Generosidad de quien da, responsabilidad de quien recibe

Daniel Tapia Sánchez
27 julio 2026

Cada vez resulta más difícil encontrar personas dispuestas a involucrarse en una causa. Las razones pueden ser muchas y no siempre estaremos de acuerdo con ellas.

Sin embargo, hay algo de lo que hablamos muy poco: ayudar también tiene un costo.Y no me refiero únicamente al dinero.

Ayudar cuesta tiempo. Cuesta esfuerzo. Cuesta llamadas, reuniones, favores, preocupaciones y, en ocasiones, hasta tranquilidad. Lo sabe quien forma parte del patronato o del consejo de una institución.

Su aportación no consiste únicamente en asistir a una reunión cada cierto tiempo. Detrás de esa silla hay horas de trabajo, decisiones difíciles, llamadas para abrir puertas, reuniones para convencer a alguien de sumarse y, muchas veces, el compromiso de responder por una causa como si fuera propia.

También lo sabe quien dona dinero. Detrás de cada cheque hay trabajo, sacrificios y decisiones familiares. Ese recurso pudo destinarse a muchas otras cosas.

Lo sabe quien dona alimentos, quien presta un vehículo, quien comparte su experiencia profesional, quien organiza una colecta o quien simplemente utiliza su nombre y su credibilidad para abrir una puerta que de otra manera permanecería cerrada.

Hay muchos empresarios que prefieren ayudar en silencio. No porque les dé pena hacerlo ni porque busquen pasar desapercibidos. Lo hacen porque saben que, una vez que las personas descubren que ayudan, llegarán más llamadas, más solicitudes y más causas. Y aunque quisieran decir que sí a todas, saben que eso simplemente no será posible.

También he conocido personas que, poco a poco, dejaron de ayudar. No porque se hayan vuelto menos generosas. Se cansaron de sentir que cada ayuda se convertía en una nueva obligación.

Siempre hablamos de la generosidad de quien da, pero pocas veces hablamos de la responsabilidad de quien recibe.

Pedir ayuda nunca debería avergonzarnos. Todos, tarde o temprano, vamos a necesitar de alguien.Pero también hay una responsabilidad que pocas veces mencionamos.

La de cuidar a quien nos ayudó.

Entender que nadie puede ayudar para siempre. Que una empresa que hoy dona, quizá mañana tenga dificultades. Que una persona que hoy nos tendió la mano también tiene familia, preocupaciones y compromisos. Que un “no” de hoy no borra todos los “sí” de ayer.

Ser agradecidos no es solamente decir “gracias”. También es entender cuando alguien ya no puede seguir ayudando. Es recordar todo lo que hizo por nosotros, en lugar de quedarnos únicamente con aquello que esta vez no pudo hacer.

Porque cuando hacemos sentir a alguien que está obligado a seguir ayudando, sin darnos cuenta le vamos quitando las ganas de volver a hacerlo.Y eso nos perjudica a todos.

Las organizaciones de la sociedad civil necesitamos donantes. Las personas necesitamos personas. Todos necesitamos de alguien en algún momento de la vida.

Por eso creo que una cultura de solidaridad no solo se construye con personas generosas. También se construye con personas agradecidas.

Personas que saben pedir, pero que también saben entender. Personas que valoran la ayuda mientras existe y que la dejan ir con gratitud cuando ya no es posible recibirla.

Nuestro estado atraviesa momentos económicos muy difíciles. Muchas empresas han reducido sus apoyos y muchas personas ya no pueden ayudar como antes.

Aun así, miles de ellas siguen haciéndolo, quizá con menos recursos, pero con el mismo corazón.A todas ellas solo queda decirles gracias.

Gracias por el tiempo que han regalado, por las puertas que han abierto, por los favores que han pedido, por las reuniones a las que asistieron, por los kilos de alimento que donaron, por los recursos que compartieron y por seguir creyendo que vale la pena ayudar.

Ojalá nunca olvidemos que la generosidad de quien da también necesita de la responsabilidad de quien recibe.

Porque cuidar a quien ayuda es, quizá, una de las mejores maneras de lograr que nunca deje de hacerlo.