Herencia de Rosario Ibarra: seguir su lucha. En Sábado de Gloria perdimos una guerrera

Alejandro Sicairos
18 abril 2022

Mientras la comunidad católica recordaba el sufrimiento de María, la madre que vio morir atormentado y clavado en una cruz a su hijo Jesús de Nazaret, la opinión pública nacional repasó en la memoria histórica el viacrucis de Rosario Ibarra de Piedra, la emblemática mexicana que lideró la búsqueda de desaparecidos políticos y se fue sin encontrar a quien policías federales le arrebataron del hogar en 1974. Precursora de los derechos humanos, paz, justicia y democracia, al partir ella nos deja el grito que aún brota en miles de gargantas de “¡vivos se los llevaron, vivos los queremos!”

El legado de Rosario Ibarra de Piedra no se va junto con ella al morir en Sábado de Gloria. Al contrario, permanecerá para la posteridad en la evocación social como condición indispensable para que nadie, nunca, quiera refrendar los tiempos de ignominia con luchadores sociales criminalizados por el Estado tiránico, o hijas e hijos que son despojados a sus familias y ya no volvemos a saber de ellos, siendo éste el primer paso hacia el abismo de la infamia.

Casi medio siglo recorriendo el País para buscar a su hijo, Jesús Piedra Ibarra, y acompañar a quienes sufrían los estragos de la Guerra Sucia de los años setenta, la presencia de Rosario es eterna, inextinguible, en México. Seguirá aquí en cada grito de “¿dónde están?” que convierta las plazas, las calles, las fiscalías y las casas en trincheras de la lucha contra las desapariciones forzadas. Perdurará a través del otro viacrucis, el de las madres de los desaparecidos, que en letras de Elena Poniatowska padecen “un espanto sin tregua, una angustia larga, no sé, no hay resignación ni consuelo, ni tiempo para que cicatrice la herida. La muerte mata la esperanza, pero la desaparición es intolerable porque ni mata ni deja vivir”.

La creación en 1977 del Comité Eureka para la defensa de presos, perseguidos y exiliados políticos; la huelga de hambre que encabezó y logró en 1978 que el gobierno concediera la amnistía, su participación como Senadora y Diputada federal y la candidatura presidencial en 1982 y 1988, son algunos de tantos andares que marcan su huella en la historia y el suelo mexicano y están gravados en la conciencia de políticos que la hirieron una y otra vez, pero también perdura el rastro en el recuerdo de una generación que la acompañó en esos martirios.

Merecedora indiscutible del Premio Nobel de la Paz, al que fue postulada en cuatro ocasiones (1986, 1987, 1989 y 2006); de las medallas Eduardo Neri al mérito Legislativo (1913) y el galardón Belisario Domínguez que le otorgó el Senado (2019), el mejor homenaje es el que le rinde el pueblo a la guerrera que les amplió los cauces a las libertades, legalidad, justicia social y lucha cívica. Cómo creer que se puede ir la señora que aun en su posición de víctima regañó a los poderosos, abrió puertas que sólo se abrían a las mafias del poder y fue por el mundo denunciando las injusticias.

Ahora no debiera haber un solo ciudadano que ignore en qué sitial está nuestra entrañable Chayito. Prosigue acá, junto a las sobrevivientes madres con hijos desaparecidos del movimiento de los setenta; como estandarte vivo de las buscadoras que mueven cielo, mar y tierra para encontrar a quienes están perdidos en la actual atmósfera oscura de violencia e impunidad, y exigiendo que cesen los feminicidios que constituyen la máxima cobardía de los criminales. En cada grito de justicia cobra vida Rosario Ibarra.

Ella vive por cada familia que rastrea las huellas de los retoños perdidos, por cada madre que llora porque le arrancan a un hijo, por cada mujer que cae abatida por golpes de irracionalidad, por cada fosa común que esconde un desaparecido, por cada pala que se entierra tratando de ponerle fin a la impotencia de aquellos a los que se les va la vida sin saber de sus seres amados. Ella vive en cada vía dolorosa de los agraviados. Y siendo la sociedad la ofendida, ella emerge en cada voz silenciada, cada Constitución pisoteada y cada pueblo traicionado.

Con la partida de Rosario Ibarra de Piedra, la estafeta que ella defendió pasa a manos de cada uno de nosotros. Cuando su hija Claudia Piedra Ibarra acudió el 23 de octubre de 2019 a recibir la presea Belisario Domínguez, a nombre de su madre la puso en manos del Presidente Andrés Manuel López Obrador, con la encomienda de “dejo en tus manos la custodia de tan preciado reconocimiento y te pido que me la devuelvas junto con la verdad”.

A sus contemporáneos de la izquierda que recriminó los horrores cometidos por regímenes autoritarios e inhumanos, aquella estirpe ideológica que hoy tiene el poder en México y en Sinaloa, les encarga la continuidad de la búsqueda de los desaparecidos de la guerra sucia y los de la actual barbarie donde las familias ven salir a sus integrantes de casa sin tener la certeza de volverlos a recibir sanos y salvos. Si ella fue parte de la hazaña de derrocar a gobiernos abusivos y hegemónicos, ¿por qué la hoy proclamada Cuarta Transformación no podría acabar con las desapariciones forzadas en México?

Para usted, Doña Rosario,

Ni esquelas ni novenarios,

Sino arrestos solidarios,

Que pongan fin a su calvario.

Con una trayectoria en la política y servicio público que fue al compás de la esperanza que Rosario Ibarra cimentó en México con piedras de sufrimiento y resistencia, Rubén Rocha Moya homenajeó a la heroína cuyo legado, insistimos, debe trascender tiempos y coyunturas. En su cuenta de Twitter el Gobernador de Sinaloa publicó al sábado: “Ha fallecido Doña Rosario Ibarra de Piedra, defensora de los derechos humanos y la voz de miles de familiares de desaparecidas y desaparecidos, incansable en la lucha por la justicia y la democracia en México. Descanse en paz”.