Espera y esperanza

Rodolfo Díaz Fonseca
30 enero 2026

Esperando a Godot es una obra existencialista de Samuel Becket, publicada en 1952, donde cuestiona el sentido de la vida y el paso del tiempo. Escrita en el periodo posterior a la Segunda Guerra, refleja, por un lado, lo positivo y esperanzador, y, por el otro, la frustración y resignación. Los personajes principales son dos vagabundos: Vladimir, representando la reflexión y la esperanza, y Estragón, quien encarna la desesperación y resignación.

Es una obra que condensa el Teatro del Absurdo, pues, tras la debacle de la posguerra no se encuentra sentido a la existencia, ni se vislumbra alguna certidumbre en el futuro. Aún más, el título mismo de la obra es sintomático y carece de significado, pues el esperado personaje llamado Godot, nunca llega.

Algo semejante nos puede suceder en la circunstancia histórica de violencia que estamos viviendo, ya que se puede resquebrajar y hacer añicos el sentido de nuestra esperanza. Incluso, conviene distinguir entre el esperar y el tener esperanza, pues son muy diferentes. El extinto escritor y filósofo británico Mark Fisher afirmaba que vivimos en la extraña conjunción de un cansancio extremo y una estimulación exagerada. En esta sui generis amalgama se produce una altísima espera, pero una bajísima esperanza.

El ser humano no puede vivir sin esperanza. Desde el milenario y mítico relato de la caja de Pandora, se narra que del recipiente prohibido salieron todos los males, únicamente se logró conservar dentro la esperanza. Asimismo, existe un conocido refrán que dice: “la esperanza muere al último”, y el relato de Víctor Frankl, en “El hombre en busca de sentido”, nos demuestra que solamente mediante la esperanza se puede sobrevivir en la peor de las calamidades.

La espera es pasiva, mientras que la esperanza es activa.

¿Espero o mantengo viva la esperanza?