Ética e inteligencia artificial
Desde la revolución baconiana en la época de la Inglaterra isabelina ha existido un debate sobre la utilidad de los adelantos tecnológicos. Ciertamente el autor del Novum Organum pensaba que el progreso de la ciencia elevaría el patrimonio de la humanidad.
Pero a su optimismo le siguieron críticas de todo tipo: religiosas, románticas, éticas, políticas.
Hoy, con el arribo de la inteligencia artificial, el debate que propuso Francis Bacon vuelve a colocarse en el centro de la preocupación mundial. La inquietud que ha generado es válida. No sólo por las consecuencias socioeconómicas que tendrá sino por la forma en que pondría en riesgo la condición humana.
Seguramente fundándose en todos estos aspectos, el actual Papa León XIV emitió la encíclica papal Magnifica Humanitas (traducida al español como Grandiosa Humanidad o Magnífica Humanidad). El documento conmemora el 135 aniversario de la célebre encíclica Rerum novarum de León XIII, la cual abordaba los derechos de los trabajadores en plena Revolución Industrial.
El tema principal es la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial y los retos éticos de la era digital. En ella, el Pontífice advierte sobre los peligros del control tecnológico absoluto y propone de manera contundente que la inteligencia artificial debe ser desarmada para evitar lo que podría desembocar en un tecnofascismo.
Planteando que virtudes como la fragilidad, la compasión y la interdependencia son valores propiamente humanos que las máquinas jamás podrán replicar, la encíclica se basa en cinco principios éticos fundamentales. A saber: 1) la primacía de la conciencia, es decir que ningún sistema digital automatizado puede sustituir el juicio moral y la responsabilidad ética del ser humano; 2) la transparencia algorítmica, es decir que las personas tienen el derecho inalienable a saber si están interactuando con una máquina o con un humano; 3) la inclusión digital equitativa, es decir que el desarrollo tecnológico debe cerrar las brechas sociales actuales en lugar de marginar a los más pobres; 4) la salvaguarda de la vulnerabilidad, es decir que la fragilidad, el error y la compasión deben protegerse como rasgos esenciales de la identidad humana; 5) la soberanía del bien común, es decir que las ganancias económicas de las empresas tecnológicas deben subordinarse siempre al bienestar de la humanidad.
La Encíclica también tiene una dimensión internacional ya que llama a la creación de un tratado global de desarme digital con un marco jurídico estricto para prohibir el uso de la Inteligencia Artificial en armas autónomas letales. Asimismo se propone la fundación de un organismo internacional para supervisar y auditar los algoritmos comerciales.
El documento no rehuye un aspecto urgente: el sentido de las leyes que protejan los derechos laborales frente a la automatización masiva y el desplazamiento del empleo. En cuanto a la política fiscal se propone establecer impuestos a las grandes corporaciones tecnológicas para financiar sistemas de protección social universal.
Algunas de estas propuestas son sin duda controversiales y seguramente convocarán a debates entre diversas posiciones ideológicas. De cualquier manera, la Encíclica papal debe verse como una invitación a una discusión necesaria en la que -más allá de la religión- tenemos que participar quienes estamos preocupados por el rumbo que puede tomar la humanidad.
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El autor es abogado y Diputado federal.