Horizonte de vida

Rodolfo Díaz Fonseca
26 marzo 2026

No se pudo encontrar un nombre más adecuado para usted, estimada maestra. La etimología de su nombre, Azucena, es antigua y casi musical, tal vez debido a su significado tan dulce, místico y espiritual. Encontramos su huella en las culturas egipcia, judía, griega y árabe, donde, además de ser denominativo de una exquisita planta se convirtió también en nombre de mujer (con sus variantes Susana y Azucena), como el de la virtuosa Susana, esposa de Joaquín, que aparece en el libro del profeta Daniel (Dn 13,1-64).

Se ha reunido, ya, con Ricardo, su amado esposo, aunque para ello fuese necesario desligarse de los lazos terrenos de sus dos hijos: Ricardo e Israel, así como de sus nueras Marisol e Ilian, y sus candorosos cuatro nietos.

Su seriedad se iluminaba con su sencillez y su amplia sonrisa. El grupo de pintura de los sábados también lamenta su ausencia y dolorosa partida. Sin embargo, seguirá resucitando cada instante en los trazos, color y textura de sus lienzos.

¿Cómo no recordar la calidez de su bienvenida y el inigualable diluvio de atenciones y cortesía que desplegaba? ¿Cómo olvidar el universo de color y fantasía que en el virginal lienzo, con fino y elegante pincel, magistralmente aprisionaba?

Sí, había que atender a la enseñanza de la pintura, pero su magisterio nunca se ciñó al manejo de los diferentes géneros y técnicas: bocetos, manejo de luz, mezcla de colores, textura, tipos de pinceles, estilo propio, calidad de los materiales, portafolio de obras. No, su discipulado iba mucho más allá: pintaba e iluminaba vidas mediante su amistad, confianza, empatía, consejos y cercanía.

En definitiva, mi amada esposa no asistía a una clase de pintura, sino a un taller de amistad, color, calor, sabor y vida.

¿Pinto el horizonte de mi vida?