La anomia digital mexicana: cuando la aspiración es reclutada
En México, hablar de movilidad social suele ser hablar de promesas rotas. Durante años han dicho que el esfuerzo y el mérito son suficientes para salir adelante, pero las cifras cuentan otra historia. De acuerdo con el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, solo 4 de cada 100 personas nacidas en los hogares más pobres logran llegar al estrato más alto. El 73 por ciento permanece donde empezó.
Cuando las reglas del juego no garantizan oportunidades, algo más profundo se resquebraja. Émile Durkheim llamó a este fenómeno anomia: un estado en el que las normas sociales dejan de tener sentido porque las metas colectivas (como “salir adelante”) se vuelven inalcanzables por medios legítimos y formales, los valores ya no son claros. En ese vacío normativo, donde el esfuerzo ya no asegura resultados, los grupos criminales encuentran un terreno fértil.
Hoy, la anomia mexicana también puede medirse en cifras. De acuerdo con el INEGI, en el 2024 se registraron más de 11 mil 300 jóvenes de entre 15 y 29 años que fueron asesinados, el 34 por ciento del total de homicidios del país. De acuerdo con estimaciones de REDIM, entre 145 mil y 250 mil niñas, niños y adolescentes en México están en riesgo de ser reclutados por grupos criminales.
Pero la pobreza y la desigualdad, por sí solas, no explican el reclutamiento. No toda persona que crece en condiciones adversas se une a un grupo criminal, y afirmar lo contrario sería injusto y simplista. Lo que sí ocurre es que, en ciertos contextos, la falta de movilidad, la precariedad y la exclusión crean condiciones propicias para que las redes del crimen encuentren eco. La vulnerabilidad social no determina, pero sí facilita el enganche en entornos donde las alternativas legítimas son pocas y el futuro parece una promesa vacía.
Uno de esos entornos es el digital. Hoy, el reclutamiento y la persuasión hacia el mundo criminal no siempre comienzan en la calle, sino que ahora transitan a las pantallas de los teléfonos. En redes sociales como TikTok o Facebook circulan miles de videos y contenido que glorifica la vida del crimen: música, autos, armas, dinero, reconocimiento. Son contenidos rápidos, digeribles y diseñados para emocionar más que para informar. Algunos de estos no se esconden, son claros y simples: “únete a las 4 letras” (haciendo referencia al CJNG); “hay un lugar para ti en este círculo social” (refiriéndose a formar parte del Cártel del Noreste).
A través de estos videos, se produce una narrativa de éxito alternativo: la idea de que el poder y la riqueza están al alcance, siempre y cuando se forme parte de estos grupos. En un país donde la movilidad social legítima está bloqueada para muchas y muchos, la promesa de un ascenso inmediato que ofrecen estas imágenes se vuelve una opción real.
La anomia, entonces, ahora también tiene una dimensión digital. Las redes sociales se han convertido en nuevos espacios de convivencia simbólica, donde se normaliza la violencia y se reconfiguran los valores del reconocimiento. Estudios actuales y próximos del Seminario sobre Violencia y Paz advierten que estos entornos no sólo reproducen contenidos, sino que producen identidades: son espacios donde las y los jóvenes interactúan, comparten aspiraciones y construyen sentido.
La cultura meritocrática es también una de las raíces: insiste en que el esfuerzo individual basta para alcanzar el éxito, se vuelve cruel en un contexto donde el esfuerzo no garantiza nada. La meritocracia humilla a quienes no pueden cumplirla, porque convierte un fracaso estructural en culpa personal. Esa disonancia (entre lo que se promete y lo que se vive) alimenta una frustración colectiva creciente. Cuando el sistema no cumple sus propias reglas, el crimen se presenta como quien sí las cumple: dinero, respeto y ascenso rápidos. En ese escenario, la cultura criminal traduce el éxito en símbolos visibles que reemplazan la idea de reconocimiento por la de ostentación y hasta capacidad de consumo. El mensaje, especialmente para los jóvenes es brutal: si el sistema no te deja subir, busca otra escalera.
La anomia mexicana no se resuelve con más patrullas digitales ni con discursos morales. Lo que se ha roto no es solo el orden de la legitimidad, sino el sentido colectivo de la esperanza, de la posibilidad de una movilidad pacífica. Reconstruirlo implica garantizar educación, empleo digno, espacios seguros y, sobre todo, confianza. No se trata de justificar la violencia, sino de comprender las condiciones que la hacen posible.
Mientras la movilidad siga bloqueada, las redes (sociales y criminales) seguirán ofreciendo versiones alternativas de ascenso. En los entornos digitales, esa anomia se amplifica: los algoritmos repiten narrativas de poder, de dinero rápido, de éxito inmediato. Las pantallas se convierten en espejos distorsionados donde miles de jóvenes buscan validación, reconocimiento o pertenencia, y donde el crimen se presenta con filtros de éxito. La verdadera urgencia no está en castigar más, sino en entender mejor, tanto en la calle como en el mundo digital: reconocer que detrás de cada joven que cae en el crimen hay un sistema (y ahora también un ecosistema digital) que no abrió las puertas por completo antes de empezar.
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La autora es Mariana Paz, integrante e investigadora del Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México.