La bendición del trabajo
Tener un trabajo que permite crecer profesionalmente, ganar lo necesario para vivir y subsistir de manera digna constituye una bendición, sobre todo actualmente que existen muchas personas desempleadas, o devengando míseros salarios que resultan insuficientes para cubrir sus apremiantes necesidades.
Muchas veces pensamos en el trabajo como una carga y maldición, partiendo de una interpretación bastante estrecha del episodio del Génesis, cuando Dios le dijo a Adán que ganaría el sustento con el sudor de su frente.
Sin embargo, tener un trabajo digno no solamente nos permite ganar un salario para sostener a la familia, sino que nos ayuda a crecer en responsabilidad, pericia y humanidad.
Hoy, que Homero sigue ganando espacios de popularidad, sobre todo con la última película de La Odisea, no podemos ni debemos olvidar a otro gran pedagogo del mundo helénico: a Hesíodo.
En efecto, con su inmortal obra: “Los trabajos y los días”, Hesíodo intentó enseñar a su hermano Perses el valor del trabajo que se realiza con abnegación, constancia y gran heroísmo, aunque no sea un general que vence en grandes batallas, sino un ignorado peón o campesino. El trabajo, acometido con pasión, esfuerzo y sacrificio, es lo que enaltece y dignifica, no importa que quien lo realiza no sea una persona noble, poderosa y reconocida.
Perses era un vago que, al estilo del hijo pródigo de la parábola de Jesús (Lc 15,11-32), dilapidó su fortuna. Sin embargo, se diferencia del personaje bíblico en que no se arrepintió y volvió al redil, sino que todavía se atrevió a demandar a su hermano valiéndose del auxilio de corruptos jueces.
En pocas palabras, en Perses se cumplía el popular dicho de: “ni picha, ni cacha, ni deja batear”. Un “nini” en el más absoluto sentido del término.
¿Bendigo mi trabajo?