Escuchando a Bach entre la tormenta

Juan José Rodríguez
24 mayo 2026

“Me gusta tocar con el coro a mis espaldas. Me siento en un mar inmenso, mientras resuena esa bestia de gloria detrás de mi”.

Eso me comentaba un amigo músico, solista de violín, y en verdad no muy religioso, pero que decía sentirse exaltado cada vez que tocaba la música de Johann Sebastian Bach.

Vale la pena explicarlo: en algunas salas de concierto que no son teatro para representaciones escénicas, sino exclusivas para experiencias auditivas, detrás de la orquesta suele haber un graderío para los integrantes del ensamble de voces.

Por ello, debe ser grandioso ser parte de una orquesta sinfónica y escuchar detrás de nosotros las resonantes y educadas voces de los otros artistas uniéndose al concierto.

Bach, el compositor ciego de la vieja Alemania, es un epítome y guía para los amantes de la música y su sensibilidad llega en vastedad a quienes aun no identifican su obra.

“Si alguien le debe todo a Bach es Dios”, decía el filósofo Emil Cioran.

Hay quien afirma que Johann Sebastian Bach fue el quinto evangelista. Aunque su música sacra ha tenido más auge en el mundo protestante posterior a Lutero, a nivel mundial resuenan melodías suyas como “Jesús, alegría de los hombres” o “La pasión según San Mateo”.

Bach fue un hombre feliz. Se casó dos veces por amor; la segunda, al enviudar, con una joven cantante que admiraba, tuvo veinte hijos y vivió rodeado de ellos, además de alumnos que lo visitaban y tocaba él mismo el órgano en su iglesia los domingos.

Algunos sociólogos sostienen que Alemania se volvió el país de la música por sus grandes inviernos, por los largos periodos de reclusión que exigía el clima. Eso volvía necesario sacarle brillo al violín, la armonía familiar como fuente de comunión con los signos religiosos cantados frente a la chimenea.

Sentir así, la emoción más profunda ante el misterio de la vida con la armonía de las voces o un piano bien afinado.

Lo sagrado es el primer sentimiento del ser humano y la emoción fundamental ante el asombro del mundo.

Yo aprendí las bases de la música en secundaria y tuve dos maestros con puntos diferentes sobre el tema. Rivales.

Los primeros dos años, uno de ellos nos enseñó a tocar melodías populares, algunas incluso bastante remotas, con el fin de que se pudiese articular una rondalla o estudiantina pronto, usando su método silábico.

Lo más elevado fue el “Himno a la alegría”, que acababa de ser popularizado en versión pop por Miguel Ríos. O el vals “Los patinadores”.

Sin embargo, en la vastedad de la escuela, sobre todo en las cansadas horas vecinas del mediodía, a veces me llegaba el sonido de los otros grupos avanzados que, con sus flautas dulces, acometían la pureza de Bach.

Hasta el tercer año nos dio otro profesor, que era mas formal y fantoche, y nos exigió leer por nota y ahí sí entramos directo a esa llama de amor viva, aunque no estábamos preparados para descifrar tan rápido el pentagrama.

El rimbobante tipo pasaba más tiempo denostando el método facilista de su antecesor y gustaba humillarnos por esa ignorancia. Como nos hizo daño, pero al menos no enseñó el famoso y sencillo minueto. Espero que reciba un Purgatorio con música de Yuri y los Xochimilcas.

El minueto de Bach quizás nos llegó porque una cantante española, llamada Karina, lo puso de moda en versión vocal como “Concierto para enamorados”... (“Hoy, ya no sale el sol, el cielo se ve nublado” etc...)

No me apena confesar que llegué a los grandes vía interpuesta la cultura popular. ¿En qué momento se detuvo esa tendencia y quedamos franqueados por la corriente de lo demasiado corriente y recurrente?

A veces, los seres humanos se achatan en su alma cuando no están en contacto con algo más poderoso que sus referentes inmediatos.

Nos hace mal la ausencia de una energía desbordante como la de Bach, los poderosos capítulos de una novela como Crimen y Castigo o incluso una representación parroquial de un misterio religioso o danza telúrica como la del venado, aunque sea la versión alterada de Amalia Hernández.

Hay que ser capaces de elevarse con algo que no sean las drogas, el dinero bien habido o mal habido y esos corridos que más parecen un sistema de programación mental.

La cultura de las bellas artes -lo sabemos bien- no detiene las balas, pero también es lo que podemos anteponer a la barbarie. Y no se trata de seamos acomplejados pueblos conquistados ante superioridades raciales falsas.

Fue en Alemania, un país de una gran cultura con una gran crisis económica y moral, donde una parte de la población decidió que otra parte de su población no tenía derecho a existir ni ser respetada.

Sí, el campo de concentración de Buchenwald estaba a pocos pasos del sitio donde Goethe, el escritor, entonaba elegías a un árbol prodigioso. La gran catedral de Colonia vio marchar frente a su fachada a las botas del nazismo.

A pesar de su grandeza cercana, los cultos germanos no estuvieron exentos de las contradicciones que provoca nuestra cambiante condición humana.

El ser humano es igual aquí en Sinaloa y en Alemania, al margen de su substrato social o educativo. Ambas culturas tienen acceso a Bach, a Haendel, a Friedrich Nietszche o la loca doctrina nazi que llevó a un tipo a dispararle a gente inocente en Teotihuacán.

Debemos asumir más que nunca lo mejor y más prodigioso de las otras culturas. Cuando Bach se detiene, aún sigue sonando dentro de nosotros.

Y aún sigue soñando entre nosotros... Dejemos que ese mar inmenso resuene como un coro al frente y detrás de nosotros, en especial en estos momentos de incertidumbre, duda y ausencia de futuro.

Si la música despeja el alma, entonces que suene.