La arqueología del dolor
La tarde del sábado pasado, un grupo de familiares de personas desaparecidas marchó por las principales avenidas de Mazatlán para exigir respuestas frente a un dolor acumulado desde hace días, meses o años. Cargadas de pancartas con nombres, retratos y fichas de búsqueda, hijas, hermanas, madres y abuelas avanzaron desde la Avenida de los Deportes, recorrieron la Avenida Del Mar y llegaron hasta el punto conocido como Valentino, donde realizaron un acto simbólico de visibilización.
Las familias exigieron a la Fiscalía General del Estado y a los organismos de búsqueda de personas, un compromiso real y efectivo con la localización de todos los desaparecidos, no solo de aquellos cuya localización parece políticamente conveniente.
El contexto que enmarca esta movilización no es menor. Apenas hace unos días, autoridades federales y estatales confirmaron el hallazgo de una fosa clandestina en la comunidad de El Verde, municipio de Concordia. Durante las labores de búsqueda de los diez trabajadores mineros reportados como desaparecidos desde el 23 de enero, se localizaron cuerpos y restos en un territorio de difícil acceso. Las fiscalías reconocieron la existencia de la fosa y señalaron que uno de los cuerpos podría corresponder a uno de los mineros desaparecidos. Aunque, al momento de escribir esta columna, aún no se han hecho públicos resultados oficiales de identificación.
El operativo en Concordia ha sido intenso. Elementos de la Guardia Nacional, el Ejército Mexicano y peritos forenses trabajan en el predio, realizando labores de exhumación, análisis e inspección criminalística. Habitantes de la zona han visto sobrevolar aeronaves, y el despliegue de fuerzas de seguridad ha sido impresionante.
Pero este hallazgo también deja una lección incómoda para el discurso oficial: cuando existe voluntad política y coordinación real entre instituciones, sí hay resultados. La acción conjunta de estas instituciones permitió localizar un punto que, tal vez durante años permaneció invisible. Lo que evidencia que la ineficacia en la búsqueda de desaparecidos, no es producto de la imposibilidad técnica, sino de la falta de voluntad.
En ese contexto, las voces que se alzaron en Mazatlán no lo hicieron únicamente por los mineros desaparecidos, sino por todas las personas ausentes en la región. Para estas familias, el hallazgo es una luz de esperanza ante la incertidumbre.
Porque la desaparición forzada condena a las familias a una forma permanente de espera. Vivir sin saber el paradero de sus familiares, es una forma prolongada de tortura. El dolor no se limita a la víctima directa; alcanza a madres, hijos, hasta comunidades enteras.
La marcha en Mazatlán, entonces, no fue solo una protesta, fue un acto de resistencia; fue un ejercicio de memoria, y una forma de recordarle a la autoridad que cada desaparecido o desaparecida, merece ser buscada por todo un ejército.
Pues eso es lo que hoy vivimos en México: una verdadera arqueología del dolor; donde se busca entre la tierra removida para encontrar cuerpos. Donde se busca una pista de esa persona, y tener al fin, una tumba a donde ir a llorar y llevar una flor.
Es cuanto...
Aprovecho para señalar, con todo respeto, que ya han transcurrido diez días desde la fecha programada para el pago de la quincena en la UAS. Confiamos en que esta situación pueda regularizarse a la brevedad, en atención a las necesidades y compromisos de la comunidad universitaria.