Estamos midiendo mal el valor económico de la longevidad

Claudia Calvin
17 octubre 2026

La longevidad se está convirtiendo en uno de los grandes motores económicos del siglo 21. Según AARP, las personas de 50 años y más generaron 12.5 billones de dólares de actividad económica en Estados Unidos durante 2024. La cifra revela la magnitud de una transformación que está atrayendo inversiones hacia sectores tan diversos como tecnología, salud, vivienda, servicios financieros, turismo y entretenimiento, entre otros.

Por otro lado, el tamaño de ese mercado no nos dice cuánto están mejorando las condiciones de vida de las personas que lo hacen posible. Una industria puede incrementar sus ventas sin que aumenten en la misma proporción la autonomía, la seguridad financiera o las oportunidades económicas de sus consumidores.

¿Por qué es relevante esta distinción? Porque estamos utilizando cada vez más el término silver economy para referirnos prácticamente a cualquier actividad relacionada con la edad. El problema es que, al hacerlo, corremos el riesgo de reducir una de las transformaciones económicas, sociales, políticas y culturales más importantes de nuestro tiempo a un segmento de mercado.

La economía plateada representa, fundamentalmente, la respuesta del mercado a las necesidades, preferencias y capacidad de consumo de una población que envejece. Incluye productos, servicios, tecnologías y modelos de negocio orientados a las personas de mayor edad. Es una oportunidad económica real y necesaria, pero no equivale a la economía de la longevidad.

Esta última constituye un marco mucho más amplio. La longevidad está modificando la estructura de la fuerza laboral, la productividad, las trayectorias profesionales, el ahorro, las pensiones, la acumulación y transmisión del patrimonio, los sistemas de cuidados, la educación y la organización de las instituciones y empresas. Sus efectos alcanzan a todas las generaciones, no solamente a quienes suman décadas de experiencia.

Una empresa que desarrolla viviendas adaptadas para personas mayores participa en la economía plateada. Una organización que transforma sus políticas de contratación, formación y movilidad profesional para aprovechar el talento de distintas generaciones está respondiendo a la economía de la longevidad, aunque no venda un solo producto al mercado sénior.

Esta diferencia conceptual tiene consecuencias importantes para las decisiones empresariales y las políticas públicas y nos lleva a una pregunta necesaria: ¿Quién crea el valor y quién se beneficia?

Una de las contradicciones de esta nueva economía es que podemos reconocer el enorme valor de las personas mayores como consumidoras mientras seguimos desaprovechando su capacidad como trabajadoras, emprendedoras, profesionales e innovadoras.

También podemos desarrollar industrias rentables alrededor de necesidades que continúan resolviéndose mediante trabajo no remunerado. El caso de los cuidados es especialmente revelador. Según la Organización Internacional del Trabajo, 708 millones de mujeres permanecían fuera de la fuerza laboral mundial en 2023 debido a responsabilidades de cuidado no remuneradas. Esta realidad muestra que una parte fundamental de la organización económica sigue descansando sobre tiempo y trabajo que no se contabilizan como producción remunerada y en donde la mayor parte de la carga recae en las mujeres.

La expansión de los mercados asociados con la longevidad tampoco elimina las desigualdades económicas acumuladas y estructurales. De acuerdo con Pensions at a Glance 2025, de la OCDE, las pensiones de las mujeres son, en promedio, 23 por ciento inferiores a las de los hombres en los países analizados. La diferencia refleja trayectorias laborales, salariales y de cotización, desiguales que terminan condicionando la seguridad económica durante la vejez y generando brechas entre los futuros posibles para mujeres y hombres.

Una economía puede descubrir el atractivo comercial de las mujeres mayores y, al mismo tiempo, ofrecerles oportunidades limitadas para participar de la riqueza que genera. Sin embargo, existen modelos de negocio que permiten pensar de otra manera la relación entre rentabilidad y bienestar.

¿Un ejemplo? En Uruguay el mercado inmobiliario presenta una alternativa mediante la figura conocida como “nuda propiedad”. Mediante este mecanismo, una persona puede vender la titularidad de su vivienda y recibir recursos económicos, conservando el derecho a utilizarla durante su vida. El inversionista adquiere un activo por un precio inferior al que tendría con plena disponibilidad inmediata, a cambio de esperar para ejercerla.

