Juan Alfonso Mejía: lección con cine
Todos al aula en ‘El fin de la escuela’

Alejandro Sicairos
06 noviembre 2026

A quien le parezca exageración la estampa apocalíptica con la cual Juan Alfonso Mejía López abre su documental “El Fin de la Escuela”, donde una madre y su hija entran en el posfuturo a los escombros de un aula sin acordarse qué sucedía allí, podría ser que no entienda el elemento de la hipérbole cinematográfica que nos advierte sobre una realidad cercana. La educación en México, no se diga en Sinaloa, se desliza por el tobogán de la desesperanza al dejar de ser posibilidad de porvenires de éxito y de vida digna para los niños y jóvenes de hoy.

La magistral producción dirigida por Carlos Armella y con la actuación de Ana Serradilla, que es parte del programa “La tarea nunca acaba”, adquiere la función de pinchazo en la conciencia colectiva y llamado a la acción social para ir al rescate de lo que más importa para las actuales generaciones: el conocimiento y competencias que desde lo escolar transforme expectativas sombrías en perspectivas confortantes. La incitación al “sí se puede” en medio de contextos devastadores y paralizantes.

En otra escena, al enterarse un grupo de alumnos en el salón de clases que la escuela dejó de ser la pedagogía de mañanas prometedores, proceden los escolapios a destruir todo lo que hallan a su paso en cuestión de materiales auxiliares de los procesos formativos. Nadie se asuste porque es partir de tal acto cuando inicia el esfuerzo por demostrar que hay modelos educativos que le dan vuelta a la página de desalientos y frustraciones.

Al exponer la cruda verdad del deterioro que sufre la educación indistintamente del signo político de los gobiernos al menos en las recientes tres décadas, Juan Alfonso Mejía acude al más sencillo ejercicio, mediante peras y manzanas, que confronta la autenticidad con los rescates posibles. A veces con histrionismo excesivo, el cual modera rápido con viñetas divertidas, trasladó del asombro a la introspección al numeroso y variado público que se dio cita a una de las salas de la plaza Cinépolis en Culiacán.

A la misma velocidad de movimientos súbitos de cámaras logró el viaje entre el eventual desastre de la escuela mexicana y los prototipos exitosos como el que ha sido calado con éxito desde 1978 en el Centro de Estudios Justo Sierra, fundado en Surutato, Badiraguato, por el visionario José de Jesús Malacón Díaz. El éxodo en el tiempo en que José Vasconcelos sentó las bases más sólidas del sistema educativo nacional, y luego sobrevino la cerril decantación contemporánea de aquellos cimientos a base de libertades de cátedra y de pensamiento. En un extremo el manotazo autoritario asestado a la Escuela de Tiempo Completo, y en el otro la emergencia de la instrucción didáctica desde la primera infancia.

El ex Secretario de Educación Pública y Cultura del Gobierno de Sinaloa incita a través del cine documental a fortalecer la lucha ciudadana por una mejor educación. A sobreponernos de los despojos perpetrados por gobiernos que le apuestan a la enseñanza mediocre; recuperar las asignaturas que nos robaron la pandemia y los días sin clases por la narcoguerra; saltar los bajos aprovechamientos lectivos que evidencia la prueba PISA, y restablecer los espacios lectivos como garantes de desarrollo y paz. En síntesis, que los padres de familia dejen de darse por satisfechos por el hecho de mandar a sus hijos a las escuelas y empiecen a colocar la atención en lo que están aprendiendo y si eso les va a ayudar para resolverse una vida.

El planteamiento no se anda por las ramas: “¿Para qué queremos las escuelas? El documental nos invita a reconocer que más allá de las reformas, las prácticas educativas permiten a cada comunidad desafiar su contexto y ampliar las posibilidades de sus estudiantes. Porque aprender es sinónimo de esperanza. Porque aprender es dejar de aceptar el presente como destino”.

Se trata de la convocatoria a “sumar esfuerzos y abrir la conversación sobre el papel del aprendizaje frente a los desafíos de nuestra sociedad”, mediante la cual Mejía López logra al menos instalar el chip de la inquietud consensuada respecto al presente y futuro de la educación en México. Sin abusar de culpar de todo a las barbaries en ciernes, sí las toca de refilón para que “El Fin (el propósito) de la Escuela” ocupe y preocupe a masas humanas demasiado aletargadas por el miedo a la violencia.

Para colmo de nuestros males,

En el presente de por sí gris,

Son víctimas colaterales,

También el pizarrón y el gis.

Asúmase por los gobiernos federal y estatal como asunto de obvia y urgente resolución la dificultad que tiene la Universidad Autónoma de Sinaloa para cubrir las quincenas de noviembre y diciembre, más aguinaldo, lo cual requiere de mil 380 millones de pesos. Y tómese nota de dos circunstancias que marcarán la narrativa rosalina en las siguientes semanas. Una, “la UAS ha cumplido con los compromisos que le correspondían al llevar a cabo la Reingeniería Financiera y Administrativa solicitada en su momento por las autoridades federales, demostrando su disposición y responsabilidad institucional para atender la situación financiera”, según expresó el director de Comunicación Social, José Carlos Aceves y, dos, la plantilla laboral se prepara para evitar que la incertidumbre en salarios y prestaciones les haga pasar un amargo fin de año, de acuerdo a lo expuesto por Isfa Leal, dirigente del Suntuas Administrativos, ante Ricardo Villanueva, Subsecretario de Educación Superior de la SEP.