Hiroshima y Resurrección

Rodolfo Díaz Fonseca
06 agosto 2026

Algunas personas califican la historia de Gilbert Kaplan como locura u obsesión, pero también podríamos catalogarla como amor, devoción, admiración y superación. En efecto, es un celebrado ejemplo de que no existen imposibles en la vida, puesto que las metas pueden ser alcanzadas con empeño, coraje, persistencia y determinación.

Kaplan fue un millonario estadounidense que falleció en 2016. Pero, años atrás, en 1965, tuvo lugar un extraordinario acontecimiento que transformó su vida. Asistió a un ensayo de la Segunda Sinfonía de Mahler, titulada “Resurrección”, en el Carnegie Hall bajo la dirección de Leopold Stokowski. Fue tal su conmoción que, en 1981, aun cuando no tenía una formación musical, se propuso estudiar firmemente hasta conseguir dirigir esta obra.

Su entusiasmo por aprender e interpretar esta maravillosa sinfonía cobró cada vez mayor fuerza, de manera que consiguió este objetivo en 1982, dirigiendo a la Orquesta Sinfónica Americana. Nunca claudicó en redoblar esfuerzos y llegó a dirigir más de 50 orquestas del mundo; incluso, grabó la segunda sinfonía con la Orquesta Filarmónica de Viena, bajo el sello Deutsche Grammophon, así como con la Orquesta Sinfónica de Londres en 1987, cuyo disco de Mahler fue de los más vendidos históricamente.

La Sinfonía Resurrección fue compuesta por Mahler entre 1888 y 1894. Es una obra que requiere una orquesta monumental, así como un coro de voces mixtas, además de dos solistas: soprano y contralto.

La obra consta de cinco movimientos: allegro maestoso, andante moderato, momento tranquilo y fluido, luz primordial, el juicio final y la Resurrección, que, luego de un grito de desesperación, culmina con el coro y un celestial repique de campanas y órgano. Desde el primer movimiento se lanza la trascendental pregunta: “¿Existe la vida después de la muerte?”.

Hoy es aniversario de Hiroshima.

¿Creo en la Resurrección?