Hasta que la impunidad deje de ser costumbre

Daniel Elizondo de la Torre
16 abril 2026

¿Cuántas muertes se necesitan para que un país se indigne? ¿Tres? ¿Diez? ¿Cien? En México, tres bastan para clasificar un hecho como masacre. Y, sin embargo, hoy esa palabra corre el riesgo de volverse rutina.

De acuerdo con datos de la organización Causa en Común, entre enero de 2020 y marzo de 2026 se han documentado al menos 3 mil 036 masacres en el País. Tres mil treinta y seis. Pero hay algo aún más inquietante: en lo que va de 2026 ya suman al menos 60 casos. Una masacre diaria. Una cada día.

Me sorprende la capacidad que tenemos de convivir con esto sin reaccionar.

Detrás de cada número hay historias de familias rotas, comunidades enteras marcadas por el miedo. Pero también hay algo más profundo y que temo casi igual: una normalización silenciosa. Parece que nos hemos convertido en una sociedad que perdió toda capacidad de asombro.

Los datos también dibujan un mapa claro del dolor. Guanajuato encabeza la lista con 535 masacres registradas entre 2020 y 2025. Le siguen Guerrero con 237, Michoacán con 223 y Zacatecas con 217. Territorios donde la violencia es un patrón persistente. Espacios donde convergen disputas criminales, economías ilegales y, sobre todo, debilidades institucionales.

Sinaloa, por su parte, pasó de un promedio de cinco masacres anuales entre 2020 y 2023, a 38 en 2024 y 40 en 2025. El salto no es menor. Ningún estado está exento, de que la violencia puede escalar rápidamente cuando las condiciones lo permiten y más cuando esas condiciones son un terreno fértil por la debilidad de sus instituciones de prevención, procuración e impartición de justicia.

Pero hay una capa aún más preocupante en esta realidad: lo que no vemos. Causa en Común advierte que estas cifras provienen de fuentes periodísticas en contextos cada vez más adversos. Periodistas amenazados, agredidos, silenciados. Regiones enteras convertidas en “zonas de silencio”, donde la violencia no se reporta o se reporta a medias. Noroeste por ejemplo ha publicado al respecto, señalando la ineficiencia de las autoridades en la información real de datos delictivos. ¿Qué pasa entonces con las masacres que no se cuentan? ¿Con las historias que nunca llegan a la luz?

La conclusión es inquietante: podríamos estar viendo solo una parte del problema. Una parte incompleta, fragmentada, distorsionada por el miedo. Por eso luego hay quien presenta “otros datos”.

Y frente a este escenario, el mayor peligro no es solo la violencia en sí misma, sino la impunidad que la acompaña. La gran mayoría de estas masacres no se castigan. No hay responsables. No hay justicia. No hay cierre. ¿Qué mensaje envía un país donde matar en grupo no tiene consecuencias?

La violencia no se combate con narrativa, o por lo menos en los niveles que tiene México, sino con instituciones fuertes. Con policías capacitadas, con fiscalías que investiguen, con sistemas de justicia que funcionen.

Desde el año pasado, diversas organizaciones sociales y empresariales de Culiacán y de todo Sinaloa hemos exhortado al Gobierno del Estado y al Congreso local a duplicar el presupuesto destinado a instituciones de seguridad, como la Fiscalía General del Estado y las secretarías de seguridad pública.

Si algo ha quedado demostrado es que no se puede exigir resultados a instituciones debilitadas. No se puede pedir justicia sin recursos. No se puede combatir la impunidad con estructuras frágiles.

Causa en Común lo plantea con claridad: documentar y visibilizar estas violencias es un paso indispensable, pero no suficiente. Hace falta proteger a los periodistas que arriesgan su vida para contar estas historias. Hace falta, también, corregir la omisión histórica de no invertir en quienes tienen en sus manos la tarea de investigar y sancionar.

México no puede permitirse que la masacre sea parte del paisaje. No podemos resignarnos a vivir con una cada día. No podemos acostumbrarnos a la tragedia.

Hasta que la impunidad deje de ser costumbre.