las reglas, pero de pronto todo se desordena: el delantero de un equipo pasa el balón a la defensa del otro, o esta se voltea y marca autogoles. Lo único que queda claro es que las reglas dicen una cosa y lo que ocurre en la cancha dice otra.
Termina el encuentro y, al final, nadie sabe a qué equipo pertenece cada jugador. Por lo tanto, es imposible saber quién gana y quién pierde.
Imaginé esta metáfora pensando en la relación entre el Estado y la delincuencia organizada en México. En teoría, son equipos enfrentados. Se supone que de un lado y del otro está clara la función de cada quien; se supone que, si uno gana, el otro pierde; se supone que el equipo llamado Estado mexicano debe cumplir y hacer cumplir ciertas reglas, y que sus prácticas en el terreno deberían demostrarlo. Pero nada funciona así.
Si extendemos la metáfora, hay alguien más que tiene un papel central: el comentarista que narra esta “confrontación” entre el Estado y la delincuencia organizada. El problema es que él cuenta una historia mientras en la cancha sucede otra. Por ejemplo, cuando la defensa del Estado falla y mete gol en su propia portería -digamos, una fiscalía que actúa de manera deficiente para asegurar la impunidad del otro equipo-, desde el micrófono siempre aparece alguna explicación que intenta normalizar lo ocurrido. En el peor de los casos, todo se reduce a la culpa de una “manzana podrida”.
El dueño del micrófono en el estadio funciona de la misma manera que el discurso político dominante: convence de algo que no es.
El relato dominante insiste en que los equipos están enfrentados. Sin embargo, la realidad es otra: los supuestos equipos en realidad se confunden y se funden. Lo que se disputa es el balón y, en nuestra metáfora, este representa nada menos que el orden. La contienda en esta cancha -entre equipos que en realidad se entremezclan- es por la imposición de un orden social, político y económico.
Nuestro nuevo informe Geografías de la crueldad nos ha mostrado que lo que está en juego en territorios cada vez más amplios del País son sistemas de control social que reorganizan el sometimiento mediante múltiples violencias entrelazadas: homicidios, feminicidios, transfeminicidios, asesinatos de periodistas, asesinatos de líderes políticos, sociales y religiosos, desplazamiento forzado, reclutamiento forzado, desapariciones y fosas clandestinas. Detrás de esta reconfiguración de órdenes territoriales se encuentra el colapso del Estado, entendido como la pérdida del monopolio de la fuerza legítima.
El relato dominante -el de los dos equipos enfrentados, los buenos contra los malos- se derrumba a simple vista y a cielo abierto. Sin embargo, la reacción mayoritaria parece incapaz de procesar racionalmente la noticia de una disputa cada vez más violenta, cuyo saldo es temor y desamparo masivos.
Y, paradójicamente, son precisamente ese temor social y ese desamparo los que alimentan una reacción emotiva que prefiere aferrarse al relato de una supuesta protección en manos de alguien, incluso cuando lo que se vive es, en realidad, el colapso del Estado y el desplome de su ausencia.