Epstein o el espejismo de la excepción

Claudia Calvin
17 marzo 2026

Hace unos días me sorprendí a mí misma haciendo algo que critico profundamente: consumiendo violencia como si fuera una serie o un espectáculo. Video tras video sobre el caso de Jeffrey Epstein, detalles, reconstrucciones, nombres, teorías, entrevistas a las víctimas y sobrevivientes, recorridos por la isla infame, nombre de los involucrados, discusiones en el Gobierno estadounidense sobre el caso, ángulos no documentados. Cerré la computadora con el estómago revuelto. Me sentía fatal no sólo por lo que había visto, sino por la sensación de estar participando en una maquinaria que convierte la explotación sexual en espectáculo.

Mientras más miraba ese caso que era abordado como si fuera excepcional, más evidente se volvía una verdad irrefutable: no tiene nada de excepcional.

La Organización Mundial de la Salud estima que el 30 por ciento de las mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida. Es decir, una de cada tres. Estamos hablando de miles de millones de mujeres y niñas que la viven no en una isla privada, la viven en sus casas, en sus escuelas, en sus trabajos, en la calle.

Si miramos la trata de personas, el patrón tampoco es marginal. El Reporte Global de Tráfico de Personas de la Oficina de Naciones Unidas para las Drogas y el Crimen (UNDOC) señala que el 61 por ciento de las víctimas detectadas son mujeres y niñas. El crimen aumentó 25 por ciento en 2022 con relación a 2019. La forma más común de tráfico de personas es la explotación sexual (79 por ciento). Niñas y mujeres representan la mayoría en todas las regiones. Esta realidad, como puede observarse, no es una excepción al sistema. Es el sistema mismo.

Para hablar de este crimen es necesario conocer un concepto: las cifras negras. Son los delitos que ocurren, pero nunca se denuncian o no llegan a sentencia. En violencia sexual, esa cifra es altísima. Un estudio de la Universidad Complutense en Madrid habla sobre la “Pirámide de impunidad” y en él se muestra que apenas entre 2 y 3 por ciento de las agresiones sexuales estimadas terminan en condena efectiva. Estudios comparados en países desarrollados documentan el mismo fenómeno: la mayoría de los casos se pierde en el camino judicial. Eso significa que el problema no es que falten cámaras o denuncias; el problema es que sobre impunidad.

Esto es lo que hace paradójico el caso Epstein: millones de agresiones invisibles todos los días en todo el mundo y un solo caso satura los medios y el interés a nivel global.

Este show mediático ha convertido un patrón lamentablemente cotidiano en anomalía. El otro lado de la moneda es que las cifras lo ponen en su lugar e indican que se trata de un patrón estructural.

Podemos decir que la visibilización del “monstruo” tiene un efecto tranquilizador a nivel global y para las “buenas conciencias” del mundo. Funciona de esta manera: si el mal tiene nombre propio, entonces el resto del mundo puede respirar. Si el problema se llama Epstein, basta con señalarlo, denunciarlo, visibilizarlo ad nauseam -o enterrarlo- para sentir que el horror ha sido contenido y el mal erradicado.

Hay un “pequeño detalle”: la violencia sexual no es una rareza patológica. Es una expresión extrema de desigualdades de género, poder y dinero que atraviesan nuestras instituciones, nuestra realidad, es cubierta por los medios como espectáculo o noticia excepcional, y se normaliza de manera cotidiana.

Además, hay que decirlo, no todas las víctimas ocupan el mismo espacio en la narrativa. En Estados Unidos, una de cada cinco mujeres afroamericanas son sobrevivientes de violación y 41 por ciento han experimentado alguna forma de coerción o abuso sexual. Sin embargo, múltiples estudios de medios muestran que las víctimas blancas reciben mayor cobertura que las víctimas negras o migrantes. Algunas investigaciones lo han descrito como el “síndrome de la mujer blanca desaparecida”: no todas las vidas generan el mismo escándalo. En el caso de los Epstein Files, prácticamente no se habla de las víctimas afroamericanas, que vivieron un infierno mayor aún -si es que eso es posible- en la famosa Isla del pederasta, se habla de las jovencitas blancas, principalmente.

La visibilidad mediática tampoco está distribuida de manera equitativa, igual que la indignación. Cuando el caso involucra a las élites y a los hombres blancos poderosos del mundo, hay cámaras. Cuando involucra pobreza, migración o racialización, la respuestas son el silencio o la invisibilización.

No deja de llamar la atención que la única persona cumpliendo una condena significativa sea sólo una mujer, Ghislaine Maxwell. Lo que hizo amerita que cumpla la condena que está pagando, indudablemente, pero la red que sostuvo el abuso era predominantemente masculina y estaba conectada con estructuras de poder económico, financiero y político a nivel internacional. Si en casos “ordinarios” apenas entre 2 y 10 por ciento de agresiones estimadas llegan a condena, ¿qué podemos esperar cuando el agresor pertenece a la élite? Empiezan a aparecer algunos “posibles responsables” de la realeza, quienes -por supuesto- se declaran inocentes aunque existan fotos, grabaciones y pruebas de su presencia en el círculo de Epstein, su departamento de Nueva York, el vergonzoso Lolita Express y la isla Little St. James.

Mientras tanto, los medios de comunicación siguen pidiendo a las sobrevivientes que repitan su historia para probar que “el monstruo era realmente monstruoso” en entrevistas que las revictimizan y alimentan el espectáculo y el rating de los programas. Esto no aporta absolutamente nada, invisibiliza a la mayoría y sobreexpone a algunas.

Nadie habla sobre cómo reducir la cifra negra, no se discute cómo garantizar investigaciones con perspectiva de género ni cómo blindar a las denunciantes frente al poder ni cómo reparar integralmente a las sobrevivientes y las que aún no pueden alzar la voz.

Se “analizan” los detalles, las particularidades del psicópata, las cámaras en su departamento, los correos en los millones de páginas que se han hecho públicas, las fotos con el “inocente” que vive en la Casa Blanca, pero no se habla de la estructura que sustentó la impunidad, el tráfico, la explotación, la violación y el abuso a miles de jóvenes mujeres a lo largo de años, y que no se ha desmantelado.

El espectáculo y la indignación han sustituido a la justicia, y la fascinación morbosa a las leyes y las políticas públicas. Pesan más las declaraciones de quienes se declaran inocentes que la violencia que vivieron esas mujeres. Y ni qué decir de las jóvenes de piel oscura que desaparecieron en la isla y que ni siquiera han sido nombradas porque no hay registro de su existencia.

La denuncia, visibilización -y muerte- del monstruo tranquiliza porque nos permite creer que el problema estaba concentrado en un cuerpo, en una isla, en un expediente.

Pero la violencia sexual no vive en una isla. Vive en sistemas que deciden qué se investiga, qué se archiva, qué se publica y qué y quién se olvida. Mientras sigamos consumiendo el horror como entretenimiento político, el sistema seguirá intacto.

No, no necesitamos exhibir más monstruos. Lo que necesitamos es reconocer y destruir la cultura, las complicidades y las estructuras e instituciones que los hacen posibles.

La autora es internacionalista y politóloga, fundadora de Mujeres Construyendo.