Inercia social del miedo
La percepción de inseguridad es un fenómeno que depende no sólo de los eventos actuales, sino que también envuelve la memoria de lo que hemos vivido a lo largo del tiempo. Esta memoria funciona como una inercia social. Una fuerza que arrastra las experiencias del pasado hacia el hoy, anclando a la población en un estado de temor que persiste mucho después de que los eventos que lo originaron han terminado.
Desde el 2013, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía reporta esta percepción cada trimestre; sin embargo, regularmente se destaca la comparación entre municipios o regiones en un momento específico. Poco se ha discutido su evolución temporal, es decir, cómo el miedo se construye, se arrastra y se transforma con el tiempo. En esta entrega proponemos explorar esta dimensión desde una visión cuantitativa, entender cómo la percepción no sólo responde al presente, sino que se autoalimenta desde el pasado.
Creemos que este enfoque, al integrarse con otros que expliquen sus causas, nos permitirá conocer en qué medida esta inercia del miedo influye en la percepción actual, y cómo esto puede orientar políticas de mitigación.
Basado en datos de la ENSU desde 2019, la autocorrelación nos pemite tener una medida de la “inercia” o memoria del miedo. Los valores bajos (0 a 0.3) actúan como un evento ocasional que no deja rastro; valores moderados (0.3 a 0.6) funcionan como un antojo intermitente sensible a sucesos recientes; y valores altos (0.6 a 1) representan un hábito arraigado donde el pasado dicta el presente.
En Culiacán, el valor de autocorrelación es del 0.78, lo que indica que el miedo ha dejado de ser una reacción inmediata para convertirse en una condición estructural.
Bajo esta métrica, la población ya no responde únicamente a los eventos aislados, sino que procesa la realidad a través de un filtro acumulativo; esto genera una fuerte resistencia al cambio en la percepción, consolidando una inercia donde el sentimiento de hoy es, en gran medida, un reflejo del ayer.
Esta persistencia no implica necesariamente que la situación deba empeorar por decreto, sino que cualquier transición ocurre de forma sumamente gradual. De hecho, una autocorrelación alta refleja que la ciudad arrastra su historia reciente.
En contraste, Mazatlán presenta una inercia notablemente baja de 0.26. Esta cifra revela una memoria de corto plazo. Aquí la percepción es altamente volátil y no hay un arrastre estructural que la sostenga, haciendo que la población reaccione con sensibilidad extrema a los eventos disruptivos más recientes, sin un trasfondo que estabilice la visión ciudadana.
Por su parte, Los Mochis presenta el caso más robusto de “inercia positiva”. Con una autocorrelación de 0.74, comparte con la capital una memoria de largo plazo, pero con una diferencia fundamental. Durante todo este periodo, la ciudad ha mantenido una marcada tendencia a la baja en la percepción de inseguridad.
En la ciudad del Norte del Estado, la alta inercia no ha trabajado a favor del miedo, sino de la tranquilidad. Cada trimestre de mejora ha “heredado” su éxito al siguiente, reforzando una espiral de confianza que se vuelve estructural.
Mientras que en Mazatlán la percepción “no tiene memoria” y en Culiacán la inercia puede estancar el ánimo social, Los Mochis se comporta como una verdadera isla de resiliencia.
Estos resultados identifican patrones en la percepción, pero dejan una pregunta central: ¿qué origina y sostiene estas dinámicas? Para responderla, es necesario complementar el análisis cuantitativo con un estudio más profundo desde las ciencias sociales. Enfoques como la psicología social y la sociología permiten entender cómo se construye y se arraiga el miedo en la población.
En este sentido, el análisis debe atender causas de raíz, desde delitos de alto impacto (como homicidios y desapariciones) hasta los delitos comunes y su normalización. La inercia del miedo puede mitigarse, pero medirla no basta: se requieren mecanismos de contención que eviten su propagación.
Esta tarea implica distintos niveles de acción. Desde el ámbito personal, en la relación con la familia y la comunidad, hasta las estrategias gubernamentales en los niveles municipal, estatal y federal. Se trata de un proceso que avanza de manera gradual, quizá más lento de lo que se desearíamos, pero que requiere pasar de la medición a la acción. Sólo así será posible no solo entender el miedo, sino también transformarlo.