Escuinapa: cuando ir a la escuela se vuelve un riesgo
El pasado 22 de octubre ocurrió en Escuinapa algo profundamente indignante. Un autobús del transporte público que trasladaba estudiantes fue atacado a balazos. Mientras los alumnos se tiraban al piso para protegerse, el conductor resultó herido. Aunque no hubo una tragedia, esto nos hace reflexionar sobre qué tipo de sociedad tienen que vivir las niñas, niños y jóvenes cuando lo único que intentan es llegar seguros en su trayecto escolar ¿Cómo llegamos al punto en que ir a la escuela representa un riesgo para la vida?
En lo personal lo sucedido tiene un significado especialmente doloroso. Viví en Escuinapa hasta concluir la preparatoria. Recuerdo que desde niño podía recorrer sus calles en bicicleta sin ninguna preocupación, tomar el autobús para regresar a casa de la primaria, jugar basquetbol en la unidad deportiva o en el gimnasio municipal, salir al centro por unos tacos dorados o disfrutar de los mariscos que caracterizan la región. Allí conocí a personas muy valiosas y construí amistades que conservo hasta la actualidad.
Por eso, duele ver lo que está sucediendo con el municipio donde crecí. Hoy, lamentablemente, el nombre de Escuinapa aparece cada vez más asociado con enfrentamientos armados, desplazamientos y asesinatos. La violencia y el miedo no solamente amenazan la vida: también arrebatan libertades como salir a trabajar, visitar a los amigos, disfrutar de los espacios públicos o trasladarse de un lugar a otro.
Y ahora, el colmo es que ni siquiera para ir a la escuela hay seguridad. Los estudiantes que viajaban en el transporte público quedaron expuestos a una agresión que pudo costarles la vida. Que ninguno haya resultado herido no significa que hayan salido ilesos de la experiencia. El miedo vivido y las consecuencias emocionales también requieren atención. El derecho a la educación no se garantiza únicamente manteniendo abiertas las escuelas. Para ejercer este derecho, niñas, niños y adolescentes necesitan trasladarse con seguridad, asistir a clases y contar con condiciones para aprender.
Las consecuencias fueron inmediatas. Después del ataque se decidió realizar actividades a distancia como medida preventiva. Una decisión comprensible, pero que muestra hasta qué punto la violencia está condicionando la vida escolar. Sin embargo, como evidenció la pandemia, la educación a distancia puede profundizar las desigualdades cuando no todos los estudiantes cuentan con conectividad, dispositivos tecnológicos y condiciones adecuadas para continuar aprendiendo.
De acuerdo con la plataforma Días Sin Clases de Mexicanos Primero Sinaloa, la cual documenta suspensiones en los municipios de Sinaloa, durante el ciclo escolar 2025-2026 se registraron ocho interrupciones en escuelas de Escuinapa, de las cuales cuatro fueron por violencia, tres por causas operativas e institucionales y una por fenómenos naturales. En lo que va del ciclo 2026-2027 ha tenido cuatro días de suspensión. De los cuales, uno ha sido por violencia, que fue el ataque al transporte público y cuatro por alertas meteorológicas (incluida la tormenta tropical Vance).
Frente a esta realidad, no basta con reaccionar después de cada ataque. Los operativos de seguridad son necesarios, pero insuficientes si no se traducen en una protección sostenida. Se necesitan medidas preventivas para los traslados escolares, coordinación entre autoridades, atención emocional a los estudiantes afectados y estrategias de recuperación de aprendizajes. No puede dejarse exclusivamente a las familias y las escuelas la responsabilidad de decidir entre exponerse a la violencia o interrumpir las clases. Garantizar condiciones seguras para aprender es una obligación del Estado.
Es triste e indignante ver lo que ocurre en Escuinapa, pero sobre todo pensar en quienes siguen viviendo esta realidad, especialmente, las niñas, niños y adolescentes que están creciendo en circunstancias muy distintas a las que muchos conocimos. No deberíamos resignarnos a que las nuevas generaciones comiencen a normalizar el vivir con miedo. Ningún estudiante debería tener que tirarse al piso para protegerse de las balas cuando lo único que quiere es llegar a la escuela. No podemos aceptar que llegar con bien a clases sea una cuestión de suerte.
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El autor es director de Investigación en Mexicanos Primero Sinaloa.