Entre el alivio y la trinchera: el revés de Trump y el dilema mexicano
La reciente derrota electoral de Donald Trump -marcada por el descontento popular ante el costo de la vida y el desgaste de su narrativa divisiva- ha provocado un suspiro colectivo en varios rincones de la política mexicana. Sin embargo, confundir este tropiezo con un cheque en blanco o un periodo de serenidad diplomática sería una lectura miope de la realidad geopolítica norteamericana.
En primer lugar, la historia política de Washington enseña que un Presidente debilitado en el plano legislativo doméstico tiende a volcar su energía en la política exterior, donde los márgenes de discrecionalidad ejecutiva son mucho más amplios. Si bien un contrapeso legislativo frena ocurrencias presupuestales extremas, el poder de la Casa Blanca sobre facultades comerciales de emergencia, aranceles sectoriales y operativos de control fronterizo permanece prácticamente intacto. Ante la frustración de ver truncada su agenda interna, el recurso de utilizar a México como chivo expiatorio para galvanizar a sus bases no desaparece; por el contrario, corre el riesgo de radicalizarse en el plano retórico.
En el frente económico, el panorama tampoco está despejado. La renegociación y revisión del T-MEC no se vuelve un día de campo. Aunque se disipa momentáneamente la amenaza de rupturas intempestivas promovidas por el trumpismo más duro, un Congreso con mayor peso demócrata redoblará la exigencia sobre temas estructurales que generan fricción constante: la supervisión estricta de compromisos laborales, las controversias en política energética, el cerco a las inversiones con componentes de origen chino y las reglas de origen de la industria automotriz. El proteccionismo en Washington no es monopolio de un solo partido, sino que ha mutado en una política de Estado.
En materia de seguridad y migración, el repliegue republicano ofrece una tregua táctica frente a discursos que amenazaban con calificar a los cárteles como organizaciones terroristas para justificar acciones unilaterales en territorio nacional. No obstante, la exigencia estadounidense de frenar el trasiego de fentanilo y contener los flujos migratorios del sur seguirá siendo el eje rector de la relación bilateral. Para México, esto significa que la presión operativa no cesará, aunque el tono transite de la bravata estridente a la diplomacia institucionalizada. El verdadero reto para Palacio Nacional radica en no caer en la complacencia. El revés electoral de Trump brinda a México una ventana de oportunidad invaluable para recomponer canales institucionales, presentar una estrategia coordinada de atracción de inversiones y construir alianzas con sectores productivos y gobiernos locales en Estados Unidos. El temporal no se ha disipado, simplemente ha cambiado de dirección y navegarlo requerirá menos celebración ideológica y mucha más frialdad pragmática.
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El autor es abogado y Diputado federal.