Hijos ‘boomerang’
Tengo un buen amigo de mi edad, que hace poco tiempo se divorció y volvió a vivir a casa de sus padres. No volvió por comodidad, ni por necesidad de afecto, tampoco por inmadurez, se vio en la necesidad de regresar al “nido” por falta de recursos económicos.
Este es tan solo un caso de varios que he conocido, de lo que coloquialmente han llamado: “hijos boomerang”. El término se originó en Estados Unidos como una analogía con el juguete australiano que, al ser lanzado, siempre regresa al punto de partida.
Seguramente usted también conoce algún caso cercano. Hombres y mujeres de 30, 40 o incluso más años que ocupan la habitación de su adolescencia y del apoyo económico de sus progenitores. Para muchas personas, este fenómeno podría verse como una señal de inmadurez o falta de responsabilidad. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja.
Las nuevas generaciones enfrentan un escenario laboral muy distinto al de sus padres. Los empleos estables son cada vez más escasos, los salarios crecen con lentitud y el costo de la vivienda se ha disparado. Mientras que décadas atrás una familia podía aspirar a comprar una casa con relativa facilidad, hoy para muchos jóvenes profesionistas esa meta parece inalcanzable.
En ciudades turísticas como Mazatlán, la situación resulta todavía más evidente. El crecimiento inmobiliario ha elevado considerablemente los precios de venta y renta de viviendas. Para un joven profesionista con ingresos promedio, pagar una renta, cubrir servicios básicos, transporte y alimentación representa un desafío enorme.
A ello se suma la prolongación de la etapa educativa. Las exigencias del mercado laboral actual son mayores que las de generaciones anteriores. Una licenciatura ya no garantiza un empleo bien remunerado y cada vez más personas buscan especializaciones, maestrías o doctorados para mejorar sus oportunidades. Mientras estudian, muchos continúan dependiendo parcial o totalmente de sus padres.
También sucede que han cambiado las formas de entender la familia y el matrimonio. Las generaciones más jóvenes suelen retrasar la formación de una pareja estable, priorizan proyectos individuales, viajes o experiencias personales.
Por otra parte, los propios padres han cambiado. Algunos progenitores disfrutan la compañía de sus hijos adultos y están dispuestos a apoyarlos durante más tiempo. En ciertos casos, incluso existe una dependencia mutua: los hijos reciben apoyo económico, mientras los padres encuentran compañía, ayuda doméstica o asistencia en el cuidado durante la vejez.
Cabe decir que el retorno no siempre es sencillo. Para los padres puede representar una alteración de rutinas y gastos extra. Muchos habían imaginado un “nido vacío” donde finalmente podrían disfrutar de mayor libertad. De pronto, la casa vuelve a llenarse y las responsabilidades reaparecen.
Los hijos “boomerang” son, pues, el reflejo de una sociedad que ha cambiado. Representan los efectos de mercados laborales más inciertos, viviendas menos accesibles, trayectorias educativas más largas y relaciones familiares distintas.
Es cuanto...