Fauda, el nombre del caos de la venganza

Juan José Rodríguez
13 septiembre 2026

Acaba de estrenarse en la plataforma Netflix una serie filmada en hebreo y árabe titulada Fauda la cual apenas va en su quinta temporada, a pesar de que la primera salió con gran éxito en 2016. El New York Times la consagró al instante como una de las mejores series internacionales. Al nivel de Breaking Bad, Downton Abbey o The Sopranos.

“Fauda” significa “caos” en lengua árabe. ¿Por qué una serie de acción y thriller político producida en Israel lleva un nombre árabe?

El asunto es que, dentro de la trama y el argot de los agentes de seguridad, esa es la palabra para definir una situación en la que hay una alerta y es necesario intervenir, sobre todo cuando un espía israelí infiltrado ha sido descubierto como falso árabe.

Es asunto muy complicado -complejo y nada complaciente- hablar del dilema del conflicto árabe israelí, aún dentro del marco de un programa de televisión. No es el mismo de en los años 50 cuando inició, pero aún siguen vivas las raíces de ese enfrentamiento generacional y sociocultural.

Personalmente, he conocido ambos mundos y convivido tiempo de calidad con personas de dichos credos y nacionalidades. Tengo amigos musulmanes y amigos judíos, así como amigos nacidos en Israel y en otros países donde se aplica la shaira, la ley musulmana para la vida diaria.

Pero eso no me impide sentarme ante una serie de Netflix y analizar una trama de ficción que nos permite acercarnos, a través de una construcción muy realista, a una intrincada logística de destrucción mutua.

Permeable aquí es el ingrediente realista de que el escritor y protagonista, Lior Raz, fue parte de los Servicios Secretos del Estado de Israel, y aún así, no deja de tener, dentro de la trama, una posición crítica a la draconiana manera en que maneja dicha nación su seguridad interior e internacional. No se trata de propaganda encubierta. Hay autogoles deliberados.

El tema de Fauda es la retribución por el camino duro de la venganza. Venganza como política de Estado y como asunto personal de los espías o los simples ciudadanos con entrenamiento militar, algo que allá es totalmente obligatorio para cualquier ciudadano.

La nueva producción es tan visceral que se nos avisa que se pueden omitir los episodios seis y siete si uno es muy sensible a la violencia, aunque aclaran que saltarse esos dos capítulos no afectará la comprensión del desarrollo de la trama que seguirá.

Justamente son los que describen el ataque del 7 octubre de 2023 y el deseo de venganza posterior que aún estamos viviendo.

Esta temporada es bien fuerte porque vemos dichas masacres en Israel. Se ve el asesinatos a los jóvenes que acampaban en un festival de música. Y sus contradicciones: cómo se masacraron también a árabes palestinos que estaban en paz con Israel dentro de los territorios ocupados. Ese detalle va a despertar muchos reclamos en los espectadores.

La serie lleva ya cuatro temporadas bastante intrincadas, aunque esta última entrega puede ser vista de manera unitaria. No necesita usted sentarse más de 40 horas antes para entenderla. (Los conflictos de pasados capítulos pueden entenderse fácilmente y la mayoría de los Flashbacks son internos dentro de esta nueva producción).

La impronta el ataque de el 7 de octubre está presente de principio a fin y nos hace entender que, para la actual generación de israelíes esa es una fecha muy marcada, como para los estadounidenses el 11 de septiembre, guardando con cuidado las proporciones.

¿Qué tanto podemos darle o deberle crédito a una serie de ficción? Primero que nada, nos permite acercarnos a la médula humana del problema, a los rostros y a la geografía real donde acontecieron los hechos.

Tema muy amargo es el de la venganza. Incluso los judíos hablan de un día que la conmemora. También, es justo decirlo, tienen un día del perdón. El concepto de venganza se ha recrudecido en Estados Unidos desde el 9/11. De hecho, la operación posterior se llamó “venganza infinita”.

Me pregunto qué tan complicado es vivir en una teología y una sociedad que acepta la idea de la venganza como forma de retribución. ¿Hizo falta, en el judaísmo ortodoxo, un gran rabino que dijese algo similar a lo que dijo Cristo de poner la otra mejilla? Claro que los cristianos no somos un gran ejemplo, pero al menos hay un llamado en los evangelios a moderarse y no responder de inmediato con ira.

En el Islam y el judaísmo, no existe una figura pastoral ejecutiva como los papas en el catolicismo romano. Ellos se van directo a la interpretación de las escrituras, no siempre fáciles de congeniar con un mundo moderno. Cuando Roma modificó la percepción del pecado de la usura comenzó la banca moderna y se legisló más a los prestamistas, antes sólo judíos en exilio en su mayoría.

El cristianismo desde su origen era considerado por los demás como una religión de esclavos con “un profeta pordiosero y derrotado en la cruz” como decían los romanos, según el escritor católico Henryk Sienkiewicz. Su bandera inicial fue la hermandad y el perdón y fue muy doloroso su paso a religión de estado.

Y otro punto es que el judaísmo nunca dejó de ser una religión de sobrevivencia en un medio hostil. Así lo fue desde sus orígenes y la etapa posterior a Abraham y José: “al extranjero trátalo bien, porque extranjero fuiste en tierra de Egipto”

Fauda es una serie, no lo olvidemos, pero permite ver las cosas desde adentro del mundo israelí. Verla y comprenderla no nos vuelve sionistas, así como envolvernos en un turbante palestino no nos hace terroristas o revolucionarios del lado correcto de la historia.

Ahí esta el ejemplo del famoso senador Noroña.