Excavar en sí mismo
La tarea del filósofo, continuando con la temática que venimos abordando, es la de adentrarse en sí mismo de manera tan abisal y profunda, que no encuentre la oscuridad total sino una claridad meridiana en la que se reconozca en concéntrica epifanía.
Pudiéramos decir que su tarea consiste en excavar en sí mismo, cual avezado minero o gambusino de la interioridad. O, tal vez, pudiéramos remitirlo a la recomendación que ofreció Rilke en sus cartas a un joven poeta: “Hay sólo un único medio. Entre en usted. Examine ese fundamento que usted llama escribir... Excave en sí mismo, en busca de una respuesta profunda”.
Y es que la tarea del filósofo no debe consistir en una simple labor intelectual, sino reflejarse en un proyecto de vida, una manera de ser y un estilo de vivir. Se trata de una cuestión muy entrañable y personal. Es por eso que José Ortega y Gasset, hablando del filósofo René Descartes, explicó: “El Discurso del Método, con cuya publicación inicia su filosofía, es, en tres cuartas partes, una biografía”.
La vida del filósofo no puede desvincularse de su producción filosófica, puesto que debe ser un ministro al servicio de la verdad. “El filósofo, precisó Jaime Nubiola, en su libro El taller de la Filosofía, no sólo anhela saber más, sino sobre todo anhela a ser mejor, difundiendo con sus palabras -y quizás en especial con su ejemplo- un estilo de vida”.
Desde otra perspectiva, Mario Benedetti, en su poema Rastros, del libro Botella al mar, expresó: “la única fórmula aceptable es excavar en uno mismo hasta encontrar el mapa”.
La tarea es inacabable, como dijo Agustín de Hipona, pues hay que: “buscar como quien debe de encontrar, y encontrar con el deseo de seguir buscando”.
¿Excavo en mí?