Justicia plena a Fernando Alan
A marchar por todos en Sinaloa
Nadie podemos decirles a los padres y familia de Fernando Alan que sabemos cómo se sienten ellos, igual que el Gobierno tampoco está en condiciones de negarles el derecho a la justicia con el correspondiente castigo a elementos de la fuerza pública si se demuestra que éstos asesinaron al joven 23 años, estudiante de Derecho, e hirieron a su pareja Rosa Guadalupe. Ninguno que haya transitado por la narcoguerra sin perder a seres entrañables inocentes conoce el doble suplicio de la muerte injustificada y enseguida la impunidad.
Sí es factible, en cambio, abrazar en silencio a los sufrientes y rodearlos con la solidaridad desinteresada, el acompañamiento generoso que coadyuve a ver alguna luz donde únicamente hay penumbras. Sin apremiar a la resignación que llegará a la hora conveniente, pero sí instar a la Ley y sus alcances en forma de bálsamo que no alivia, pero sí atenúa. Pelear duro por la luminosidad de la justicia que indique los atajos para salir de este momento atroz.
La marcha de ayer en Culiacán, que recorrió desde Catedral a La Lomita, rascó de nuevo en la herida asestada a la sociedad sinaloense en general que sufre sin distingos la psicosis del miedo y presiente sin excepción la sacudida de la bala rozándole la piel. La que duerme despierta, la que reza como único reducto de los vulnerables y ve las salidas y llegadas de los de casa suplicando el hecho providencial de que regresen sanos y salvos.
Frente a esa especie de letrero dantesco, vayamos codo a codo con las familias de Fernando Alan y María Guadalupe, así como los demás inocentes caídos en la violencia bestial que nos instiga, prescindiendo de las frases de ocasión preelaboradas para los infortunios, e inclusive de los dedos flamígeros que suplantan las investigaciones de fiscalías y las diligencias judiciales. Al menos no le demos al hampa el gusto de creernos desquiciados y sin salidas.
En Sinaloa todos vivimos así, en la incertidumbre y desconfianza, sin embargo nada es comparable al dolor de las familias que buscan a sus desaparecidos, o con la pérdida irreparable de uno de los suyos, y la horrenda realidad en la cual no basta con ser gente de bien que ni la debe ni la teme para tener la garantía de ser protegido por las autoridades y el Estado de derecho.
Es entonces que en el delirio propio de las esperanzas perdidas se extravía también el equilibrio entre desaliento y sensatez, creyendo que todo el bosque está maldito siendo que la malignidad está en unos cuantos árboles. Y en ese descarrío que nos hace demoler los únicos escudos disponibles, hasta el verde olivo nos parece amenazante y le gritamos ¡asesino!, quizá como catarsis que extirpe del alma la indignación por corroborar que el verdadero criminal se sitúa encima de la capacidad de contención que deberían mostrar las instituciones y quienes las dirigen.
Las muertes violentas lo resignifican todo. Nos vuelven ciudadanía paralizada al borde de la resignación durante un buen lapso, y de pronto pone de pie a una parte de las masas con la vista cansada de tanto ver pasar los cortejos de los inocentes sacrificados por la delincuencia, y el luto de los deudos. No se diga si como conglomerado nos avisa el sentido de autoprotección que el inmolado pudo ser víctima de aquellos que tienen que a su cargo la responsabilidad de protegernos.
Si presenciamos el sacrificio de uno de lo nuestros cuyas virtudes de tranquilo y honrado no le bastó para sobrevivir, somos presas de la desesperación propia del náufrago cuando el barco se hunde y no hay capitán ni tripulación que se salve al tratar de hallar a culpables del naufragio. La ceguera que corresponde a la proximidad del desastre impide ver la tormenta que ocasionó la zozobra del navío.
La legalidad como única forma de civilidad debe de sostenerse en la apuesta ciudadana para la paz reinstalada mediante la justicia, aún en los momentos en que lloramos las muertes de inocentes con impotencia y coraje. No volvamos a ser un Sinaloa en decadencia. ¿Que se vayan los militares? ¿Que volvamos a confiarles nuestra seguridad a las policías estatal y municipales? ¿Que retornemos al ruego a criminales para que sean ellos quienes nos cuiden? No deseemos cosas que se puedan cumplir y nos vuelvan a situar en el origen de la actual barbarie.
Jorge Alan tu sacrificio,
llama a rezos permanentes,
para que cese el suplicio,
de la muerte de inocentes.
Los ataques letales en Sinaloa contra seis policías en lo que va de enero, y el cadáver de uno de ellos arrojado en la cercanía de la sede del Congreso del Estado, recalca la moraleja del crimen organizado tatuada en la de por sí amedrentada población pacífica, en el sentido de que si son asesinados los que son el ala del Gobierno para cuidar a los ciudadanos, qué puede esperar la gente cuya protección está a expensas de los elementos de corporaciones de seguridad. ¿El reconocimiento por el cumplimiento del deber es todo lo que las autoridades pueden hacer por los agentes caídos y sus viudas y huérfanos? La embestida violenta contra municipales y estatales resalta la crudeza de la lucha perdida de la fuerza pública ante la delincuencia.