El mecanismo puede responder a una necesidad económica concreta: personas con patrimonio inmobiliario, pero con ingresos insuficientes o poca liquidez. Al mismo tiempo, ofrece una oportunidad de inversión. Naturalmente, sus beneficios dependen de la valoración del inmueble, las condiciones contractuales, los derechos que conserva quien vende y las garantías disponibles. También implica transmitir la propiedad, con posibles consecuencias sucesorias.

Su interés radica en mostrar que la rentabilidad privada y la seguridad económica pueden coincidir. Es un caso concreto que demuestra la necesidad de pensar en nuevos paradigmas que realmente impliquen beneficios y posibilidades para las personas longevas en un mundo que está estructurado para personas que vivían muchos menos años.

Hablemos ahora de la doble contabilidad de la longevidad. Aquí aparece la necesidad de evaluar la economía de la longevidad en dos planos.

El primero mide cuánto valor económico produce: inversión, ingresos, productividad, empleo, innovación y crecimiento de los mercados. Son indicadores indispensables para comprender las oportunidades que genera esta transformación demográfica.

El segundo debería medir cuánto de ese valor se traduce en mejores condiciones para vivir, trabajar, ahorrar, cuidar, emprender y participar a lo largo de la vida. Aquí importan la autonomía, la seguridad financiera, el acceso a servicios, la calidad del empleo, las oportunidades de aprendizaje y la distribución de los beneficios y riesgos.

Ambos planos pueden reforzarse, pero no son equivalentes. Un producto financiero puede generar rendimientos y mejorar la liquidez de una persona mayor, pero también puede trasladarle riesgos que no comprende o comprometer una parte importante de su patrimonio. Una empresa puede aumentar sus ventas entre consumidores sénior mientras mantiene barreras de contratación para trabajadores de esas mismas edades. Una innovación tecnológica puede facilitar determinadas tareas sin modificar la distribución del trabajo necesario para realizarlas.

Medir únicamente los ingresos empresariales nos permite conocer el éxito comercial de esas actividades. No necesariamente su contribución al bienestar o al desarrollo económico de las personas a quienes esas empresas venden.

La distinción también importa para gobiernos, instituciones financieras y organismos de desarrollo, entre otros. Si entendemos la longevidad exclusivamente como equivalente de la silver economy, las estrategias tenderán a concentrarse en identificar consumidores, desarrollar productos y atraer inversiones hacia mercados emergentes. Todo ello es legítimo, pero deja fuera decisiones fundamentales sobre productividad, empleo, ahorro, educación, protección social e inclusión financiera.

La longevidad está transformando la economía mucho más allá de los negocios que se desarrollan alrededor de las personas mayores. Reconocer su potencial comercial es apenas una parte del desafío.

El verdadero salto será pasar de contabilizar cuánto dinero mueve la longevidad a comprender quién produce esa riqueza, quién se beneficia de ella y qué condiciones permiten distribuir mejor sus oportunidades.

El caso uruguayo que se mostró anteriormente es un ejemplo de alternativa del mercado en el que la rentabilidad privada y la seguridad económica pueden coincidir, aunque sus resultados dependen de las condiciones de cada operación. Los datos de AARP, la OCDE y la OIT, por su parte, permiten mostrar la magnitud de la contribución económica de las personas mayores y las desigualdades que persisten.

En resumen, la longevidad nos obliga a replantear los marcos de referencia tradicionales para entender cómo se genera, distribuye y mide el valor económico de sociedades cuya estructura demográfica está cambiando. Esto implica ir más allá de solo identificar nuevos mercados y oportunidades de inversión para incorporar la longevidad en las decisiones sobre productividad, empleo, innovación, finanzas y desarrollo.

El desafío es construir una economía capaz de generar riqueza a partir de la longevidad y, al mismo tiempo, traducir esa riqueza en mayores oportunidades y bienestar para todas las personas a lo largo de su vida.